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viernes, 20 de agosto de 2010

El mito fabulado

RESEÑA

A partir de la invención de un mito primigenio, se desarrolla la fabulación de una saga cosmológica, que nos lleva de la mano hasta la ciudad de Aydebarke: ciudad de ciudades, donde se condensan las formas de la arquitectura humana de las más diversas culturas. Recrea, en buena parte, el mundo de la selva, de los Iseike, la última tribu nómade primitiva cuyo descubrimiento causa sensación en un grupo de investigadores, desde periodistas hasta la propia iglesia. El relato se va contando, con una prosa clara, precisa, impregnada de un lirismo en clave cuyo narrador se desdobla en varias voces narrativas que cuentan la fusión desde los más remotos orígenes de la humanidad a los más intrincados mundos tecnológicos de la ciencia ficción, donde el mito primigenio y su naturaleza está latente como una fuerza metafísica y de conversión de los tiempos históricos de la realidad a un mundo fantástico.

Un ejemplar de esta fabulosa novela- porque realmente lo es- llegó a nuestras manos bajo una serie de episodios intrigantes para deleitarme con su lectura. El autor pareciera otro ser salido de la propia entraña del relato que ofrece al lector, "porque afirma haber nacido en la segunda mitad del siglo XX. Vivió entre las sombras, las luces, los sonidos y los olores de las selvas y las montañas donde no se conocen las fronteras trazadas por el hombre. Sin embargo, en la actualidad, es un peatón anónimo en las grandes urbes del mundo donde se solaza y sufre con la cultura global".

SACRILEGIO

Simón Jánicas

Diente de León Editor

276 páginas

49.999 pesos

www.simonjanicas-sacrilegio.blogspot.com

Puedes adquirir la novela en el Portal de la Librería de la U

viernes, 28 de mayo de 2010

Adiós a los ‘atajistas’

PARECE QUE FUE AYER. COMO EN el bolero, parece que fue ayer cuando Uribe llegó a la Presidencia prometiendo acabar con la corrupción y la politiquería.

Álvaro Uribe Velez.

Hoy eso suena como un mal chiste, porque ni siquiera los uribistas más acérrimos pueden negar que el gobierno de los últimos ocho años fue, con distancia, el más politiquero y corrupto de la historia colombiana. Los votantes uribistas miran para otro lado, citan los muy reales logros militares en la guerra contra la guerrilla y siguen de largo, pero no pueden afirmar sin ponerse colorados que la política en la era Uribe haya sido honesta. La verdad es que los ocho años de Uribe han devuelto el país a la cultura del atajo, ese conjunto de manías y perversiones del cual parecía que habíamos salido, o comenzábamos a salir, al empezar el siglo.

No sé si ustedes se acuerden de esos años, pero a mí me parecían casi inverosímiles: después de décadas en que, como dice García Márquez en Noticia de un secuestro, prosperó la idea de que el cumplimiento de la ley es el mayor obstáculo para la felicidad, durante un brevísimo tiempo flotó en el aire la fantasía de que esa conducta, la del todo vale, la del fin que justifica los medios, se podía dejar atrás. Y aunque ésta no es (necesariamente) una columna de propaganda verde, hay que ser ciego o malintencionado para no aceptar que Mockus tuvo mucho que ver en ese breve cambio de paradigma: su alcaldía puso de moda la idea del respeto, el que se le debe al erario público pero también al peatón. En un país que se había acostumbrado a admirar el fraude y el ventajismo, de repente pareció que eso ya no era admirable. O no tanto como antes, por lo menos.

Uribe borró esa ética incipiente de un plumazo. Ningún presidente ha sido más atajista (me perdonarán el neologismo) que el de estos ocho años; ningún presidente ha promovido de manera más abierta la idea de que la ley es condicional: se cumple si no incomoda. Si la ley molesta, si las normas democráticas estorban, pues se quitan de en medio. Así con la Constitución, los topes electorales, la separación de Iglesia y Estado, la separación de los poderes, las libertades civiles, el derecho de los ciudadanos a no ser espiados. En la Colombia de antes, la ley era para los de ruana; en la Colombia de Uribe, la ley es para el que no tenga más remedio. Todo vale: para aprobar una reforma, para sacar adelante un trámite, para conseguir una estadística. El atajismo (perdón otra vez) ha definido a Uribe.

Todo forma parte, por supuesto, de un malentendido que ha hecho mucho daño a Latinoamérica: la idea de la democracia como un lugar perfecto que está allá, al final del camino. La tarea de un gobierno sería entonces llevarnos allá lo antes posible, no importa cuántos semáforos nos saltemos. Pero la democracia no es el destino, sino el proceso. La democracia es lo que hace un gobierno todos los días cuando permite de mil maneras que uno no se sienta cursi o ingenuo al usar, como lo he hecho yo, la palabra honestidad al hablar de política. Eso es lo que el uribismo ha perdido de vista en estos ocho años, convencido como estaba de que Uribe nos llevaría allá, a ese lugar. Ahora se sorprenden de que no hayamos llegado todavía. Y tenemos que preguntarnos entre todos: ¿valía la pena tanto atajo para no llegar a ningún lado?

  • Juan Gabriel Vásquez

miércoles, 19 de mayo de 2010

Estimado Antanas Mockus

Carta de Carlos Vidales a Antanas Mockus
Estimado Antanas Mockus:

El 10 de mayo de 2010 dijo usted en Manizales que no hará alianzas con el Polo Democrático Alternativo "porque hay fuerzas en ese movimiento que todavía no han roto lazos con la subversión". Tres días más tarde cayó asesinado en Barranquilla el ciudadano Iván de la Rosa, militante del Polo Democrático Alternativo. Una víctima más en la larga lista de asesinatos políticos que se cometen en Colombia, con plena impunidad. ¿Existe alguna relación directa entre sus palabras, estimado Antanas Mockus, y este asesinato u otros que puedan cometerse en los días que vienen, contra militantes del Polo? Por supuesto que sí.

Hace ya más de sesenta años, el entonces presidente Alberto Lleras pedía ponderación y mesura a los líderes políticos del país, y advertía que "los discursos en el Congreso se vuelven muertos en las veredas". Usted no había nacido todavía, pero yo sí. Recuerdo eso perfectamente y por eso se lo cuento ahora. Mi infancia y adolescencia están marcadas por la ferocidad de La Violencia, cuyos horrores indescriptibles solamente pueden compararse al infierno de las masacres, mutilaciones, despojos y desplazamientos cometidos por los paramilitares, agentes armados de la nueva clase que desde hace dos décadas se ha empeñado en controlar el monopolio del poder, a sangre y fuego, en nuestra martirizada Colombia.

En la década de 1940, los discursos en el congreso se convertían en muertos en las veredas. Hoy, las declaraciones electorales sufren la misma metamorfosis. Y es por esta sencilla razón que quiero sugerirle, estimado Antanas, que haga buen uso de la mesura y la ponderación en sus declaraciones. Lo sugiero y no lo pido, porque en una buena democracia los ciudadanos no le piden nada a los candidatos y, en cambio, los candidatos oyen y respetan los buenos consejos de los ciudadanos. Son los candidatos los que tienen obligaciones y deberes. Y su primer deber consiste en no hacer ni decir nada que pueda poner en peligro la vida de los ciudadanos.

