miércoles, 18 de marzo de 2015

Selma: las huellas frescas del racismo de Estados Unidos

El gran cronista Talese revisita la ciudad donde comenzaron las protestas afroamericanas –algunas sangrientas- por los derechos civiles en 1965

Puente Edmund Pettus. El 8 de marzo pasado se recordó el  Bloody Sunday./revista Ñ.
Días atrás en el centro de Selma, mientras volvía a recorrer la ruta que había tomado cincuenta años antes al seguir a cientos de manifestantes por los derechos civiles a través del Puente Edmund Pettus y por una autopista bloqueada por policías blancos hostiles que pronto darían lugar al “Domingo Sangriento”, me llamó la atención la enérgica actividad de un hombre negro de mediana edad que con una pala cavaba pozos en la franja de tierra que se extendía entre el cordón y la vereda de Broad Street, la calle que lleva al puente. Después empezó a plantar pensamientos, azaleas y pequeños árboles de enebro que sacaba de la caja de un camión perteneciente a la compañía Steavie’s Landscape Design and Construction.
“No soy Steavie”, dijo después de que lo observara un rato y finalmente me dirigiera a él con lo que suponía eran preguntas problemáticas. Agentes de seguridad y autoridades de fuera de la ciudad habían dado vueltas por la zona con los preparativos de la visita de Obama para el Jubileo del Cruce del Puente. El paisajista probablemente se dio cuenta de que yo era demasiado viejo para causar problemas y se tranquilizó. Apoyándose en la pala y extendiendo una mano enguantada, dijo: “Soy el hermano de Steavie”.
En las cuatro cuadras que recorrí por Broad Street desde la sede municipal hasta la rampa del puente, conté quince locales vacíos.
El hermano de Steavie tenía 59 años, medía 1,70 y había nacido en Selma. Tenía puesta una gorra azul de béisbol con “Obama” impreso en la visera y, bajo una campera de franela a cuadros, llevaba un buzo con capucha gris, jeans y botas de cuero marrones. Al hablar, mostraba una amplia sonrisa que alargaba el delgado bigote de su labio superior.
“Soy Ricky Brown”, dijo finalmente, como dispuesto a ser sincero. “Cuando fue el Domingo Sangriento, tenía 9 años. Mi madre estaba demasiado asustada para dejarme ir a la marcha, aunque a mi hermana mayor, que tenía 15, le permitieron ir. Cuando la policía del estado y la partida del sheriff Jim Clark empezaron a pegarles a todos cerca del puente, no oí el ruido porque vivíamos en el complejo de monobloques Carver, frente a la Capilla Brown, donde había predicado Martin Luther King y se había iniciado la marcha”.
“Pero más tarde, oí que mi hermana volvía corriendo a casa y gritaba porque le habían tirado gases lacrimógenos. Y después irrumpió en nuestro barrio la partida de Clark, golpeando a la gente con garrotes, derribando a todo el que podían alcanzar”.
“Yo miraba desde el primer piso del lugar donde vivíamos y tenía un rifle de aire comprimido con el que les disparaba a los caballos de la partida. Creo que disparé cuatro tiros y les di a muchos caballos en el traste. Entonces uno de los hombres de la partida me ve y le grita a un compañero: ‘Esos negros de mierda le están tirando a mi caballo con un rifle de aire comprimido’. ‘¿Cuál de ellos?’ le pregunta el otro. ‘No sé, carajo. Estos negros son todos iguales’”.
Desde allí, un largo viaje llevó a Brown a Detroit, donde consiguió trabajo en una fábrica de cajas de cambio y ejes de Chevrolet hasta que la dirección de la empresa decidió que los robots podían hacer mejor el trabajo y luego tuvo un puesto de muchos años como techista sindicalizado. Ahora ha regresado a Selma. “Espero que las plantas que pusimos por acá esta semana hagan que todo se vea un poquito más lindo para los que, como usted, vinieron al Jubileo”, señaló.
Había estado en Selma docenas de veces desde 1950, durante mi segundo año como estudiante de periodismo en la Universidad de Alabama. Había ido como periodista de The New York Times en 1965, cuando cubrí Domingo Sangriento y sus secuelas, escuché a unos blancos indignados escupir epítetos raciales al televisor en el Selma Country Club y pasé algunas horas con Clark en el departamento que tenía sobre la cárcel, donde conté sus 88 camisas talle 43.
Volví en 1990 para informar sobre el 25° aniversario del Domingo Sangriento y la sanción de la Ley de Derecho de Voto. En la conmemoración hubo de todo, desde máquinas de humo en el puente para simular el gas lacrimógeno a grabaciones de gritos de dolor que recordaban las golpizas de Clark en 1965. Y volví otra vez a un lugar del que parecería que, como le ocurre a Ricky Brown, ninguno de nosotros puede escapar del todo.
Selma toma su nombre de “La canción de Selma” de Ossian, que, según se decía, era una traducción del siglo XVIII de un ciclo épico de poemas escoceses de comienzos de la Edad Oscura pero que en realidad era una mezcla grumosa de leyenda y folclore que luego se consideró un fraude. Hoy Selma es un lugar del que se espera más peso simbólico del que puede cargar cualquier pequeña ciudad.
Sin duda, la historia de los derechos civiles –la historia estadounidense– se escribió aquí. Yo crecí en Ocean City, Nueva Jersey, un centro turístico isleño política y socialmente conservador fundado en el siglo XIX por ministros metodistas. Aunque en mi ciudad natal los estudiantes negros iban a la escuela con los blancos, por lo demás era una comunidad en gran medida segregada. En el Village Theater del paseo marítimo, los estudiantes negros y los negros de cualquier edad se sentaban en la platea alta, mientras que los blancos se agrupaban abajo, en la platea. Recuerdo haber visto personas del Klan con capuchas blancas reunidas en los campings, a pocas cuadras del distrito comercial, donde mi padre católico nacido en Italia tenía y atendía una sastrería. Cuando formé parte del campus exclusivamente blanco de la Universidad de Alabama en 1949, no vi nada muy distinto de lo que había visto en Nueva Jersey.
En junio de 1963, como periodista de The Times, tuve una entrevista en Nueva York con el gobernador de Alabama, George C. Wallace. Se alojaba en una gran suite del hotel Pierre de la Quinta Avenida. La entrevista iba bien pero Wallace de pronto se levantó de la silla, me tomó del brazo y me condujo a una de las ventanas que daban al Central Park y la hilera de edificios costosos que bordean la Quinta Avenida. “Aquí tenemos la ciudadela de la hipocresía en los EE.UU.”, dijo, señalando la calle y declarando que difícilmente un negro, incluso el que podía pagarlo, podría tener la esperanza de compartir espacio con los blancos en este barrio, o en los alrededores, debido a la segregación inmobiliaria en Nueva York y otras ciudades del norte. Y, sin embargo, continuó, ¡bajan al sur y echan sermones sobre la igualdad de derechos!
