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jueves, 3 de junio de 2010

Ambigüedad

BICENTENARIO
Antonio Caballero analiza el nuevo comercial del Ministerio de Defensa en donde se hermana al ejército libertador de la Independencia con el ejército nacional






Bolívar, El Libertador, foto:internet.fuente:arcadia.com

Antonio Caballero

¿Se trata de incitar al alzamiento en armas contra las autoridades constituidas, como el de los rebeldes criollos de hace dos siglos contra España? ¿O, al contrario, de propiciar la fraternización entre soldados y campesinos? ¿Y qué entiende exactamente la severa voz solemne por la palabra libertad? ¿Y a qué soberanía apuntan esos Black Hawks del Plan Colombia que se levantan detrás? Y la seguridad que menciona ¿es la de quién? Por mucho que haya costado, ese anuncio de televisión no quedó bien hecho.

Sale en televisión varias veces al día, en horario "triple A", un anuncio del Ministerio de Defensa más largo y ambicioso que un anuncio normal: casi como un cortometraje de sobreprecio. Y debió costar bastante producirlo, con sus centenares de extras, sus docenas de caballos al galope, sus cuatro o cinco helicópteros artillados en vuelo rasante y su derroche de utilería y guardarropía: ruanas blancas y pardas y casacas rojas de botones dorados, machetes y fusiles, cascos de punta que evocan alguna decimonónica guerra europea y otros más nuevos, con redecilla para las hojas del camuflaje, de la más reciente de los gringos en Vietnam. Cañones, bayonetas, visores infrarrojos. Un campesino de corrosca con la cara tiznada de pólvora comenta en medio del combate:

–Está duro, ¿no?

Y un más moderno soldado "carapintada", fusil Galil en mano, le responde en tono firme de candidato presidencial:

–¡Pero se puede!

Una solemne voz en off informa a los televidentes:

–Pueden haber cambiado los tiempos. El objetivo sigue siendo el mismo: luchar por la libertad, la soberanía y la seguridad de Colombia.

Pero no queda claro el sentido del mensaje. ¿Se trata de incitar al alzamiento en armas contra las autoridades constituidas, como el de los rebeldes criollos de hace dos siglos contra España? ¿O, al contrario, de propiciar la fraternización entre soldados y campesinos? ¿Y qué entiende exactamente la severa voz solemne por la palabra libertad? ¿Y a qué soberanía apuntan esos Black Hawks del Plan Colombia que se levantan detrás? Y la seguridad que menciona ¿es la de quién? Por mucho que haya costado, ese anuncio de televisión no quedó bien hecho.

Concluye la solemne voz en off:

–Los héroes en Colombia ¡sí existen!

Pero ¿cuáles son? Porque en Colombia, país en conflicto, cada cual considera héroes a los combatientes del propio bando y criminales a todos los demás. Para el Ejército nacional, promotor del anuncio, los héroes son sus soldados, como es natural. Pero los hoy presos narcoparamilitares de las AUC se llamaban a sí mismos "Héroes de Tolová", o "de los Llanos", o "de los Montes de María", o nada menos que "Héroes Libertadores del Sur", para dejar bien claro que también para ellos "el objetivo sigue siendo el mismo". Como lo es para los narcoguerrilleros de las Farc y del ELN, que siguen hablando de "la segunda Independencia" y celebran el "Día del guerrillero heroico".

Los héroes lo son, o no, dependiendo de quién los mira.

Aunque hay algunos que, al revés, terminan siendo reclamados como propios por los más enconados adversarios. Es el caso de Bolívar, tan llevado y traído y tironeado para aquí y para allá con ocasión de este Bicentenario de la Independencia a que alude el anuncio de la televisión. (Bicentenario que, por otra parte, poco tiene que ver con Bolívar, y menos con la Independencia: es el de las patrias bobas y ensangrentadas de nuestras primeras guerras civiles). Todos lo reclaman como suyo. La "revolución bolivariana" de Hugo Chávez y la "seguridad democrática" de Álvaro Uribe; la "Coordinadora bolivariana" de las Farc y la "Academia bolivariana" de los militares en retiro. No había terminado de agonizar Simón Bolívar, huyendo de las traiciones de los suyos, cuando ya esos mismos despresaban su herencia ideológica y política como el cadáver de un pollo: sus palabras, sus acciones, sin tener en cuenta –o por eso mismo– que muchas veces las unas se contradecían con las otras.