He visto que otras personas ya han comentado extensamente sus declaraciones y sus explicaciones posteriores. Parecería que cualquier cosa que yo dijera no agregaría nada nuevo al asunto. Sin embargo tengo algo que decir, algo que no he visto expresado por otros compatriotas. Me explico. Usted usa una formulación muy desafortunada: "fuerzas –dice­– que todavía no han roto lazos con la subversión". Si yo dijera, aquí en Europa (hasta aquí me han traído mis exilios sucesivos, que ya suman casi sesenta años) que un filósofo colombiano es el autor de esa frase, nadie me lo creería. Porque, como usted sabe muy bien, en los diccionarios de la filosofía y la cultura la palabra "subversión" tiene otro contenido diferente del que consta en los diccionarios policiales. Todos los grandes filósofos han sido subversivos, porque subvirtieron viejas y anquilosadas formas del pensar y establecieron nuevos caminos en la búsqueda del saber. Los grandes profetas fueron todos subversivos. Jesús subvirtió un viejo orden religioso, de un pueblo, y fundó una iglesia universal, para toda la humanidad. Sócrates fue subversivo, como lo fueron Heráclito y Pitágoras, Copérnico y Galileo, Freud y Darwin, Einstein y Niels Bohr, Sartre y Russell. Subversivos fueron los grandes literatos y poetas, subversivos fueron los hombres y mujeres que lucharon por convertir nuestra patria, que era una colonia, en una república independiente, subversivos fueron sus antepasados y parientes, estimado Antanas, que se opusieron a la ocupación de su patria por parte de una gran potencia y trabajaron por su independencia nacional. Y subversivos son, a veces, también, quienes se atreven a desafiar al entorno agresivo e intolerante, se bajan los pantalones y muestran el trasero. Pero esto no consta en los diccionarios policiales. En ellos consta que "subversivo" es criminal, terrorista, bandido, secuestrador y asesino. Usted tiene todo el derecho de emplear el diccionario que mejor le parezca, ni más faltaba. Pero tenga en cuenta que nadie puede simplemente usar un lenguaje policial y al mismo tiempo decir que es filósofo. Platón sostenía que la república perfecta era la que estaba gobernada por sabios y filósofos. Yo sospecho que Platón no tuvo en cuenta los procesos de metamorfosis: el mejor filósofo se transforma en otra cosa cuando a sus narices llega el irresistible perfume del poder.

Le digo todo esto, estimado Antanas, porque sus palabras son síntoma de profundos procesos sicológicos que solamente usted puede analizar y reconocer. Usted ha dicho que apoya la presencia de tropas extranjeras en territorio colombiano, usted, que conoce mejor que nadie lo que sufrieron los pueblos del Báltico, el pueblo de sus padres, bajo la bota militar extranjera en su territorio. Esa es la razón fundamental que hace imposible que yo apoye su candidatura a la presidencia de mi patria. Y si le escribo esta carta, amistosa pero franca, es solamente para decirle que yo lamentaría muchísimo que usted, que puede prestarle enormes servicios a Colombia en los campos de la educación, la investigación y la filosofía, sufriera ahora la terrible metamorfosis del candidato y se convirtiera, simplemente, en un animal político, en el mal sentido de la palabra.

Reciba usted mi saludo cordial.

Carlos Vidales
Estocolmo, 2010-05-15
Carlos Vidales

viernes, 7 de mayo de 2010

Sobre una columna de Arias


Juan Gabriel Vásquez

YO QUERÍA TOMÁRMELA EN SErio. Lo juro: yo quería tomarme en serio la reciente columna de Andrés Felipe Arias en El Tiempo.
Se trataba, después de todo, de un ex ministro (por más incompetente que haya sido su ministerio); se trataba además de un nuevo ladrillo en el debate sobre la próxima presidencia. Pero las cosas no salieron como hubiera querido, y tras llegar —heroicamente, todo hay que decirlo— a la última línea de la columna, pasé por dos momentos. Primero, confirmé que Andrés Felipe Arias tiene una visión del mundo preadolescente, carente por completo de cualquier atisbo de análisis adulto. Segundo, me pregunté por qué era necesario confirmarlo de nuevo. Leer esa columna fue como mirar una foto del planeta Marte: es triste que allá no haya vida inteligente.

El tejido de la columna es una mezcla curiosa de retórica de cuartel, ética de Opus Dei y prosa de bachiller desaplicado. Arias nos habla de los terroristas que antes de Uribe avanzaban "oprimiendo la paz y la libertad de todos los ciudadanos". Nos dice que sólo eligiendo la Seguridad Democrática "nuestro país nunca más volverá a ser inclinado por el terrorismo". Nadie niega los logros militares de Uribe, ¿pero no habrá manera de explicarlos hablando en español? Esto de la paz y la libertad que se oprimen como si fueran botones, esto de los terroristas que inclinan países… Si bajamos la voz, tal vez podamos oír las carcajadas que salen de la tumba de Rufino José Cuervo. Pero a Andrés Felipe Arias habría que explicarle quién era Rufino José Cuervo. Es que en el ministerio no había diccionarios.

De los atentados inverosímiles contra el idioma pasa Andrés Felipe Arias a atentar contra nuestra inteligencia. Yo caí en la trampa, debo confesarlo: cuando Arias dice sin parpadear que sólo con un nuevo gobierno uribista habrá ingreso para todos, que sólo con un nuevo gobierno uribista habrá legalidad, pensé que la columna había dado un giro inesperado (pero interesante, eso sí) hacia el humor. Luego me di cuenta de que no era así: de que Arias cree en realidad que la legalidad está del lado de las escuchas ilegales, los falsos positivos, los grupos de informantes, la venta de las notarías, la corrupción de los congresistas, la violación de las disposiciones electorales y el uso en general de la Constitución como papel higiénico. No sólo eso: Arias cree también que un tipo como él puede asegurar que habrá ingreso. Será la experiencia que le da haber hablado tanto de ingreso seguro.

Yo quería tomarme la columna en serio. Cuando Arias revela que "el terrorismo no dispara con pétalos, sino con balas", me pregunté si era necesario descender a los ambientes de Paulo Coelho para decir lo que todos los colombianos ya saben: que los violentos son el enemigo. Cuando nos dice que "Álvaro Uribe nos mostró el camino" y que "de ese camino no nos podemos desviar", me pregunté si esa mezcla de Escrivá de Balaguer con tarjeta rosada de Hallmark es lo que en el mundo de Arias equivale a exponer un proyecto político. Pero es un error: tomarse en serio a Arias es un error. Sí, ya sé que el ex ministro no carece de apoyo entre la gente. Pero también sé por qué: porque su caso es el ejemplo perfecto de democracia. Así es: si la persona que escribió esa columna llegó a ser ministro, cualquiera puede. Cualquiera.

martes, 4 de mayo de 2010

Los candidatos y la cultura

Arcadia pasa revista a las propuestas en materia de cultura de los candidatos a la presidencia

Los candidatos a la presidencia de la república.fOTO;fUENTE:Revistaarcadia.com

Juan Manuel Santos y Noemí Sanín: Ninguno de los dos dice nada. En los 25 puntos de la agenda programática de Juan Manuel Santos, la cultura, sencillamente, no aparece por ninguna parte. Es obvio que no es un tema relevante para el candidato, así que no hay nada que comentar. Su silencio es de una elocuencia devastadora. Noemí Sanín tampoco tiene en su página web un apartado sobre temas culturales, y en su caso es decepcionante porque viene de trabajar largos años en un contexto europeo, donde la inversión en cultura ha demostrado ser una herramienta revolucionaria en los procesos de búsqueda de equidad, cohesión social y democratización.

Rafael Pardo: En los veinte puntos de la propuesta de Pardo, cultura está en el último lugar. Y su documento propone una decidida descentralización de recursos y apoyo al multiculturalismo: "Se reducirá al mínimo la ejecución de programas de inversión directa de la Nación como los actuales planes nacionales de bandas y bibliotecas y los recursos se destinarán a ampliar los proyectos de estímulos y concertación (cofinanciación de proyectos)", dice la agenda programática del candidato. No sabemos qué piense Ana Roda, actual directora de la Biblioteca Nacional y del Plan de Lectura y Bibliotecas, que ha llevado a cabo una batalla campal para pasar en el Congreso una nueva Ley de Bibliotecas que garantice precisamente lo contrario: recursos para mantener vivo y saludable el Plan Nacional, que dota y coordina y apoya las casi mil bibliotecas que hoy existen en los municipios colombianos.

