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viernes, 28 de mayo de 2010

Adiós a los ‘atajistas’

PARECE QUE FUE AYER. COMO EN el bolero, parece que fue ayer cuando Uribe llegó a la Presidencia prometiendo acabar con la corrupción y la politiquería.

Álvaro Uribe Velez.

Hoy eso suena como un mal chiste, porque ni siquiera los uribistas más acérrimos pueden negar que el gobierno de los últimos ocho años fue, con distancia, el más politiquero y corrupto de la historia colombiana. Los votantes uribistas miran para otro lado, citan los muy reales logros militares en la guerra contra la guerrilla y siguen de largo, pero no pueden afirmar sin ponerse colorados que la política en la era Uribe haya sido honesta. La verdad es que los ocho años de Uribe han devuelto el país a la cultura del atajo, ese conjunto de manías y perversiones del cual parecía que habíamos salido, o comenzábamos a salir, al empezar el siglo.

No sé si ustedes se acuerden de esos años, pero a mí me parecían casi inverosímiles: después de décadas en que, como dice García Márquez en Noticia de un secuestro, prosperó la idea de que el cumplimiento de la ley es el mayor obstáculo para la felicidad, durante un brevísimo tiempo flotó en el aire la fantasía de que esa conducta, la del todo vale, la del fin que justifica los medios, se podía dejar atrás. Y aunque ésta no es (necesariamente) una columna de propaganda verde, hay que ser ciego o malintencionado para no aceptar que Mockus tuvo mucho que ver en ese breve cambio de paradigma: su alcaldía puso de moda la idea del respeto, el que se le debe al erario público pero también al peatón. En un país que se había acostumbrado a admirar el fraude y el ventajismo, de repente pareció que eso ya no era admirable. O no tanto como antes, por lo menos.

Uribe borró esa ética incipiente de un plumazo. Ningún presidente ha sido más atajista (me perdonarán el neologismo) que el de estos ocho años; ningún presidente ha promovido de manera más abierta la idea de que la ley es condicional: se cumple si no incomoda. Si la ley molesta, si las normas democráticas estorban, pues se quitan de en medio. Así con la Constitución, los topes electorales, la separación de Iglesia y Estado, la separación de los poderes, las libertades civiles, el derecho de los ciudadanos a no ser espiados. En la Colombia de antes, la ley era para los de ruana; en la Colombia de Uribe, la ley es para el que no tenga más remedio. Todo vale: para aprobar una reforma, para sacar adelante un trámite, para conseguir una estadística. El atajismo (perdón otra vez) ha definido a Uribe.

Todo forma parte, por supuesto, de un malentendido que ha hecho mucho daño a Latinoamérica: la idea de la democracia como un lugar perfecto que está allá, al final del camino. La tarea de un gobierno sería entonces llevarnos allá lo antes posible, no importa cuántos semáforos nos saltemos. Pero la democracia no es el destino, sino el proceso. La democracia es lo que hace un gobierno todos los días cuando permite de mil maneras que uno no se sienta cursi o ingenuo al usar, como lo he hecho yo, la palabra honestidad al hablar de política. Eso es lo que el uribismo ha perdido de vista en estos ocho años, convencido como estaba de que Uribe nos llevaría allá, a ese lugar. Ahora se sorprenden de que no hayamos llegado todavía. Y tenemos que preguntarnos entre todos: ¿valía la pena tanto atajo para no llegar a ningún lado?

  • Juan Gabriel Vásquez

viernes, 7 de mayo de 2010

Sobre una columna de Arias


Juan Gabriel Vásquez

YO QUERÍA TOMÁRMELA EN SErio. Lo juro: yo quería tomarme en serio la reciente columna de Andrés Felipe Arias en El Tiempo.
Se trataba, después de todo, de un ex ministro (por más incompetente que haya sido su ministerio); se trataba además de un nuevo ladrillo en el debate sobre la próxima presidencia. Pero las cosas no salieron como hubiera querido, y tras llegar —heroicamente, todo hay que decirlo— a la última línea de la columna, pasé por dos momentos. Primero, confirmé que Andrés Felipe Arias tiene una visión del mundo preadolescente, carente por completo de cualquier atisbo de análisis adulto. Segundo, me pregunté por qué era necesario confirmarlo de nuevo. Leer esa columna fue como mirar una foto del planeta Marte: es triste que allá no haya vida inteligente.

El tejido de la columna es una mezcla curiosa de retórica de cuartel, ética de Opus Dei y prosa de bachiller desaplicado. Arias nos habla de los terroristas que antes de Uribe avanzaban "oprimiendo la paz y la libertad de todos los ciudadanos". Nos dice que sólo eligiendo la Seguridad Democrática "nuestro país nunca más volverá a ser inclinado por el terrorismo". Nadie niega los logros militares de Uribe, ¿pero no habrá manera de explicarlos hablando en español? Esto de la paz y la libertad que se oprimen como si fueran botones, esto de los terroristas que inclinan países… Si bajamos la voz, tal vez podamos oír las carcajadas que salen de la tumba de Rufino José Cuervo. Pero a Andrés Felipe Arias habría que explicarle quién era Rufino José Cuervo. Es que en el ministerio no había diccionarios.