Cité muchos de sus comentarios en el diario, pero me fui de la entrevista sin mencionarle a Wallace que yo mismo vivía en un departamento a pocas cuadras del Pierre y no tenía entonces, como tampoco lo tengo hoy, un vecino afroamericano en mi cuadra.
Del mismo modo, la historia de Selma no se presta a un argumento lineal. En 1990, asistí al casamiento interracial de una mujer rubia y de ojos azules de 38 años llamada Betty Ramsey con Randall Miller un hombre negro de 51, dueño de una próspera casa de sepelios que trabajaba mayoritariamente con negros. En aquel momento, también tenía el cargo de director de personal de Selma en el gobierno del imperecedero alcalde blanco de la ciudad, Joseph T. Smitherman, que había tenido ese título en 1965 y cuyo trato simple y comprensivo convenció a una serie de votantes negros de ayudar a mantenerlo en el cargo durante 35 años.
Randall y Betty Miller viven en una casa de ladrillo de ocho habitaciones y un espacioso patio rodeado de casi dos hectáreas de un cuidado césped que parece un campo de golf. Randall, como es típico de los individuos ricos ya sean blancos o negros, reconoce de mala gana que es millonario.
También es uno de los hombres negros con más movilidad social de Selma. Se lleva bien con políticos locales como George P. Evans, el alcalde negro que reemplazó al alcalde negro que reemplazó a Joe Smitherman, que murió en 2005. También es amigo de figuras del establishment blanco como Joseph Knight, de 82 años, cuyo abuelo fue alcalde de Selma durante la Guerra Civil; el banquero dueño de una mansión Catesby Jones, cuyo bisabuelo fue un renombrado oficial naval confederado; el abogado Leopold Blum Babin, quien, como judío, lamenta la partida de tantos importantes comerciantes judíos de Selma (la sinagoga carece de un rabino tiempo completo); y el presidente del Centro del Comercio de Selma y el Condado de Dallas, Wayne Vardaman, que quisiera que la ciudad supiera cómo mejorar su imagen, que ahora parece eternamente ligada a los hechos de 1965.
“Memphis no festeja el asesinato a tiros” del reverendo Martin Luther King Jr., dijo Vardaman, “pero Selma festeja el Domingo Sangriento”.
Es un estribillo común en un lugar donde la gente quiere dejar el pasado atrás pero a menudo no sabe cómo. El sheriff del condado de Dallas, Harris Huffman, es un afable oficial blanco de 61 años con cabello gris y barba candado. Le preocupa que demasiados vecinos, blancos y negros, sigan anclados en el pasado. “Trato a los demás como quiero que me traten a mí”, dijo. Pero agregó: “En Selma hay personas que viven en 1960 y otras, en 1860”.
Aun en 2015, puede ser difícil decir en qué año estamos. El Selma Country Club, donde vi a los socios bufar frente al televisor en 1965, todavía no tiene socios negros. La Selma High School, que tenía un tercio de alumnos blancos en el 25° aniversario, ahora sólo tiene estudiantes negros. Hay un afiche de la película Selma en la recepción, pero el Walton Theater de Selma está cerrado.
Desde que el filme presentó muchas vistas panorámicas del Puente Edmund Pettus, algunas en el esplendor de la sangre y otras en un sereno reposo digno de un folleto turístico, la ciudad últimamente se ha visto invadida por multitudes de narcisistas con cámaras que pasan largo tiempo en el puente tomando selfies. Su número creció enormemente días atrás, cuando el presidente y miles de visitantes de fuera de la ciudad, negros y blancos, ocuparon cada metro de la autopista para tener la posibilidad de volver a experimentar la historia.
Pero lo que se ve en Selma, al igual que en la mayoría de los lugares de los EE.UU., es un proceso que aún se desarrolla con dolor. El cabeza de turco más conspicuo de Selma es Rose Sanders, una abogada graduada en Harvard que desde hace mucho es la cara del movimiento por los derechos civiles de la ciudad en su forma actual.
La mayoría de los blancos de Selma la acusaron de destruir el sistema de educación pública e instigar la huida de los blancos hacia las escuelas privadas debido a una campaña que encabezó en los años 90 y que incluyó sentadas en la Selma High School y boicots a las empresas blancas luego de que la junta escolar con mayoría blanca se negó a devolverle su puesto al primer portero negro del distrito. Esto se tradujo en discusiones y acritud entre los padres de ambas razas, y el malestar continúa sin tregua desde hace décadas.
“No me pueden culpar de la huida de los blancos”, dijo Sanders. “Echenle la culpa a los racistas”. La abogada ha tratado de sacarse de encima su “nombre de esclava” para cambiarlo por Faya Rose Touré, y hace poco dedicó mucho tiempo a tocar el piano para ayudar a un grupo musical afroamericano a ensayar para un concierto que se dio en presencia de Obama.
Es difícil mirar a Selma y no pedir más. La población –de 28.400 habitantes y aproximadamente mitad negra en 1960– hoy llega a poco menos de 20.000 y es 80 por ciento negra. El índice de desempleo supera el 10 por ciento, casi el doble del promedio del estado. El telón de fondo del Jubileo de este año, con la anulación de partes de la Ley de Derecho de Voto después de un fallo de 2013 de la Corte Suprema de los EE.UU., en algunos aspectos no podría ser más sombrío.
Y, sin embargo, la vida avanza y retrocede a su manera. Los Miller recuerdan con asombro el mundo de hace sólo 25 años, cuando Betty pensaba que ni las mujeres blancas ni las negras la aceptarían y Randall de pronto recordó a Emmett Till, “a quien lo golpearon y le sacaron un ojo y lo tiraron al río Tallahatchie porque había mirado a una mujer blanca”. De algún modo, han prosperado pese a todo.
Luego, recorrimos el patio y el jardín que rodea su propiedad. Un fotógrafo tomó una serie de fotografías que espero imprimir y regalarles para sus bodas de plata.
En algunas de las fotos, Randall está abrazando a Betty y dándole un tierno beso. Por un momento, se detuvo a pensar. “Sabe”, me dijo, “si le hubiese hecho esto a una mujer blanca aquí hace cincuenta años, me podrían haber linchado”.
© The New York Times.
Traducción: Elisa Carnelli