Antanas Mockus: No cabe duda de que la propuesta de la candidatura de Antanas Mockus es la más seria, la más profunda, y la que mejor conoce y entiende al sector. Pero no precisamente gracias a las propuestas originales del Partido Verde, que parecen equiparar siempre el área de la cultura a la llamada "cultura ciudadana" —que en realidad tiene más que ver con educación cívica que con temas culturales— sino a la adición crucial de las propuestas del equipo de Sergio Fajardo. Hablan de temas culturales con conocimiento, soltura y profundidad. Aplauden la Ley de Cine. Saben cuántos empleos ha generado. Analizan comparativamente la inversión del Estado y el porcentaje del PIB que se dedica en cultura y, por si fuera poco, ya conocemos los revolucionarios resultados de la inversión cultural que llevó a cabo su alcaldía en Medellín. No hay otra propuesta en toda la agenda de los candidatos comparable a la del equipo de Fajardo. La descentralización que proponen está supeditada a la evaluación de los planes departamentales y no es una simple repartición de partidas presupuestales.Sus propuestas dejan ver la convicción, sólidamente justificada, de que invertir en cultura es invertir en el futuro del país. Y citan con conocimiento los textos de Jorge Orlando Melo, lo cual lleva a creer con que es un nombre que podría estar en su lista a la hora de escoger ministro. Sería magnífico.

Germán Vargas Lleras: Si bien menos profunda y concreta que la del tándem Mockus/Fajardo, la propuesta de Germán Vargas Lleras, a pesar de su excesiva brevedad expositiva, sí denota conocimiento, pensamiento y reflexión sobre el tema cultural. Es el único candidato que habla de apoyo a las "industrias creativas", un término moderno que proviene de las nuevas políticas británicas y ha revolucionado la percepción y la apuesta por lo cultural en la Unión Europea, y que el actual Ministerio ya ha puesto de manera inteligente en la agenda. También propone aumentar el presupuesto, pero omite argumentar por qué y para qué, como sí lo hace el equipo Mockus/Fajardo. Vargas Lleras tiene un excelente apartado sobre el fortalecimiento de los procesos de memoria histórica, que de nuevo revela que está muy al tanto del riguroso trabajo que se ha llevado a cabo en España en esa materia. Su programa tiene una visión muy moderna de la cultura, que entiende que es una herramienta poderosa para el desarrollo.

Gustavo Petro: La campaña de Petro tampoco parece tener tiempo para el área de cultura. Sin duda es el candidato que más se preocupa por el tema de la educación, en el que asegura que "se impulsará y apoyará un conjunto de transformaciones pedagógicas y culturales en las escuelas y colegios que ayuden a que los niños, niñas y jóvenes aprendan más y mejor y reciban una formación más integral y humanística". Este punto es ya de por sí un inmenso contraste con la idea peregrina de que con un pupitre y un computador por cada niño se soluciona el problema de la educación, que es lo que propone Santos. Pero la exclusión de los temas culturales en la campaña de Petro es grave, porque revela una visión angosta del país.

En suma, en términos generales, parece que tanto la izquierda como la derecha más enfáticas se rajan en los temas de cultura, y que es desde las candidaturas de centro de donde provienen las propuestas más modernas y más serias. Y sobre todo, las propuestas más aterrizadas, reflexivas y estudiosas. Gana sin duda el equipo del Partido Verde, seguido por la campaña de Vargas Lleras: conocen el tema, saben hacia dónde quieren ir y eso ya es un extraordinario punto a favor.

lunes, 26 de abril de 2010

Donde el verde es de todos los colores

AURELIO ARTURO ESCRIBIÓ QUE COlombia es el país “donde el verde es de todos los colores”. Esa afirmación, tan fácil de comprobar viajando por Colombia en cualquier dirección, está a punto de convertirse también en un hecho político.
Por William Ospina

Mucho tiempo se pensó que Colombia era roja o azul, y por esa ilusión fanática se vertió mucha sangre. Colombia siempre estaba negando una parte de su ser, negando sus indios, negando sus negros, negando sus selvas, negando sus ríos, negando su mestizaje, negando sus mares.

Pero el último siglo nos mostró que sólo somos grandes cuando aceptamos y asumimos ser lo que somos. Contra la pretensión de ser “la Atenas suramericana” o “el Japón de Suramérica”, de ser Francia, de ser México, de ser los Estados Unidos, más bien hay que decir que en ciertos rincones somos Suiza, que junto al desierto de La Guajira los árabes de Maicao van a la mezquita y fuman sus narguiles, que en ciertos barrios de Palmira somos Japón, que por la avenida Caracas a medianoche somos México, que en la base de Palanquero desafortunadamente somos los Estados Unidos.

Cartagena creció más hermana de Santiago de Cuba y de Santo Domingo que de Pasto o de Neiva. Pasto se parece más a Quito que a Medellín. Leticia tiene más afinidades con Manaos que con Manizales. Manizales se parece más a La Paz que a Villavicencio. Popayán, Santafé de Antioquia, Mompox y Villa de Leyva se parecen más a Andalucía que a Ibagué. Esa diversidad está en todo: pertenecemos más que otros países a todo el continente. Somos el único país que está a la vez en el Caribe, en el Pacífico, en los Andes, en la Orinoquia y en la Amazonia. Eso, que nunca entendieron nuestros viejos políticos, nos obliga a tener un destino continental, a no estar encerrados en nuestro mapa.

Después de dos siglos de guerras, exclusiones, racismos, clasismos y falta de compromiso con las normas; de moral acomodaticia, de partidos que nos educaban en el odio y de políticos que nos educaban en la trampa, Colombia se cansó de bipartidismo. Ese bipartidismo irresponsable fue el que engendró en Colombia a las guerrillas y a los paramilitares, y el que nutrió a una elite ociosa e irresponsable, ignorante y despectiva, que no supo engrandecer a sus conciudadanos y que dejó el país en manos de la violencia, la corrupción, la simulación y la trampa. No sólo hemos llegado a ser el país más violento, también el más transgresor del continente y el menos solidario con sus vecinos: alguien alguna vez nos llamó el Caín de Suramérica.

De todo eso nuestro pueblo se fue hastiando, y hace ocho años eligió a Álvaro Uribe Vélez, en abierto desafío a la tradición del bipartidismo. Por desgracia Uribe, a quien le debemos algunas conquistas valiosas en el campo de la seguridad, de la cobertura en educación y salud, eternizó la idea antigua y perversa de que la solución a todos nuestros problemas es sólo militar, y después de dos períodos de gobierno nos entrega un país con una infraestructura vial similar a la que tenía en los años cincuenta, mil violencias larvadas esperando para resurgir, las relaciones con los vecinos completamente deterioradas, una alianza militar con los Estados Unidos harto onerosa para nuestra soberanía y un historial de conductas sucias desde el poder, que van desde espionaje a la oposición, crímenes con las armas del Estado contra jóvenes inermes, subsidios escandalosos para los ricos, y transgresión ostentosa del Derecho Internacional.

El viejo bipartidismo ha visto en estos defectos de la política uribista la posibilidad de volver al ataque y recuperar su antiguo dominio sobre la sociedad colombiana, pero Colombia está a punto de demostrar que la nueva generación ya se salió de las manos de ese puñado de poderes que durante siglos nos mantuvieron en la Edad Media.

Los tres alcaldes que fundaron el Partido Verde son los únicos políticos que tienen grandes realizaciones que mostrar en toda la historia reciente de Colombia. Convirtieron a Bogotá, una ciudad perdida hace quince años, en una metrópoli contemporánea que el mundo entero conoce y aprecia. Y Sergio Fajardo puede mostrarnos hoy a Medellín como una de las ciudades más admirables y pujantes del continente. No lo hicieron sólo ellos, lo están haciendo millones de personas, pero su liderazgo ha sido definitivo en ese proceso.

¿Qué tienen los otros candidatos opcionados, Santos y Sanín, por mostrar en términos de modernización de nuestra sociedad? Absolutamente nada, y Colombia lo sabe. Tienen tan poco, que en realidad ni siquiera los votos son suyos, son votos de alguien mucho más interesante y complejo, del que abrió esta brecha en el bipartidismo por la que Colombia podrá entrar al futuro: Álvaro Uribe.