Porque Bolívares hay muchos. Hace ya bastantes años el sabio polígrafo Enrique Uribe White editó un libro espléndido titulado Iconografía del Libertador, copiosamente ilustrado. No solo con imágenes, retratos del natural o pintados de oídas, sino con descripciones escritas del personaje, también de testigos que lo conocieron en vida o de fisiólogos que analizaron sus restos después de la muerte. Y no hay dos que se parezcan.

viernes, 7 de mayo de 2010

Sobre una columna de Arias


Juan Gabriel Vásquez

YO QUERÍA TOMÁRMELA EN SErio. Lo juro: yo quería tomarme en serio la reciente columna de Andrés Felipe Arias en El Tiempo.
Se trataba, después de todo, de un ex ministro (por más incompetente que haya sido su ministerio); se trataba además de un nuevo ladrillo en el debate sobre la próxima presidencia. Pero las cosas no salieron como hubiera querido, y tras llegar —heroicamente, todo hay que decirlo— a la última línea de la columna, pasé por dos momentos. Primero, confirmé que Andrés Felipe Arias tiene una visión del mundo preadolescente, carente por completo de cualquier atisbo de análisis adulto. Segundo, me pregunté por qué era necesario confirmarlo de nuevo. Leer esa columna fue como mirar una foto del planeta Marte: es triste que allá no haya vida inteligente.

El tejido de la columna es una mezcla curiosa de retórica de cuartel, ética de Opus Dei y prosa de bachiller desaplicado. Arias nos habla de los terroristas que antes de Uribe avanzaban "oprimiendo la paz y la libertad de todos los ciudadanos". Nos dice que sólo eligiendo la Seguridad Democrática "nuestro país nunca más volverá a ser inclinado por el terrorismo". Nadie niega los logros militares de Uribe, ¿pero no habrá manera de explicarlos hablando en español? Esto de la paz y la libertad que se oprimen como si fueran botones, esto de los terroristas que inclinan países… Si bajamos la voz, tal vez podamos oír las carcajadas que salen de la tumba de Rufino José Cuervo. Pero a Andrés Felipe Arias habría que explicarle quién era Rufino José Cuervo. Es que en el ministerio no había diccionarios.

De los atentados inverosímiles contra el idioma pasa Andrés Felipe Arias a atentar contra nuestra inteligencia. Yo caí en la trampa, debo confesarlo: cuando Arias dice sin parpadear que sólo con un nuevo gobierno uribista habrá ingreso para todos, que sólo con un nuevo gobierno uribista habrá legalidad, pensé que la columna había dado un giro inesperado (pero interesante, eso sí) hacia el humor. Luego me di cuenta de que no era así: de que Arias cree en realidad que la legalidad está del lado de las escuchas ilegales, los falsos positivos, los grupos de informantes, la venta de las notarías, la corrupción de los congresistas, la violación de las disposiciones electorales y el uso en general de la Constitución como papel higiénico. No sólo eso: Arias cree también que un tipo como él puede asegurar que habrá ingreso. Será la experiencia que le da haber hablado tanto de ingreso seguro.

Yo quería tomarme la columna en serio. Cuando Arias revela que "el terrorismo no dispara con pétalos, sino con balas", me pregunté si era necesario descender a los ambientes de Paulo Coelho para decir lo que todos los colombianos ya saben: que los violentos son el enemigo. Cuando nos dice que "Álvaro Uribe nos mostró el camino" y que "de ese camino no nos podemos desviar", me pregunté si esa mezcla de Escrivá de Balaguer con tarjeta rosada de Hallmark es lo que en el mundo de Arias equivale a exponer un proyecto político. Pero es un error: tomarse en serio a Arias es un error. Sí, ya sé que el ex ministro no carece de apoyo entre la gente. Pero también sé por qué: porque su caso es el ejemplo perfecto de democracia. Así es: si la persona que escribió esa columna llegó a ser ministro, cualquiera puede. Cualquiera.

lunes, 26 de abril de 2010

Donde el verde es de todos los colores

AURELIO ARTURO ESCRIBIÓ QUE COlombia es el país “donde el verde es de todos los colores”. Esa afirmación, tan fácil de comprobar viajando por Colombia en cualquier dirección, está a punto de convertirse también en un hecho político.
Por William Ospina

Mucho tiempo se pensó que Colombia era roja o azul, y por esa ilusión fanática se vertió mucha sangre. Colombia siempre estaba negando una parte de su ser, negando sus indios, negando sus negros, negando sus selvas, negando sus ríos, negando su mestizaje, negando sus mares.