lunes, 16 de marzo de 2015

Noam Chomsky ve a la humanidad al borde del precipicio

Habló en el Foro Internacional por la Emancipación y la Igualdad. El intelectual estadounidense criticó a su país y dijo que la sociedad de mercado lleva a la destrucción

Noam Chomsky, teórico y activista estadounidense. /revista Ñ.
Una poderosa crítica contra el capitalismo actual y contra las políticas exteriores de su propio país, los Estados Unidos, sumado al hecho de ser una de las figuras más destacadas de la lingüística del siglo XX, han sido los rasgos distintivos de Noam Chomsky, catedrático de Lingüística del Instituto Tecnológico de Massachussetts (Cambridge, EEUU), que ayer se presentó como la primera figura del "Foro Internacional por la Emancipación y la Igualdad", en el Teatro Nacional Cervantes. Son tres días de conferencias y paneles organizados por la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional.
Chomsky subió al estrado unos veinte minutos después de que en la sala se cantara -algunos de pie y brazo en alto- la marcha peronista. El lingüista sobre todo repasó la historia e incluso trajo al presente la amenaza, clásica de la Guerra Fría y los años 70, del desenlace nuclear. Y se privó escrupulosamente de tallar en las polémicas regionales y locales. El intelectual sólo brindó entrevistas a la TV pública y a la agencia Télam, a pesar de los muchos pedidos de otros medios.
Eran las cuatro de la tarde y el evento recién comenzaba, pero en el teatro ya no cabía ni un alfiler. En la calle, la gente que esperaba poder entrar daba la vuelta a la cuadra pero la fila había comenzado a las 11 de la mañana, para conseguir uno de los 800 lugares prometidos para el público general. Un dato: la audiencia -adentro y afuera- era especialmente joven. En la plaza Lavalle, una pantalla gigante aseguraba que nadie se quedaría sin escuchar a los conferenciantes. Frente a esas pantallas hubo algunas decenas de personas.
Noam Chomsky, ícono de la izquierda latinoamericana y de la disidencia estadounidense, subió al escenario y estallaron los aplausos. Comenzó recordando que ya pasaron 70 años desde el fin de la “guerra más cruenta de la humanidad”, la Segunda Guerra Mundial, y lo hizo para explicar el mundo actual, resultado -dijo- de un plan de los Estados Unidos, a partir de 1945, para establecer un esquema mundial acorde a sus propios intereses. Y siguió: “había que destruir la resistencia antifascista, que tenía un peligroso compromiso con la izquierda, y definir para Europa un sistema capitalista dominado por las corporaciones estadounidenses”.
Haciendo historia, dijo que el plan de los Estados Unidos para América Latina no era otro que acabar con las agrupaciones regionales: “el nacionalismo económico debía ser eliminado”. En este punto, recordó una ya famosa frase de Bill Clinton: “los Estados Unidos tienen derecho a usar la fuerza militar para asegurar el acceso irrestricto a los mercados clave y a los recursos energéticos”.
Tras el repaso, Chomsky aseguró que este orden establecido tras la contienda, en el que los Estados Unidos se imponían como “dueños del mundo”, llegó a su fin. “El país está ahora en una fase de decadencia final”, lanzó, “los salarios están hoy al nivel de 1968”.
Habló también de la crisis económica mundial, de los rescates a los bancos europeos, de las “desastrosas políticas de austeridad” y de la aceleración del “ataque neoliberal”, que “se convirtió en un ataque a los derechos humanos y las democracias”.
“Todos los que tenemos los ojos abiertos vemos que la especie humana está al borde del precipicio”, dijo al acercarse el fin de su charla, “las dos amenazas más graves son la guerra nuclear y la catástrofe ambiental”, aseguró. “Es un milagro que hasta ahora, hayamos evitado la destrucción, pero esto era lo esperable en la lógica de las sociedades de mercado”.

viernes, 13 de marzo de 2015

Naomi Klein acusa al capitalismo de destrozar el clima

La escritora y activista presentará su próximo libro en Barcelona el 27 de marzo en el CCCB 