El país que va a encontrar el presidente Mockus, como el país que encontró el presidente Obama, quien debe ser uno de sus principales aliados, exigirá superar terribles desafíos. No podrá hacer su tarea sin el apoyo activo de todos los ciudadanos. Y sin duda votar no será suficiente: habrá que apoyar, actuar, trabajar, pensar, soñar, defender con firmeza muchas cosas. La recompensa será grande, pero el trabajo es enorme.

Y la primera tarea, que es una tarea feliz, será elegirlo en la primera vuelta. Podemos hacerlo: el verde es de todos los colores.

domingo, 21 de marzo de 2010

Pin-pan-pum

SEAMOS FRANCOS: EL PAÍS DE LOS CARlos, Ricardos, Robertos ya no existe. Inclusive, añado, ni siquiera el de los John Jairos o Dandenis

Por: Alfredo Molano Bravo


Hoy el reino es de los Yuserlys, Aryeys, Darlenys. Un país llamado desde hace ocho años patria. Fue saliendo a flote poco a poco y coronó contra viento y marea. No hubo prólogos ni presentaciones. No salió de la nada. El milagro se fue sembrando en las sierras, en los valles, en las cordilleras, de abajo arriba, tumbando la selva, desplazando el café, asociándose a las vacas. Fue dominando juntas de vecinos, alcaldías, concejos, parroquias, cuarteles, hospitales, escuelas, directorios. Fue avanzando hacia el centro, hacia el hueso. Compró jueces, aduaneros, curas, sargentos, generales, gerentes. Inatajable, inapelable. Nadie pudo atajarlo. Se fue enraizando, trepando, sustituyendo, dominando. Ni el cáncer ni el pecado ni el mismo patas han sido tan avasalladores. Fue corrompiendo todo lo que tocaba, todo lo que se le oponía, todo lo que se le cruzaba. Hasta que enterró el país. Costó. Costó mucho. No se ha hecho el arqueo de lo que costó porque a nadie le importa. Sólo en el Catatumbo cobró 9.000 vidas. Pero habría que sumar y sumar y sumar: La Negra, Honduras, Mejor Esquina, Trojas de Cataca, Guachicono, La María, Mapiripán, El Naya, Macayepo, El Salado.

Y los otros muertos, los asesinados a mansalva, los tiro a tiro. Coronaron. Sus héroes fueron promovidos, exaltados, condecorados, entronizados. Verdaderos patriotas de la nueva patria. Administradores ejemplares de votos y balas y plata. Fundaron una patria donde sólo valen los negocios. Los buenos para los ricos; los malos para los otros, para nosotros, para los electores. Todo debidamente garantizado por las armas, las oficiales y las otras, las asociadas. Todas bien pagadas. El país ha optado. No nos quejemos ¿Podríamos quejarnos? ¿Quién oye? ¿A quién le importa? Echaron mano de una borrachera para justificarse. Se optó por la sangre, la corrupción, el gamonalismo, el favoritismo, la unanimidad. Los cooperantes, las recompensas, las chuzadas, hacen su agosto y llevan ocho. Una vez más, hemos elegido a la misma perra cambiándole la guasca. ¡Qué más da! La suerte está echada y ellos han pasado el Rubicón. Nada los detendrá. No retrocederán. No hay vuelta de hoja. La hoja la tienen —y afilada— sobre nuestra nuca. Al que se mueva lo decapitan. Mientras los negocios prosperen; mientras la bolsa se hinche; mientras se lleven carbón, petróleo, agua, oro, no habrá paz ni en los sepulcros y esa será la patria que hereden nuestros hijos. Uno no puede creer —pero ya es hora— que sean ellos los que han sacado las pistolas, los que ahora dicten la ley, interpreten los códigos, cuenten los votos y se les siga creyendo, votando por ellos, eligiéndolos para que haya más negocios turbios o no; para que reporten más falsos positivos —al fin vienen desde el 84—; para que cuenten más desaparecidos que nunca aparecerán porque están enterrados, desmembrados y —lo peor— olvidados. Las repartijas y las rebatiñas están a la orden, son el orden.

¿A quién se le ha ocurrido la idea del Estado? ¿A quién le importan los derechos? ¿Quién los defiende si al fin y al cabo son "pura politiquería"? Hemos llegado a la fase superior de la barbarie, el estado de derecho de las chequeras. Los intereses creados han creado su propio Derecho, lo imponen a su manera y para su provecho exclusivo. ¿Qué más esperamos? Inclinémonos ante la realidad: el país que quisimos está muerto. Nos han derrotado. Nos quedarán ojos para mirar, pero ¿quién hablará en voz alta? ¿Los verdes? ¿Los grises? ¿Los tornasolados? Y entonces: ¿quién los oirá? Apaguemos y vámonos. Pero ¿para dónde? ¿En qué lugar del mundo se desgajan aguaceros como los nuestros? ¿En qué lugar del mundo se taburetea sin ton ni son a la sombra de un almendro? ¿En qué lugar se descuera del prójimo con tanta gana y con tanta inocencia? ¡No, ni modo!

Puerto Leguízamo, 18 de marzo de 2010.

viernes, 5 de marzo de 2010

El fetiche de las mayorías

Juan Gabriel Vásquez

HA PASADO UNA SEMANA YA DESDE que la Corte Constitucional echó abajo el famoso referendo, y en todas partes —en este periódico y en el otro y en la radio y en la calle— siguen surgiendo reacciones que, con distintas palabras y entonaciones, vienen todas a aterrizar sobre la misma idea esencial

fOTO:aRCHIVO;fUENTE:elespectador.com

El fallo de la Corte es antidemocrático, porque va contra la mayoría. La mayoría de colombianos quería que Uribe siguiera siendo presidente, y esa voluntad popular, según esta opinión, habría debido ser respetada por la Corte. No importa que se violen los topes de financiación, no importa que se cambie de forma trapacera la pregunta que rige el texto, no importa, en fin, que no se cumpla la ley: lo que importa es que eso se hace para honrar la voluntad popular. Y eso, finalmente, es la democracia: aunque sea con trampa, que se haga lo que quiere la mayoría.

La mayoría es un fetiche, y el culto de la opinión mayoritaria es una de las cosas más humanas que existe. Y sí, uno puede echar mano de varios y tristes ejemplos de los desastres que pueden ocurrir cuando países civilizados se entregan a la dictadura del que más grita, o del grupo que grita más fuerte. Pero Latinoamérica tiene su propia razón para adular las mayorías: cualquier psicoanalista se daría cuenta de que tiene que ver con nuestra nostalgia del Caudillo, del Hombre fuerte. Cada vez que un uribista grita aquello de las mayorías y el pueblo, me resulta más fácil entender que Chávez siga en el poder en Venezuela. Una periodista italiana me recriminó una vez mis opiniones contra Chávez con ese argumento invencible: "¡Pero si es un gobierno elegido por la mayoría!". Cuando Chávez cerró un medio de comunicación que no le caía en gracia, un venezolano que conocí casualmente me dijo: "Bueno, eso no importa. La mayoría ni siquiera lo veía".

No, a mí no me cabe la menor duda de que Uribe tenía el respaldo de las mayorías. Pero tampoco olvido que las mayorías en Colombia se han construido, por lo menos en una pequeña parte, mediante el chantaje más o menos velado. "No le haga el juego al enemigo". "Quien no está con Uribe está con las Farc". Semejantes fórmulas han sido jaleadas desde el Gobierno, claro, porque así, mediante la criminalización del disenso, se fue construyendo la payasada aquella del Estado de Opinión. La idea de que haya gente allá fuera que pueda querer un país sin guerrilla, pero también sin Uribe y lo que su gobierno ha traído, no cruzó por la cabeza de quienes forjaron esa suprema sandez.