De los atentados inverosímiles contra el idioma pasa Andrés Felipe Arias a atentar contra nuestra inteligencia. Yo caí en la trampa, debo confesarlo: cuando Arias dice sin parpadear que sólo con un nuevo gobierno uribista habrá ingreso para todos, que sólo con un nuevo gobierno uribista habrá legalidad, pensé que la columna había dado un giro inesperado (pero interesante, eso sí) hacia el humor. Luego me di cuenta de que no era así: de que Arias cree en realidad que la legalidad está del lado de las escuchas ilegales, los falsos positivos, los grupos de informantes, la venta de las notarías, la corrupción de los congresistas, la violación de las disposiciones electorales y el uso en general de la Constitución como papel higiénico. No sólo eso: Arias cree también que un tipo como él puede asegurar que habrá ingreso. Será la experiencia que le da haber hablado tanto de ingreso seguro.

Yo quería tomarme la columna en serio. Cuando Arias revela que "el terrorismo no dispara con pétalos, sino con balas", me pregunté si era necesario descender a los ambientes de Paulo Coelho para decir lo que todos los colombianos ya saben: que los violentos son el enemigo. Cuando nos dice que "Álvaro Uribe nos mostró el camino" y que "de ese camino no nos podemos desviar", me pregunté si esa mezcla de Escrivá de Balaguer con tarjeta rosada de Hallmark es lo que en el mundo de Arias equivale a exponer un proyecto político. Pero es un error: tomarse en serio a Arias es un error. Sí, ya sé que el ex ministro no carece de apoyo entre la gente. Pero también sé por qué: porque su caso es el ejemplo perfecto de democracia. Así es: si la persona que escribió esa columna llegó a ser ministro, cualquiera puede. Cualquiera.

viernes, 5 de marzo de 2010

El fetiche de las mayorías

Juan Gabriel Vásquez

HA PASADO UNA SEMANA YA DESDE que la Corte Constitucional echó abajo el famoso referendo, y en todas partes —en este periódico y en el otro y en la radio y en la calle— siguen surgiendo reacciones que, con distintas palabras y entonaciones, vienen todas a aterrizar sobre la misma idea esencial

fOTO:aRCHIVO;fUENTE:elespectador.com

El fallo de la Corte es antidemocrático, porque va contra la mayoría. La mayoría de colombianos quería que Uribe siguiera siendo presidente, y esa voluntad popular, según esta opinión, habría debido ser respetada por la Corte. No importa que se violen los topes de financiación, no importa que se cambie de forma trapacera la pregunta que rige el texto, no importa, en fin, que no se cumpla la ley: lo que importa es que eso se hace para honrar la voluntad popular. Y eso, finalmente, es la democracia: aunque sea con trampa, que se haga lo que quiere la mayoría.

La mayoría es un fetiche, y el culto de la opinión mayoritaria es una de las cosas más humanas que existe. Y sí, uno puede echar mano de varios y tristes ejemplos de los desastres que pueden ocurrir cuando países civilizados se entregan a la dictadura del que más grita, o del grupo que grita más fuerte. Pero Latinoamérica tiene su propia razón para adular las mayorías: cualquier psicoanalista se daría cuenta de que tiene que ver con nuestra nostalgia del Caudillo, del Hombre fuerte. Cada vez que un uribista grita aquello de las mayorías y el pueblo, me resulta más fácil entender que Chávez siga en el poder en Venezuela. Una periodista italiana me recriminó una vez mis opiniones contra Chávez con ese argumento invencible: "¡Pero si es un gobierno elegido por la mayoría!". Cuando Chávez cerró un medio de comunicación que no le caía en gracia, un venezolano que conocí casualmente me dijo: "Bueno, eso no importa. La mayoría ni siquiera lo veía".

No, a mí no me cabe la menor duda de que Uribe tenía el respaldo de las mayorías. Pero tampoco olvido que las mayorías en Colombia se han construido, por lo menos en una pequeña parte, mediante el chantaje más o menos velado. "No le haga el juego al enemigo". "Quien no está con Uribe está con las Farc". Semejantes fórmulas han sido jaleadas desde el Gobierno, claro, porque así, mediante la criminalización del disenso, se fue construyendo la payasada aquella del Estado de Opinión. La idea de que haya gente allá fuera que pueda querer un país sin guerrilla, pero también sin Uribe y lo que su gobierno ha traído, no cruzó por la cabeza de quienes forjaron esa suprema sandez.

Una sandez peligrosa, además. Cuando yo pienso en las cosas de las que nos hemos liberado con la sentencia de la Corte, pienso primero que todo en el Estado de Opinión. A la doctrina, si es que se le puede llamar así a lo que no es más que la sublimación de la matonería, le falta una palabrita: "Masiva". El Estado de Opinión Masiva: eso es lo que planteaba el uribismo. Y el problema es que la opinión masiva, casi por definición, carece de razones y argumentos, y aun los desprecia, porque no los necesita: le bastan las interjecciones, los gestos primitivos, la descalificación barata. La Corte Constitucional no ha tenido opiniones, sino argumentos. Un solo hombre con un buen argumento pesa más que una mayoría. Esto lo oí en alguna parte, pero no me acuerdo dónde. Y, la verdad, me da igual."