Pero el último siglo nos mostró que sólo somos grandes cuando aceptamos y asumimos ser lo que somos. Contra la pretensión de ser “la Atenas suramericana” o “el Japón de Suramérica”, de ser Francia, de ser México, de ser los Estados Unidos, más bien hay que decir que en ciertos rincones somos Suiza, que junto al desierto de La Guajira los árabes de Maicao van a la mezquita y fuman sus narguiles, que en ciertos barrios de Palmira somos Japón, que por la avenida Caracas a medianoche somos México, que en la base de Palanquero desafortunadamente somos los Estados Unidos.

Cartagena creció más hermana de Santiago de Cuba y de Santo Domingo que de Pasto o de Neiva. Pasto se parece más a Quito que a Medellín. Leticia tiene más afinidades con Manaos que con Manizales. Manizales se parece más a La Paz que a Villavicencio. Popayán, Santafé de Antioquia, Mompox y Villa de Leyva se parecen más a Andalucía que a Ibagué. Esa diversidad está en todo: pertenecemos más que otros países a todo el continente. Somos el único país que está a la vez en el Caribe, en el Pacífico, en los Andes, en la Orinoquia y en la Amazonia. Eso, que nunca entendieron nuestros viejos políticos, nos obliga a tener un destino continental, a no estar encerrados en nuestro mapa.

Después de dos siglos de guerras, exclusiones, racismos, clasismos y falta de compromiso con las normas; de moral acomodaticia, de partidos que nos educaban en el odio y de políticos que nos educaban en la trampa, Colombia se cansó de bipartidismo. Ese bipartidismo irresponsable fue el que engendró en Colombia a las guerrillas y a los paramilitares, y el que nutrió a una elite ociosa e irresponsable, ignorante y despectiva, que no supo engrandecer a sus conciudadanos y que dejó el país en manos de la violencia, la corrupción, la simulación y la trampa. No sólo hemos llegado a ser el país más violento, también el más transgresor del continente y el menos solidario con sus vecinos: alguien alguna vez nos llamó el Caín de Suramérica.

De todo eso nuestro pueblo se fue hastiando, y hace ocho años eligió a Álvaro Uribe Vélez, en abierto desafío a la tradición del bipartidismo. Por desgracia Uribe, a quien le debemos algunas conquistas valiosas en el campo de la seguridad, de la cobertura en educación y salud, eternizó la idea antigua y perversa de que la solución a todos nuestros problemas es sólo militar, y después de dos períodos de gobierno nos entrega un país con una infraestructura vial similar a la que tenía en los años cincuenta, mil violencias larvadas esperando para resurgir, las relaciones con los vecinos completamente deterioradas, una alianza militar con los Estados Unidos harto onerosa para nuestra soberanía y un historial de conductas sucias desde el poder, que van desde espionaje a la oposición, crímenes con las armas del Estado contra jóvenes inermes, subsidios escandalosos para los ricos, y transgresión ostentosa del Derecho Internacional.

El viejo bipartidismo ha visto en estos defectos de la política uribista la posibilidad de volver al ataque y recuperar su antiguo dominio sobre la sociedad colombiana, pero Colombia está a punto de demostrar que la nueva generación ya se salió de las manos de ese puñado de poderes que durante siglos nos mantuvieron en la Edad Media.

Los tres alcaldes que fundaron el Partido Verde son los únicos políticos que tienen grandes realizaciones que mostrar en toda la historia reciente de Colombia. Convirtieron a Bogotá, una ciudad perdida hace quince años, en una metrópoli contemporánea que el mundo entero conoce y aprecia. Y Sergio Fajardo puede mostrarnos hoy a Medellín como una de las ciudades más admirables y pujantes del continente. No lo hicieron sólo ellos, lo están haciendo millones de personas, pero su liderazgo ha sido definitivo en ese proceso.

¿Qué tienen los otros candidatos opcionados, Santos y Sanín, por mostrar en términos de modernización de nuestra sociedad? Absolutamente nada, y Colombia lo sabe. Tienen tan poco, que en realidad ni siquiera los votos son suyos, son votos de alguien mucho más interesante y complejo, del que abrió esta brecha en el bipartidismo por la que Colombia podrá entrar al futuro: Álvaro Uribe.

El país que va a encontrar el presidente Mockus, como el país que encontró el presidente Obama, quien debe ser uno de sus principales aliados, exigirá superar terribles desafíos. No podrá hacer su tarea sin el apoyo activo de todos los ciudadanos. Y sin duda votar no será suficiente: habrá que apoyar, actuar, trabajar, pensar, soñar, defender con firmeza muchas cosas. La recompensa será grande, pero el trabajo es enorme.

Y la primera tarea, que es una tarea feliz, será elegirlo en la primera vuelta. Podemos hacerlo: el verde es de todos los colores.