Una sandez peligrosa, además. Cuando yo pienso en las cosas de las que nos hemos liberado con la sentencia de la Corte, pienso primero que todo en el Estado de Opinión. A la doctrina, si es que se le puede llamar así a lo que no es más que la sublimación de la matonería, le falta una palabrita: "Masiva". El Estado de Opinión Masiva: eso es lo que planteaba el uribismo. Y el problema es que la opinión masiva, casi por definición, carece de razones y argumentos, y aun los desprecia, porque no los necesita: le bastan las interjecciones, los gestos primitivos, la descalificación barata. La Corte Constitucional no ha tenido opiniones, sino argumentos. Un solo hombre con un buen argumento pesa más que una mayoría. Esto lo oí en alguna parte, pero no me acuerdo dónde. Y, la verdad, me da igual."

miércoles, 24 de febrero de 2010

Fuego cruzado en Colombia

REPORTAJE
"Nos adentramos en la selva colombiana. El aire resulta espeso. Puede mascarse como la coca. Escuchamos escalofriantes historias de campesinos atrapados en el fuego cruzado entre: guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes. Macabras venganzas sin fin que hasta duele contar." Nueva parada de la serie con Médicos Sin Fronteras.

fOTO; fUENTE:EL País.com

Manuel Vicent
"El 21 de enero de 2010, a las seis de la mañana, desde Bogotá tomamos el avión para Tumaco, en el departamento de Nariño, al sur de Colombia, frontera con el Ecuador y el Pacífico. Al llegar caía una llovizna empapada de calor. En el aeropuerto había helicópteros artillados como los de Apocalypse Now y avionetas de fumigación de los campos de coca, aparcados fuera de los hangares, por debajo de cuyas aspas había que arrastrar las maletas para ganar la terminal. La llovizna pegajosa persistía sobre las chabolas y calles encharcadas de Tumaco, una ciudad formada por varias islas en la desembocadura del río Mira, de 170.000 habitantes, en su mayoría de raza negra. Cuando llegamos al hotel La Sultana, desde la ventana se veía parte de la ensenada con manglares sobre una escombrera de desechos y un paredón sucio donde en grandes letras rojas estaba escrita una consigna política: "¡Únete al cambio! ¡Seguridad democrática!". Un megáfono insistente pregonaba una lotería con premios de tres millones. En la pescadería de enfrente cargaban tiburones congelados.

Antes de abrir la maleta nos pasaron el comunicado que en noviembre de 2009 había emitido en Pasto, capital Nariño, el grupo armado Los Rastrojos, que se presentaba como comando urbano. En ese papel se declaraba objetivo militar a todas las organizaciones que bajo el arcaico discurso subversivo de los derechos humanos sirven de apoyo a las FARC y al ELN. Se conminaba a abandonar de inmediato el lavado de cerebro en que están comprometidas estas ONG en toda la geografía de Nariño y se advertía de que este grupo no se haría responsable de lo que les pudiera pasar a sus líderes y cómplices del pasado y del presente si estaban en este territorio. Un comunicado semejante, con amenazas explícitas de muerte, había emitido otro comando paramilitar denominado Águilas Negras. Estos grupos civiles armados, que hace unos años se dijo que habían sido desmovilizados, están renaciendo en Colombia y, al parecer, cuentan con 10.000 efectivos dispuestos a actuar de nuevo.

La supervivencia se establecía en las calles de Tumaco en medio de los gritos de buhoneros, colas, mercadillos, el estruendo de las motocicletas, los carritos cargados de fruta tropical que se arrastraban entre la gente tumbada en las aceras bajo un sol escalfado. Pasaban camiones con soldados en uniformes de camuflaje. También se nos hizo saber que la ciudad está llena de milicianos de las FARC cuya presencia se presiente pero no se nota. Sucedía lo mismo con la violencia que se respiraba como un elemento más del aire. De todas partes, sin saber exactamente de dónde, salían descargas de música de vallenato con muchas palabras suavonas de amor que están muy pegadas a los celos y al crimen.

En las afueras de Tumaco, cuando termina el suburbio, en un territorio pantanoso ganado a los manglares, se levanta un conglomerado de palafitos que mantienen en pie unos barracones de madera en estado de extrema ruina sobre una cloaca de aguas negras donde malviven 540 campesinos desplazados por la guerrilla o los paramilitares. Un aserradero vecino les proporciona la dádiva de unas cargas de serrín con las que empapan la charca para formar caminos transitables que apenas logran impedir que se hundan los pies en el fango. Cuando crece el mar en los días de temporal, todo este espacio se inunda y se convierte en un lago podrido y pasan semanas antes de que se retiren las aguas. En este campamento semiacuático establece esta gente desplazada su vida de miseria bajo el nombre de Familias en Acción. Médicos Sin Fronteras llega hasta allí. Y también hay carteles de UNHNUR, de ACNUR y de Solidaridad Internacional.

En un barracón que sirve de escuela bajo la advocación de santo Tomás de Aquino, unos niños dibujan y aprenden a leer; en otro barracón se reúne la Junta de Acción Comunal, formada en su mayoría por mujeres de raza negra, a las órdenes de un joven llamado Hader, que luce zapatos blancos impolutos, camisa blanca y collar con crucifijo. Las mujeres se quejan de la lentitud desesperante con que les llegan las ayudas del Gobierno, apenas unos miles de pesos cada tres meses que raramente cumplen el plazo. Y luego nada, sólo el olvido. Cada habitante de este lugar lleva mucha muerte detrás. Las mujeres cuentan historias de matanzas y masacres que han sucedido en sus veredas. Todas tienen un marido, un hijo asesinado por la guerrilla o los paramilitares. Son campesinos que han huido de la violencia sin nada en las manos. En la reunión comunal hablan de sus cosas. Aquí no hay tiros, sólo palabras que a veces suelen ser violentas, a veces desesperadas. Cuando hay elecciones, llega un político con promesas a cambio de su voto y luego nada. Ninguno de estos campesinos quiere volver a su lugar de origen.

"Yo tenía un chocolatal en Cali", dice Flora Esmila, una mujer de 72 años, "que me daba cuatro cosechas. Tenía plantados plátanos y naranjas. Vivía tranquila, pero un día me dijeron que en Chaguí de Cuaransangá, una vereda de Nariño, habían matado a mi hija. Cuando llegué ya estaba enterrada. Fue por celos de un meleador que la requería para que se acostara con él y al negarse mi hija la denunció a los del monte como confidente de los militares y un día bajaron los del monte para matarla dejándola con cuatro niños. El marido está vivo, pero no hizo nada por miedo. Los del monte me dijeron: ándate, échate a trotar, y me vine huida para Tumaco. Ahora cuido acá a mis cuatro nietas sin una ayudica, sin una platica de nada. El otro día, esta cama donde duermo con mis cuatro nietas se llenó de agua con la lluvia. No tengo a un hombre que me ponga una madera".

Antonio Domingo tiene 30 años, nació en Buenaventura, vivió en la vereda de Boca de Satinga y hace dos años que está aquí con su mujer y dos hijos.

"Se llevaron a un compañero que era motosierrista, lo mataron y a los dos días apareció flotando en el río. Así mataron a otros también. Llegaron los Águilas Negras y se llevaron a otros y durante varios días el río fue bajando muertos. Mandaron desalojar a todo el barrio de San José Laturbe con 300 familias y se hicieron fuertes allí. Me vine a Familias en Acción de Tumaco con mi mujer y mis dos hijos. Nosotros cultivábamos banano, yuca, papachina, mango, naranjas y cacao en un terreno de mi propiedad. Tuvimos que dejarlo todo. Alrededor había campos de coca, pero nosotros no cultivábamos coca porque somos cristianos adventistas del séptimo día y la palabra de Dios dice que debemos darle el uso debido a lo que Él ha creado y que no debemos cultivar cosas ilícitas".