Naomi Klein, activista y escritora./ Àlex Garcia./lavanguardia.com

Para luchar contra el cambio climático, hay luchar contra la actual forma de capitalismo. Es la tesis de la última obra de Naomi Klein, Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima (Paidós), que se presentará el 27 de marzo en el CCCB de Barcelona (http://bit.ly/1CbvSWI). 
La autora es considerada como una de las ideólogas del movimiento altermundista y en contra la globalización. Su libro “No logo” se convirtió rápidamente en el manifiesto de una corriente crítica contra el capitalismo salvaje. Y su otro título, “La doctrina del shock”, fue número uno internacional en ventas.
Con este último trabajo, una investigación laboriosa y documentada de 700 páginas, Klein vuelve a acusar al actual sistema económico, por no querer impulsar las reformas necesarias a evitar la catástrofe del planeta: el calentamiento de la atmósfera. “No hemos hecho las cosas necesarias para reducir las emisiones porque todas estas cosas entran en un conflicto de base con el capitalismo desregulado. Estamos atascados porque las acciones que nos ofrecerían las mejores posibilidades de eludir la catástrofe son sumamente amenazadoras para un élite minoritaria que mantiene un particular dominio sobre nuestra economía”, escribe.
Klein cita una multitud de fuentes que demuestran como la situación de deterioro del planeta, con el aprovechamiento excesivo de los recursos naturales y el consumo de combustibles fósiles está teniendo un impacto devastador sobre el clima. Y cada vez la situación va a peor: en la década de 1990 las emisiones globales crecían a un ritmo del 1% anual. Con la entrada del nuevo milenio, con mercados como el de China integrados en la economía mundial, el ritmo de aumento anual alcanzó el 3,4% durante buena parte de la primera década del siglo XXI.
Las dos señas de identidad de este fenómeno han sido por un lado “la exportación masiva de productos a larguísimas distancias, quemando carbono sin piedad” y por el otro “la importación en todos los rincones del mundo de un modelo de producción, consumo y agricultura despilfarrador”.
El reto, según Klein, es de gran magnitud. En la última cumbre del clima de Copenhague (Dinamarca) los gobiernos de los países más contaminantes firmaron un acuerdo no vinculante por el que se comprometían a impedir que las temperaturas aumentaran más de 2ºC por encima del nivel en el que se encontraban antes de que empezáramos a propulsar nuestras economías con la energía del carbón
Pues bien, para cumplir con los límites, los países ricos deberían recortar las emisiones en torno a un 8-10%, “lo que es sencillamente imposible para un mercado libre. De hecho el nivel de disminución de las emisiones sólo se ha producido en el contexto de algún colapso económico o de depresiones muy profundas”, señala Klein.
¿Qué hacer? La autora cree la del cambio climático “es una batalla entre el capitalismo y el planeta. Y ahora mismo el capitalismo la está ganando con holgura. Necesitamos un modelo económico totalmente nuevo. Necesitamos evolucionar”.
La responsabilidad está en manos de la sociedad, en particular de todos aquellos movimientos de distinta índole e origen, que aspiran a cambios sociales. El problema es que hasta ahora sus reivindicaciones han caído en saco roto. Y Klein hace autocrítica. “Buena parte de la movilización contra el cambio climático perdió unas décadas preciosas tratando de cuadrar el círculo de la crisis del clima para que encajara en el molde que le marcaba el capitalismo desregulado, buscando una y otra vez vías que permitieran que el mercado mismo resolviera el problema”.
La autora cree que ha llegado la hora de dar un paso más, que supondrá el cuestionamiento de las estructuras económicas existentes.”Si la justicia climática se impone, los costes económicos para nuestras élites serán reales, no solo por el carbono que se deje en el subsuelo sin extraer, sino también por las regulaciones, los impuestos y las políticas sociales que habrá que aplicar para emprender la transformación necesaria. Estas nuevas contribuciones exigidas a los ultrarricos podrán suponer, en la práctica, el fin de la era de los oligarcas de Davos”.
Klein que el momento es propicio para actuar, porque “la ideología del libre mercado ha quedado desacreditada tras décadas de desigualdad y corrupción crecientes, que le han restado buena parte de su anterior poder persuasivo”.
Se trata, en sus palabras, de poner en marcha un nuevo Plan Marshall sobre el clima. “Podemos transformar nuestra economía para que sea menos intensiva en recursos, potenciar la expansión y la creación de empleo en los sectores bajos en carbono y la contracción de aquellos sectores “altos en carbono”.
¿Quién debe liderar este proceso? Naomi Klein invoca una “resistencia masiva”, en manos a distintos movimientos, que, a su vez, tienen su origen en reivindicaciones antiguas, como ya ocurrió con el apartheid, el movimiento feminista, la lucha para los derechos homosexuales, los movimientos de la soberanía indígena.
En sus páginas finales, la autora llega a comparar la próxima revolución sobre el clima como la lucha que se llevó, siglos atrás, para la abolición de la esclavitud. “La dependencia que la economía estadounidense tenía de la mano de obra esclava, especialmente en los estados sureños, sí es comparable con la dependencia de los combustibles fósiles que evidencia la economía global moderna”.
El libro gustará a los lectores dotados de con espíritu reivindicativo y aquellos más sensibles a temas medioambientales. En cambio, al hombre de Davos que circula con el todoterreno a todo gas por la nieve es posible no le entusiasme demasiado y que opte por pegarse un baño en su Jacuzzi caliente.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Instrucciones para no caer en el conformismo

Errata Naturae reedita  La escultura de sí, de Michel Onfray, donde el pensador francés apuesta por una ética que escape de la renuncia y la culpa

 Michel Onfray, en una imagen reciente.Charly Triballeu./lavanguardia.com
Portada de La escultura de sí.  Errata Naturae.

Errata Naturae ha recuperado, y mejorado, uno de sus primeros libros publicados. La escultura de sí es uno de los títulos más conocidos del pensador francés Michel Onfray, en el que intenta desarrollar una nueva ética que escape de la renuncia y la culpa, y que al mismo tiempo se articule como una estética. Ante el conformismo contemporáneo; identidad propia y afirmación radical de la vida.
Onfray, acudiendo a Nietzsche (“Sé amo y escultor de ti mismo”), propondrá la edificación de un yo insumiso e inconformista. Para ello viaja a Viena y busca un modelo que le sirva de arquetipo. Un modelo, nos advierte, que no es un corsé, “sino que invita a encontrar el camino propio”. Y lo halla en la Piazza San Zanipollo, en una estatua ecuestre de Andrea del Verrocchio que representa el Condotiero Bartolomeo Colleoni.