En las charcas negras de este poblado había juguetes ahogados, un triciclo, un caballo de cartón, una muñeca sin brazos, a medio pudrir, y en las maderas de los barracones se podían ver algunos dibujos de corazones flechados con nombres de adolescentes enamorados.

Remontando

la selva por el río

Al día siguiente, dejando Tumaco atrás, nos embarcamos en una lancha para remontar el río Mira, que baja sus aguas desde el Ecuador en plena selva. En un jeep con bandera de Médicos Sin Fronteras recorrimos primero 50 kilómetros de la carretera que lleva a Pasto, donde el ejército y la policía tenían montados varios puestos de control con garitas de sacos terreros. A un lado y a otro del trayecto, la maleza ha sido tronchada para plantar las siniestras palmeras africanas que después de arruinar la tierra sólo dan una piñas de aceite de carburante, materia barata para ricos, según los campesinos del lugar. Antes de llegar al poblado de Llorente hubo que dejar la carretera y rodar por una pista quebrada de diez kilómetros adentro de la selva para alcanzar una playa de cantos rodados que forma el remanso del río. En ese camino duro y deshabitado hay un cementerio alegrado con flores y coronas sumido en una soledad tan alejada de la vida que uno podía imaginar que el día del Juicio Final desde aquí no se oirán las trompetas de la resurrección de la carne, aparte de que algunos de los muertos que allí yacen se hallan sumamente baleados por algunos de los bandos de este conflicto colombiano. En la playa había un chiringuito y embarcaban algunas piraguas con gente del lugar. Todo daba a entender que en este territorio el ejército ya no mandaba.

Río arriba en una lancha pilotada por un joven sin palabras, de rostro muy afilado, que sin duda estaba en el secreto de nuestro viaje. Contra la corriente mansa o arriscada por unos bajos, la selva cada vez más hermética se iba adentrando en un silencio precolombino y, como supimos después, estaba llena de ojos que nos vigilaban. En las altas riberas se veían acostados algunos cultivos de coca. Al contrario de lo que sucede en la novela El corazón de las tinieblas, de Conrad, donde existe un personaje llamado Kurtz, señor de la soledad que todo lo gobierna, del que todos hablan y nadie ha visto, en este caso, al llegar a la vereda de Azúcar, después de una hora larga de navegación, en lo alto de la ribera apareció una casa de buena fábrica y desde la orilla del río, antes de desembarcar, pudimos divisar a un hombre sentado en la terraza que, sin duda, nos estaba esperando, puesto que nos saludó con los brazos.

Calzado con botas pantaneras y metidas en ellas las perneras del chándal, este hombre era el propio Dagoberto Cañón, un señor de media edad, entrado en carnes, que al parecer es el que dispone de todo en Azúcar, una vereda de 105 habitantes. Nos recibió con gran cordialidad en su terraza, como un padre padrone, rodeado de niños, y un asistente que atendía por Chepe, muy solícito, y después de los saludos formales nos ofreció un café tinto y empezó a hablar.

"El Gobierno sólo llega hasta aquí a estropear a la gente. De pronto se presenta un avión fantasma, un avión negro, y comienza a bombardear la selva, y cada dos meses el Estado realiza un operativo con diez helicópteros que asustan a los niños, y detrás de los helicópteros llegan las avionetas y comienzan a fumigarlo todo. Con el motivo de la coca, destruyen nuestros alimentos de pan coger, la yuca, el plátano, la caña. Después de la fumigación ya no se puede cultivar nada. Nosotros siempre hemos sido productores de coca. No pudimos controlar el mercado, pero gracias a la coca tenemos una casita, vemos la televisión y nuestra comida está fría en la nevera. La coca es un arraigo entre nosotros. Culturalmente no se va a acabar porque el campesino es caprichoso. El hambre no admite socio. Pero a veces llega el ejército y produce violaciones, robos, y se nos lleva hasta los zapatos. La guerrilla contraataca porque con el Gobierno no se puede hablar más que con un arma en la mano. De modo que la violencia no acabará nunca".

El año pasado, el río Mira tuvo una crecida de ocho metros y arrasó con todo por estos parajes, se llevó por delante el centro de salud, la escuela, la cantina, todo, porque la naturaleza tampoco le va a la zaga de los hombres a la hora de ponerse brava. La crecida duró un mes, la vida estuvo paralizada, por eso los escolares de Azúcar celebran ahora con retraso la fiesta de fin de curso con entrega de insignias. En la escuela, los niños lucen birretes y uniformes como alumnos de Oxford, y esta ceremonia en plena selva rodeada por el cacareo de las gallinas tiene una profundidad surrealista.

Dagoberto Cañón nos presenta a Arturo Pay, un indígena awa, de 49 años, que sin levantar la mirada del suelo habla de sus desgracias, de su maíz, de su yuca, de sus plátanos arruinados por el veneno que sueltan las avionetas. Otro campesino llamado Jesús explica el cultivo de la coca, que dura siete meses, y de la forma de convertirla en pasta que puede estropearse con una gota de sudor. Los intermediarios la pagaban a dólar el gramo. Después cuenta doña Flor que llegó de profesora a la vereda de Azúcar y perdió a su marido, Segundo Vargas, hace nueve años en la playa donde nos embarcamos. Lo habían involucrado, pero no había hecho nada. Lo desaparecieron. "Llegan los paracos y si no tienes callos en las manos ya eres guerrillero, lo disfrazan a uno y le dan plomo, así fue con mi marido. Doña Flor dejó de ser profesora para vivir de la coquita con sus siete hijos, pero ahora con la fumigación malvive vendiendo fritanguitas que prepara en casa. Los helicópteros se fueron con todo".

"A veces llega la guerrilla", dice Dagoberto, "pero de ella no sufrimos violencia; si se llevan unas gallinas, las pagan; están con nosotros, viven con nosotros, se les sirve un café y se van, por aquí anda la columna de Daniel Aldaba, en caso de problemas se acude a ellos, que están en el monte, cada cuatro meses viene un cura de Llorente a decirnos misa, por aquí viven cuarenta comunidades, en total unas dos mil familias, seis personas distribuidas a lo largo del río hasta el Ecuador, que está a diez minutos por Tobar Donoso. Tenemos un gobierno interno con normas para convivir. No se sirve alcohol a los menores, se cumple un horario de comercio y para caso de disputa o de pelea con puños hay un comité de conciliación, y si no hay avenencia se castiga al culpable a realizar 500 viajes por esta cuesta cargado con costales de diez paladas de arena y mientras sube y baja le da tiempo a meditar. Aquí tenemos una organización de vigilancia. Sabemos quiénes son todos. Ustedes desde mitad de camino ya estaban vigilados. Les han dado permiso. Sólo queremos un acuerdo humanitario, que liberen a los que están en las montañas y tener un trabajo digno".

En el resguardo

de los indígenas awas

Por la carretera que lleva a Pasto, por la que baja la mayor parte de la droga que se embarca en Tumaco, llegamos hasta El Diviso, resguardo de los indígenas awas, después de viajar ciento y pico kilómetros, bajo un intenso aguacero, entre controles de policía y del ejército, atravesando los pueblos de Juan Benigno, Espriella, Cantrapi, Llorente, Pinde y Guayacana, con sus respectivas cantinas y cementerios y gente que te ve pasar. Los indígenas han huido de la guerrilla y de los paramilitares, y muchos se han concentrado en el resguardo del Gran Sábalo, cerca de Prado Verde, y a esta vereda de El Diviso han acudido después de días de camino, tronchando la selva con machete, otros indígenas de los resguardos de La Brava, el Gran Rosario, Pingullo, Sardinero y Hojal la Turbia, un territorio con 37.000 habitantes que pertenecía a la etnia awas mucho antes de que llegara Colón con sus frailes y adelantados.