Hacia la “bella individualidad”

El Condotiero, un emblema del Renacimiento, simboliza para Onfray la elegancia, la energía, la virtuosidad y, en definitiva, lo que el pensador francés llama “bella individualidad”. No le interesa al autor su definición histórica sino su figura, que escapa de la moral cristiana. En el Condotiero encontramos las prácticas subversivas de los antiguos cínicos: creadores de sus propios valores, una misma exigencia de estilo y virtud, y un temperamento entre libertario y aristócrata.
Es la escultura que va esculpiendo Onfray un equilibrio entre la exuberancia de Dionisio y la forma de Apolo: “Destaca en el arte, en cierto modo alquímico, de transformar energía inútil en una fuerza que dispone de un objeto: uno mismo”. La fuerza, apunta el autor, es lo contrario a la violencia.
El libro es, pues, un distanciamiento con aquellos que “se creen ateos y que, sin embargo, continúan sacrificándose por los ídolos, los dogmas y los dictados de los social”. El objetivo es conservar la independencia de espíritu y fomentar la excepción. “Hay que dejar de creer que podemos volver bueno aquello que se dirige a la mediocridad”, insistirá Michel Onfray. La respuesta es la constitución de una personalidad creativa.

Una estética de las pasiones

Esa bella individualidad no puede confundirse con el “narcisismo vulgar”, el individualismo materialista, que “se ciega a sí mismo después de haber encontrado su propia mirada”. Lo que busca el Condotiero –convertido ya en modelo ético y estético de Onfray- es el reflejo de sus potencias: las fracturas, los puentes, los abismos de la geografía de uno mismo. La masa quiere el mimetismo, la copia, la servidumbre voluntaria, lo idéntico. El olvido de sí.
El yo inconformista que defiende Onfray quiere acabar con “esa barbarie que consiste en erradicar las pasiones”. Una ética afirmativa es, entonces, aquella que presta atención al goce propio al mismo tiempo que al del otro. El hedonismo es dinámico y, por lo tanto, escapa del egoísmo. La moral ha idealizado lo ascético, el acabar deseando no desear más, realizando así un elogio de la extinción. Por ello es necesaria una patética (una estética de las pasiones), nos dice el autor, para preferir el Eros al Tánatos.
Hemos de recuperar la voluntad de goce, concluye Michel Onfray, “allí donde normalmente triunfan el resentimiento y el ardor por apagar la energía”.

martes, 10 de marzo de 2015

Vivir en estado de vigilancia permanente

Big data. La digitalización global de datos ubica a todos los ciudadanos en el papel de espiados tanto por los estados que dicen luchar contra el terrorismo como por quienes buscan más consumidores

El Estado nos vigila y el Capital nos vende, o sea vende nuestra vida transformada en datos./revista Ñ.