El 26 de agosto sucedió una masacre. No se sabe quién fue, si la guerrilla o los paramilitares, o una banda que ganaba plata con el doble servicio, legales o ilegales, pero hubo doce muertos, entre ellos un niño de seis meses que quedó con dos tiros en la cabeza. Quedó con los ojos abiertos mirando uno a cada lado como queriendo saber quién era el asesino. A una mujer embarazada la partieron en dos con una motosierra, le sacaron el feto y lo botaron. A doña Tulia, el ejército le mató al marido, don Gonzalo, que iba con ella, no era guerrillero, pero le dieron por muerto en combate. A Yurami, apenas una adolescente, con dos hijos, le mataron a sus cuatro hermanos. A Sandra Viviana, de 21 años, le mataron al marido y la dejaron con dos hijos. Si les preguntas quiénes fueron, guardan silencio y se ponen a temblar cada una con su criatura en brazos.

En esta comunidad de El Diviso viven 400 desplazados, duermen hacinados con enfermedades compartidas en el pabellón de la escuela con sus hijos y enseres, y esperan que el Gobierno se acuerde de ellos. En sus tierras de Telembí, en la Brava de Tortuaña y en Ñambí tenían plátanos, yuca y animales. Esta comunidad de desplazados la dirige Gabriel Bibicus, un awa muy afable, presidente de la UNIPA, que recibe al equipo de Médicos Sin Fronteras al son de la marimba con el que bailan los espíritus de la naturaleza. Son gentes sencillas, de mucha alma, que entre la guerrilla y los paramilitares han llenado de pánico. Si les hablas de venganza, responden: no podemos ser enemigos de nadie, sólo queremos vivir tranquilos en nuestra tierra. En medio de la selva, un campesino awa puede encontrarse con un grupo armado. Ante cualquiera de sus preguntas se siente perdido. ¿Has visto por aquí a los guerrilleros? ¿Has visto por aquí a los paracos? Tampoco le sirve el silencio. De ambas partes recibirán la misma descarga de plomo. Su territorio lo necesitan la guerrilla, los colonos, los petroleros, los paramilitares, los capos de la droga. Pero ellos defienden el espíritu de sus mayores y luchan por no desaparecer.

En el barrio ciudad

Bolívar de Bogotá

Una noche en casa de la escritora Laura Restrepo, ante una sopa de ajiaco, el sociólogo Alfredo Molano, sin duda la máxima autoridad a la hora de discernir la raíz de la violencia en Colombia, puesto que, aparte de su indudable talento literario, se ha pateado a pie y a caballo hasta el último rincón de su país, habla del conflicto y al oírlo uno llega a la conclusión de que en este viaje de siete días el corazón de las tinieblas sólo está capacitado para expresar lo que ha visto y oído sin poder llegar al fondo de un problema tan complicado, mediante análisis perentorio de un recién llegado. Alfredo Molano ha arriesgado su pellejo y ha escrito libros imprescindibles que le han supuesto el exilio y la amenaza de muerte por los dos bandos. León Valencia, un ex guerrillero del EFN, fundador de Justicia y Paz, dirigente del movimiento Arco Iris, hijo del Mayo francés, de la teología de la liberación y del socialismo de Allende, se fue un día a las montañas, cuando tenía 16 años, porque en Medellín comenzaron a matar líderes cristianos que estaban de parte de los pobres. Los curas empujaban a aquellos muchachos a la rebelión. En el monte los esquilmaron a tiros. Entre sus compañeros de ELN hubo 72 muertos. Abandonó el monte en 1994. Hoy trabaja por la reconciliación nacional, pero recibe amenazas todos los días por Internet, por carta, por teléfono y por mensajes por debajo de la puerta de su despacho.

El barrio Ciudad Bolívar lo ocupan varias montañas en el extrarradio de Bogotá. En medio de una extrema situación de subsistencia, traspasada por el miedo, la violencia y las amenazas, viven allí centenares de familias de desplazados que han llegado huyendo desde cualquier esquina del país. Alba Marina, de 40 años, es una líder del barrio. Lleva una Virgen Milagrosa estampada en la camiseta. Llegó aquí en 2001 desde Putumayo porque un día llegaron los de la guerrilla y, según dice, se llevaron a un hermano y al marido y los mataron, luego los dejaron botados en la plaza con dos niños de meses bajo el aguacero como si fueran marranos. "Allí en nuestra tierra teníamos una vaca, ayudábamos al cura y sembrábamos coca. Yo era coquera, ¿por qué lo voy a negar? Gracias a eso pagaba las vacunas". Hoy en Ciudad Bolívar recibe amenazas de los paramilitares porque, con 2.500 desplazados, bajó a Bogotá y tomó el parque Tercer Milenio en señal de protesta por el abandono en que los tiene el Gobierno.

El hijo de la señora Orfilia García traía bestias para la guerrilla allá en Tulima. Ella dice: "Allí si a un guerrillero se le antoja acostarse contigo y te niegas, matan a tu marido por escarmiento. Yo me acosté con uno para salvar a mi hijo. Y si lo tienes como amante, tienes que quedarte o darles un hijo para la guerra, de lo contrario tienes que irte. A veces te obligan a acostarte con toda la cuadrilla". A una mujer que se negó le mataron al marido con 14 tiros y lo tiraron al abismo de la quebrada. La señora Juzlary, de Río Blanco, no se negó a acostarse con un guerrillero. "Si mi marido supiera lo que tuve que hacer para que siguiera vivo... Un día comenzó a sospechar y me dijo: 'Ya sé por dónde va el agua', pero se ve que lo dio por bueno que me acostara con otro hombre con tal de vivir".

En el barrio de Soacha viven algunas madres de los llamados falsos positivos. A los soldados del Ejército se les ofreció un premio en metálico por cada guerrillero que mataban. Sucedió que una cuadrilla de militares comenzó a arramblar jóvenes drogadictos, mendigos, enfermos y elementos llamados desechables extraídos de los bajos fondos, los raptaban, los metían en un camión, los vestían de guerrilleros, los mataban, pasaban al cobro y luego los enterraban en una fosa común en Ocaña. Las madres de estos falsos positivos se han unido para rescatar la dignidad de sus hijos. Cuentan entre lágrimas historias patéticas que encogen el corazón. Adolescentes sacados de la cama con una promesa de trabajo, un disminuido mental raptado en plena calle, otros buscados entre los tugurios de lata y cartón. Dice Maria Julilerma: "Mi hijo Jaine Esteven, de 16 años, trabajaba en una buseta. Se fue a las once, no apareció a las seis de la tarde ni a las nueve. Un día me llamó desde Ocaña. Estoy bien, mamá. Lo mataron. ¿Dónde estará enterrado mi pobre chivito?". Estas madres reciben cada día amenazas de los paramilitares. Los Águilas Negras les mandan avisos escritos con letras mayúsculas: "A veces es mejor el silencio en caso de una desaparición, algo que ustedes no han podido entender de una buena vez por todas, tú eres la siguiente víctima, es mejor que calles todo lo que se ha dicho, tú ya sabes que estamos cerca de ti, así tú no entiendas y quieras jugar con nosotros. No es una amenaza, sino una advertencia. El pajarito vuelve al nido solo".

Al final del viaje, uno devuelve el chaleco de Médicos Sin Fronteras, se quita las botas de agua que han pisado pantanos malolientes, calles llenas de miseria, chabolas de lata, veredas perdidas en la selva, y sólo recuerda el heroísmo, el abandono, el dolor, el miedo y la resistencia de unos seres desplazados, que sufren el destierro en su propio país, pero que no han dejado de luchar hasta la extenuación por la propia dignidad contra un destino aciago."