El 97% de la información del planeta está digitalizada. Y la mayor parte de esta información la producimos nosotros, mediante Internet y redes de comunicación inalámbrica. Al comunicarnos transformamos buena parte de nuestras vidas en registro digital. Y por tanto comunicable y accesible mediante interconexión de archivos de redes. Con una identificación individual. Un código de barras. El DNI. Que conecta con nuestras tarjetas de crédito, nuestra tarjeta sanitaria, nuestra cuenta bancaria, nuestro historial personal y profesional –incluido domicilio–, nuestras computadoras –cada uno con su número de código–, nuestro correo electrónico –requerido por bancos y empresas de Internet–, nuestro permiso de conducir, la matrícula del coche, los viajes que hemos hecho, nuestros hábitos de consumo –detectados por las compras con tarjeta o por Internet–, nuestros hábitos de lectura y música –gentileza de las webs que frecuentamos–, nuestra presencia en los medios sociales –como Facebook, Instagram, YouTube, Flickr o Twitter y tantos otros–, nuestras búsquedas en Google o Yahoo y un largo etcétera digital. Y todo ello referido a una persona; usted, por ejemplo. Sin embargo se supone que las identidades individuales están protegidas legalmente y que los datos de cada uno son privados. Hasta que no lo son. Y esas excepciones, que de hecho son la regla, se refieren a la relación con las dos instituciones centrales en nuestra sociedad: el Estado y el Capital.
En ese mundo digitalizado y conectado, el Estado nos vigila y el Capital nos vende, o sea vende nuestra vida transformada en datos. Nos vigilan por nuestro bien, para protegernos de los malos. Y nos venden con nuestro acuerdo de aceptar cookies y de confiar en los bancos que nos permiten vivir a crédito (y, por tanto, tienen derecho a saber a quién le dan tarjeta). Los dos procesos, la vigilancia electrónica masiva y la venta de datos personales como modelo de negocio, se han ampliado exponencialmente en la última década por efecto de la paranoia de la seguridad, la búsqueda de formas para hacer Internet rentable y el desarrollo tecnológico de la comunicación digital y el tratamiento de datos.
Las revelaciones de Snowden sobre las prácticas de espionaje masivo del mundo entero (con escasa protección judicial o simplemente ilegales) han expuesto una sociedad en la que nadie puede escapar a la vigilancia del Gran Hermano, ni Merkel. No siempre ha sido así porque no estábamos digitalizados y no existían tecnologías suficientemente potentes para obtener, relacionar y procesar esa inmensa masa de información. La emergencia del llamado big data, gigantescas bases de datos en formatos comunicables y accesibles (como el inmenso archivo de la NSA en Bluffdale, Utah) ha resultado del reforzamiento de los servicios de inteligencia tras el bárbaro ataque a Nueva York así como de la cooperación entre grandes empresas tecnológicas y gobiernos, en particular con la Agencia de Seguridad Nacional de EE.UU. (que forma parte del Ministerio de Defensa, pero que goza de amplia autonomía).
El director de la NSA, Michael Hayden, declaró que para identificar una aguja en un pajar (el terrorista en la comunicación mundial) necesitaba controlar todo el pajar, y eso es lo que acabó consiguiendo, según su criterio, con una flexible cobertura legal. Aunque Estados Unidos es el centro del sistema de vigilancia, los documentos de Snowden muestran la activa cooperación con las agencias especializadas de vigilancia del Reino Unido, de Alemania, de Francia y de cualquier país, con la excepción parcial de Rusia y China, salvo en momentos de convergencia. En España, tras la escandalosa revelación de que la NSA había interceptado 60 millones de llamadas, Snowden apuntó que en realidad lo había hecho el CNI por cuenta de la NSA. Siguiendo la política de Aznar que dio a Bush permiso ilimitado para espiar en España a cambio de material avanzado de vigilancia. Y vigilaron a cualquiera que estuviera compartiendo información. Pero fueron las empresas tecnológicas las que desarrollaron las tecnologías de punta para el Pentágono. Y fueron empresas telefónicas y de Internet las que entregaron datos de sus clientes. Sólo se enfadaron cuando supieron que la NSA los espiaba sin su permiso. Facebook, Google y Apple protestaron y encriptaron parte de sus comunicaciones internas. Porque en realidad esa es una posible defensa de la privacidad: comunicación encriptada facilitada a los usuarios. Sin embargo, no se difunde porque contradice el modelo de negocio de las empresas de Internet: la recolección y venta de datos para la publicidad enfocada (que constituye el 91% de las ganancias de Google).
Aunque la vigilancia incontrolada del Estado es una amenaza para la democracia, la erosión de la privacidad proviene esencialmente de la práctica de las empresas de comunicación de obtener datos de sus clientes, agregarlos y venderlos. Nos venden como datos. Sin problema legal. Lea la política de privacidad que publica Google: el buscador se otorga el derecho de registrar el nombre del usuario, el correo electrónico, número de teléfono, tarjeta de crédito, hábitos de búsqueda, peticiones de búsqueda, identificación de computadoras y teléfonos, duración de llamadas, localización, usos y datos de las aplicaciones. Aparte de eso, se respeta la privacidad. Por eso Google dispone de casi un millón de servidores para procesamiento de datos.
¿Cómo evitar ser vigilado o vendido? Los criptoanarquistas confían en la tecnología. Vano empeño para la gente normal. Los abogados, en la justicia. Ardua y lenta batalla. Los políticos, encantados de saberlo todo, excepto lo suyo. ¿Y el individuo? Tal vez cambiar por su cuenta: no utilice tarjetas de crédito, comunique en cibercafés, llame desde teléfonos públicos, vaya al cine y a conciertos en lugar de descargarse pelis o música. Y si esto es muy pesado, venda sus datos, como proponen pequeñas empresas que ahora proliferan en Silicon Valley.
© La Vanguardia
*Manuel Castells es sociólogo, profesor y escritor. Es autor de la trilogía: “La Era de la Información”.

miércoles, 25 de febrero de 2015

La desigualdad, en el ojo de la tormenta

Con la publicación de El capital en el siglo XXI, Thomas Piketty se convirtió en una estrella global del pensamiento económico. Aquí se anticipan algunos fragmentos de su muy esperado próximo libro, La economía de las desigualdades


El dispositivo urbano de las grandes ciudades, sobre todo en América Latina, exhibe contrastes obscenos. / Santiago Filipuzzi./adncultura.com

La cuestión de la desigualdad y la redistribución está en el centro del conflicto político. A grandes rasgos, podemos decir que tradicionalmente el conflicto central opone dos vertientes.
Por un lado, la posición liberal de derecha nos dice que sólo las fuerzas de mercado, la iniciativa individual y el crecimiento de la productividad permiten mejorar en el largo plazo los ingresos y las condiciones de vida -en especial, de los menos favorecidos-, y que por lo tanto la acción pública de redistribución, además de ser moderada, debe limitarse a herramientas que interfieran lo menos posible con ese mecanismo virtuoso; por ejemplo, el sistema integrado de retenciones y transferencias (impuesto negativo) de Milton Friedman (1962).
Por otra parte, la posición tradicional de izquierda, heredada de los teóricos socialistas decimonónicos y de la práctica sindical, nos dice que sólo las luchas sociales y políticas pueden aliviar la indigencia de los más necesitados producida por el sistema capitalista, y que la política pública de redistribución, por el contrario, debe llegar hasta la médula del proceso de producción para cuestionar la manera en que las fuerzas de mercado determinan tanto las ganancias apropiadas por los poseedores del capital como las desigualdades entre asalariados, por ejemplo, nacionalizando los medios de producción o fijando escalas salariales, y no debe limitarse a establecer impuestos que financien transferencias fiscales.

En principio, este conflicto derecha

izquierda muestra que los desacuerdos sobre la forma concreta y la oportunidad de una política pública de redistribución no se deben necesariamente a principios contradictorios de justicia social, sino antes bien a análisis contradictorios acerca de los mecanismos económicos y sociales que producen las desigualdades. De hecho, hay cierto consenso en cuanto a varios principios fundamentales de justicia social: si la desigualdad se debe, al menos en parte, a factores que los individuos no controlan, como la desigualdad de las dotaciones iniciales legadas por la familia o la buena fortuna, acerca de lo cual los individuos no son responsables, entonces es justo que el Estado trate de mejorar de la manera más eficaz la suerte de las personas menos favorecidas; es decir, de aquellas que tuvieron que lidiar con los factores no controlables menos propicios. Las teorías modernas de la justicia social expresan esta idea como "regla maximin": la sociedad justa debe maximizar las mínimas oportunidades y condiciones de vida ofrecidas por el sistema social. Este principio fue introducido formalmente por Serge Christophe Kolm (1971) y John Rawls (1972), pero lo encontramos en formas más o menos explícitas muy anteriores, como la noción tradicional según la cual a todos se les debe garantizar derechos iguales de la manera más extensa, noción ampliamente aceptada en un nivel teórico. El verdadero conflicto se refiere a la manera más eficaz de hacer progresar en verdad las condiciones de vida de los menos favorecidos y a la extensión de los derechos que se pueden conceder a todos, más que a los principios abstractos de justicia social.
Así, sólo un análisis minucioso de los mecanismos socioeconómicos que producen la desigualdad podría otorgar su cuota de verdad a estas dos visiones extremas de la redistribución, y así tal vez sumar un aporte para implementar una redistribución más justa y eficaz. El objetivo de este libro es presentar el estado actual de los conocimientos que permiten avanzar en esta dirección.

El ejemplo de este conflicto izquierda

derecha muestra en especial la importancia de la oposición entre distintos tipos de redistribución, diferentes herramientas de la redistribución. ¿Hay que dejar que el mercado y su sistema de precios operen libremente, y conformarse con redistribuir mediante impuestos o transferencias fiscales? ¿O hay que intentar modificar en forma estructural el modo en que las fuerzas de mercado producen la desigualdad? En el lenguaje de los economistas, esta oposición corresponde a la diferencia entre redistribución pura y redistribución eficaz. La primera se adapta a las situaciones en que el equilibrio de mercado es eficaz, sí, en el sentido de Pareto; es decir, cuando es imposible reorganizar la producción y la asignación de los recursos de manera en que todo el mundo gane, pero a la vez las consideraciones de pura justicia social requieren una redistribución desde los individuos más favorecidos hacia los que lo son menos. La segunda corresponde a las situaciones en que imperfecciones del mercado requieren intervenciones directas en el proceso de producción, que simultáneamente permiten mejorar la eficacia paretiana de la asignación de los recursos y la equidad de su redistribución.
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Evolución histórica de la desigualdad

Para Marx y los teóricos socialistas del siglo XIX, aunque no cuantificaban la desigualdad de esta misma manera, la respuesta no dejaba lugar a dudas: la lógica del sistema capitalista es amplificar incesantemente la desigualdad entre dos clases sociales opuestas, capitalistas y proletarios, tanto en el interior de los países industrializados como entre países ricos y pobres. Estas predicciones pronto fueron discutidas en el seno mismo de la corriente socialista. La tesis de la proletarización no se sostiene, escribe Eduard Bernstein a partir de la década de 1890, ya que, por el contrario, se observa que la estructura social se diversifica y que la riqueza se difunde en capas de la sociedad cada vez más amplias.
Sin embargo, sólo después de la Segunda Guerra Mundial se pudo medir cabalmente que la desigualdad de los salarios e ingresos había disminuido en los países occidentales desde el siglo XIX, luego de lo cual se formularon nuevas predicciones. La más conocida fue la de Simon Kuznets (1955): según planteaba, la desigualdad debería dibujar una curva a lo largo del proceso de desarrollo, con una primera fase de desigualdades crecientes durante la industrialización y urbanización de las sociedades agrícolas tradicionales, seguida por una segunda fase de estabilización, luego de disminución sustancial de las desigualdades. Este movimiento de alza de las desigualdades en el siglo XIX, luego de baja desde la segunda mitad del siglo XIX fue especialmente bien estudiada en el caso del Reino Unido (Williamson, 1985) y de Estados Unidos (Williamson y Lindert, 1980). En este último país, se observa, por ejemplo, que la parte del patrimonio total poseído por el 10% más rico pasó de alrededor del 59% hacia 1770 a un máximo que rondaría entre el 70 y el 80% hacia finales del siglo XIX, antes de alcanzar en 1970 un nivel cercano al 50% típico de la desigualdad contemporánea de los patrimonios. Las fuentes disponibles sugieren que el mismo tipo de fenómeno ocurrió en todos los países occidentales.
Sin embargo, las investigaciones más recientes realizadas sobre Francia y Estados Unidos (Piketty, 2001, Piketty y Saez, 2003, Landais, 2007) muestran que bajo ningún aspecto esta fuerte disminución de las desigualdades observadas durante el transcurso del siglo XX es consecuencia de un proceso económico "natural". Esta reducción de las desigualdades atañe únicamente a la desigualdad de los patrimonios (la jerarquía de los salarios no presenta tendencia alguna a la baja sobre un período largo), y en lo esencial se debe a los sucesos que durante el período 1914-1945 sobresaltaron a los poseedores de patrimonios (guerras, inflación, crisis de la década de 1930). La concentración de las fortunas y ganancias de capital nunca recuperó el nivel astronómico que tuvo en vísperas de la Primera Guerra Mundial. La explicación más verosímil pone en juego la revolución fiscal que marcó el siglo XX.
En efecto, el impacto del impuesto progresivo sobre las ganancias (creado en 1914) y del impuesto progresivo sobre las sucesiones (creado en 1901) en la acumulación y la reconstrucción de patrimonios importantes parece haber previsto el retorno a la sociedad de rentistas del siglo XIX. Si las sociedades contemporáneas se convirtieron en sociedades de ejecutivos -es decir, sociedades en que lo alto de la distribución está dominado por personas que viven principalmente del ingreso de sus trabajos (y ya no principalmente de la renta de un capital acumulado en el pasado)- es ante todo por estas circunstancias históricas e instituciones particulares. Lejos de ser el fin de la historia, la ley de Kuznets es producto de una historia específica y reversible.
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Desigualdad de los salarios y desigualdad del capital humano