Testigo del horror. Éste es el séptimo reportaje de la serie con la que 'El País Semanal' y Médicos Sin Fronteras se acercan a los conflictos olvidados. Precedieron a Manuel Vicent Mario Vargas Llosa, Sergio Ramírez, Laura Restrepo, Juan José Millás, John Carlin y Laura Esquivel.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Los últimos días de La Vorágine



"Durante la segunda semana de febrero, como parte de un proyecto de celebración de La vorágine y como andamiaje para la producción de textos creativos que serán seleccionados para acompañar un libro de fotografías ( sobre "distintas fuentes de agua") en proceso de edición, hemos organizado de la mano de la Biblioteca Nacional un taller (dividido en tres sesiones, gratuito y abierto al público de la ciudad) que tendrá lugar en Bogotá los días 9, 12 y 13 de febrero (martes y viernes 6-8pm - sábado 10am). La inscripción es gratuita y puede hacerse a atraves del mail:aguadelpacifico@gmail.com, informando su experiencia e interés en participar."
La exposición estará abierta hasta el próximo 5 de marzo.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Caudillos ‘redux’

FALTAN TODAVÍA VARIOS MESES para que las celebraciones del Bicentenario invadan la vida de los latinoamericanos, pero ya podemos anticiparnos a la sensación de fracaso que habrá de sentirse donde haya gente sensata.

Por: Juan Gabriel Vásquez

No me refiero al fracaso de las celebraciones mismas: las celebraciones, puede uno suponer, serán un éxito. Las publicaciones que se hagan, las actividades culturales que se organicen, las previsibles manifestaciones de alegría colectiva que surjan por todas partes: todo eso saldrá muy bien. Pero alguien en algún momento tendrá que preguntarse si, teniendo en cuenta el momento actual de Latinoamérica, hay realmente algo que celebrar. ¿Adónde han llegado estas repúblicas nuestras en doscientos años de Independencia? Echen una mirada por la ventana y asústense: a Colombia y a Venezuela, los dos países que celebrarán con más intensidad, el Bicentenario los sorprende en el peor momento político de la historia. Nacidos hace doscientos años de la mano de ciertos caudillos, los dos están hoy sumidos de nuevo en el caudillismo: en eso, por lo menos, es como si nuestros países no se hubieran bajado en dos siglos de la bicicleta estática.

El caudillo, por supuesto, es nuestro producto más original: “La contribución más importante de América Latina a la ciencia política”, decía un periódico de Nueva York hace unos meses. Y para ser fieles a la tradición, nuestros dos países le dan la bienvenida al aniversario sumidos en una crisis caudillista que no se veía desde que Bolívar se disputaba con otros el liderazgo de estas repúblicas recién paridas. ¿En qué han cambiado las cosas desde la Independencia? Los caudillos de hace doscientos años eran aristócratas en su mayoría; los de ahora, el caballista de aquí y el chafarote de al lado, tienen todos los defectos de la caudillista aristocracia criolla y ninguna de sus virtudes. El mesianismo, el culto a la personalidad, el pisoteo sin complejos de la Constitución, la deliberada difuminación de las fronteras entre el líder y el Estado, la polarización intencional de sus sociedades, la criminalización de toda forma de disenso, el convencimiento de que no hay futuro en su ausencia, la manipulación de los sentimientos patrióticos: ¿suena familiar?

El de al lado ya modificó la Constitución para permitirse la reelección indefinida, e incluso anunció su intención de quedarse en el poder hasta 2021 o 2030 (se ve que está indeciso). El de aquí ha llegado a extremos inusuales para permitirse la segunda reelección, pero no tengo que señalarlos. Allá se compiló la infame Lista Tascón, un inventario de los votantes del referendo antichavista del 2004 que le ha servido al Gobierno para vengarse de mil maneras de la oposición. Aquí se graba ilegalmente a magistrados y periodistas. Ibsen Martínez me recordó el otro día lo que dijo el de allá durante la campaña de 2008: “Yo soy el único venezolano capaz de gobernar a Venezuela”. Y también: “Soy lo único que se interpone entre la paz y la guerra civil”. El de acá ha sido un poco más ambiguo: ya recuerdan ustedes la doctrina de la Hecatombe, célebre en el ámbito del Derecho Constitucional.

El Bicentenario debería darnos la oportunidad de escoger si queremos bajarnos de la bicicleta estática. O si queremos seguir así, pedaleando de la misma forma, doscientos años más.

fuente:elespectador.com

lunes, 28 de septiembre de 2009

Historia oficial vs. historia real

Cristian Valencia
Estos son los agregadores que usted tiene disponibles para agregar el contenido de "Cristian Una cosa es lo que pasa y otra la que se escribe. Lo que nos dejamos meter como historia oficial es algo vergonzoso. El doble discurso institucional es el culpable de la bipolaridad de los colombianos. Recuerdo nada más cómo me enseñaron la historia cuando era niño. Un sartal de mentiras asépticas, llena de proclamas rimbombantes y discursos obsoletos que, estoy seguro, nada tuvieron que ver con la realidad. Jamás me enseñaron, por ejemplo, que la Guerra de los Mil Días fue producto de la encerrona política que hicieron conservadores y liberales contra los liberales radicales. Aquellos partidos políticos se unieron y prohibieron que los radicales lanzaran candidato a la Presidencia. Es decir, prohibieron las verdaderas ideas liberales en todo el país, prohibieron una manera de pensar, un partido político. Y fueron los liberales y conservadores de entonces quienes tuvieron la culpa del asesinato del general Uribe Uribe (de otros Uribe, aclaro).
Hagan el ejercicio de leer un texto de historia de Colombia para enseñanza media, es decir, los libros que educan a nuestros jóvenes. Lean la historia de los últimos 40 años, por ejemplo. ¿Dice acaso que el presidente Carlos Lleras Restrepo facilitó el fraude de las elecciones del 70? No habla de fraude, aunque la versión de casi todos los colombianos es esa: las elecciones del 70 se las robó Misael Pastrana Borrero. Esos deberían ser los términos de la historia escrita para que nuestros muchachos sepan en dónde están parados y tengan algún día una madurez política.
Luego pasa por el gobierno de López Michelsen como si nada: no menciona el escándalo de la hacienda La Libertad, una carretera mandada a hacer para favorecer el fundo de uno de sus hijos. Tampoco habla de la "ventanilla siniestra", aquella que admitía todos los dineros de dudosa reputación para "lavarlos" institucionalmente (¿recuerdan la bonanza marimbera?); ni menciona el Estado de Emergencia Económica en plena bonanza cafetera; y no recuerda que Alfonsito, cuando era chiquito, se apropió, con la venia de su padre presidente, de la famosa harinera Handel. ¿Qué podrá decir la historia oficial de colegios sobre Turbay? Nada que lo incomode, por supuesto: que le gustaba usar corbatín 'pepiado', tal vez. Con seguridad, el Estatuto de Seguridad fue una cosa necesarísima, y las torturas de las caballerizas del Cantón Norte jamás se presentaron.
De Belisario, que era poeta y que era tan humilde que a veces salía en un Renault 4, pero jamás dirán que bajo su mando (porque jamás aclaró que le hicieron un golpe de Estado), como comandante único de las Fuerzas Armadas, dirigió las acciones de la retoma del Palacio de Justicia, con las consecuencias que todos conocemos (¿por qué está preso el coronel Plazas y libres todos sus superiores, incluyendo a Belisario?). Y sigan haciendo cuentas de lo que falta: Gaviria, Barco, Samper, Pastrana.
Y frente a todas estas omisiones históricas me pregunto: ¿dónde están la Academia de Historia y todas las facultades de historia que tiene el país? Yo sí creo necesario el revisionismo de nuestra historia. De toda. Quisiera que esos libros que educan a los jóvenes hablaran de Chambacú, por ejemplo, y de todos los desfalcos hechos por algunos políticos; que hablen de tomas guerrilleras y masacres paramilitares, que hablen de los millones de campesinos desplazados: que hablen, en últimas, que hablen.
Pero eso será ciencia ficción, por supuesto. Ustedes y yo sabemos que no pasará, porque desmembraría para siempre la gallinita de los huevos de oro. Y porque habría que decir la verdad. Y la verdad es una cosa recontraturbia y cochina, que dista por leguas de ese discurso oficial tan limpio e inmaculado, que deja tan bien parados a nuestros 'prohombres' (quac).
¿Qué dirán los libros de texto para muchachos sobre el presidente Uribe?
cristianvalencia@yahoo.com