La teoría más simple para explicar la desigualdad de los salarios es que distintos asalariados hacen aportes diferentes a la producción de su empresa: el programador informático que consigue que la compañía digitalice la base de datos de sus clientes y pueda gestionarlos de manera más rápida y confiable produce más dinero a su empleador que el oficinista que se encarga de determinado número diario de expedientes; por ese motivo la empresa paga un salario más elevado al programador informático, sin lo cual lo contratarían otras empresas. La hostilidad que tantas veces se ha encontrado en la teoría del capital humano se explica sin duda por el hecho de que cuando alguien decreta que el salario del programador informático es más elevado que el del oficinista porque su capital humano y, por lo tanto, su productividad son más elevados, a menudo se lo sospecha de sugerir que esta desigualdad de capital humano mide en forma mecánica una desigualdad irremediable e insuperable entre dos seres humanos, que justifica la desigualdad eventualmente considerable de las condiciones de vida que implica la desigualdad de esos salarios. Por otro lado, estas sospechas no son del todo ilegítimas, ya que fueron efectivamente Gary Becker y sus colegas de la Universidad de Chicago, conocidos por su liberalismo a ultranza, los que efectivamente desarrollaron y popularizaron esta teoría (Becker, 1964). Es verdad que estos economistas no se conforman con explicar la desigualdad de los salarios mediante la desigualdad de las productividades individuales: sobre todo, proponen una teoría de la formación y de los orígenes de la desigualdad del capital humano que lleva a rechazar cualquier intervención pública ambiciosa.
Sin embargo, es útil examinar por separado estas diferentes cuestiones, para discriminar el problema de la redistribución pura -en forma de transferencias de ingreso entre altos y bajos salarios-, del problema de la redistribución eficaz -en forma de intervenciones en el proceso de formación del capital humano-, según la distinción ya explicada en la Introducción. Así, comenzaremos por tomar como dato la desigualdad de los niveles de capital humano individuales. ¿Esta teoría de la desigualdad de los salarios como pura desigualdad de las productividades permite explicar de manera satisfactoria las desigualdades efectivamente observadas? ¿Qué implica respecto de la manera más eficaz de redistribuir la desigualdad de los niveles de vida engendrados por la desigualdad de los salarios? Después nos concentraremos en la formación del capital humano. ¿De dónde viene la desigualdad del capital humano y qué herramientas de distribución eficaces permiten modificarla?

El poder explicativo de la teoría del capital humano

En su forma más rudimentaria -pasando por alto la cuestión de los orígenes de esta desigualdad-, la teoría del capital humano dice simplemente que el trabajo no es una entidad homogénea, y que por muchas razones distintos individuos se caracterizan por distintos niveles de capital humano; es decir, por diferentes capacidades de contribuir con la producción de bienes y servicios solicitados por los consumidores. Dada esta distribución de la población en distintos niveles de capital humano (la oferta de trabajo) y la demanda para distintos tipos de bienes y de capital humano que permite producirlos (la demanda de trabajo), el juego de la oferta y la demanda determina los salarios asociados a distintos niveles de capital humano y, así, determina también la desigualdad de los salarios. Por lo tanto, el concepto de capital humano es muy general, ya que incluye las calificaciones propiamente dichas (títulos obtenidos, etc.), la experiencia y, en sentido más lato, todas las características individuales relevantes para la capacidad de integrarse en el proceso de producción de bienes y servicios demandados. ¿Esta teoría explica la desigualdad de los ingresos de capital efectivamente pagados por las empresas?

Las grandes desigualdades históricas

En este nivel de generalidad, la teoría del capital humano parece inevitable si se busca explicar las pronunciadas desigualdades de salario observables con la distancia de tiempo y espacio. Que el salario promedio en 1990 fuese diez veces superior a lo que era en 1870 en los países desarrollados sólo se explica por el progreso de las calificaciones y de las costumbres laborales, que permitió a los asalariados producir diez veces más en 1990 que en 1870. Por otro lado, ¿cuál podría ser la explicación alternativa, ya que hemos visto que la proporción de los salarios en el valor agregado de las empresas era la misma en 1990 que en 1870, y que en el largo plazo el aumento de los salarios no era consecuencia de un descenso de esta proporción de los beneficios. En el largo plazo, es indiscutible que el crecimiento de la productividad del trabajo permitió aumentar de manera tan notoria el poder adquisitivo de los asalariados.
Del mismo modo, hemos visto que si se busca explicar el hecho de que el poder adquisitivo promedio de los asalariados de los países subdesarrollados sea diez veces inferior a lo que es en los países desarrollados, la brecha de calificación entre los asalariados del Norte -cuya inmensa mayoría tiene estudios secundarios- y los asalariados del Sur -más del 50% todavía no está alfabetizado- debe ser determinante. Otros factores, como la imperfección del mercado de crédito, que priva a los asalariados del Sur de las inversiones suficientes, así como el cierre de las fronteras, que les impide aprovechar el elevado capital físico y humano del Norte, agravan un poco más aún esta desigualdad; sin embargo, eso no impide que, para dar cuenta de la desigualdad Norte
Sur de los salarios, despunte como factor explicativo fundamental la desigualdad considerable de la productividad del trabajo.

El incremento de las desigualdades desde 1970

¿El juego de la oferta y la demanda para diferentes niveles de capital humano también explica de manera satisfactoria el aumento general de la desigualdad salarial observada en varios países occidentales desde 1970 y, de modo más general, el incremento de las desigualdades frente al empleo?
La explicación propuesta por muchos observadores para dar cuenta de esta repentina escalada de las desigualdades salariales se inscribe en una visión de la evolución de la oferta y la demanda de capital humano en el largo plazo. Luego de una primera fase de incremento de las desigualdades salariales durante la primera Revolución Industrial, ligada a las crecientes necesidades de la industria en calificaciones y a una fuerte afluencia de mano de obra no calificada proveniente del campo, las desigualdades salariales comenzaron a decrecer en todos los países desarrollados desde el final del siglo XIX hasta los años setenta del siguiente. Esta fase de descenso de las desigualdades se explicaba por la considerable retracción de las brechas de calificaciones, en especial ante el rápido desarrollo de la formación y la educación de masas, y las elevadas necesidades de la industria de mano de obra de calificación media.
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¿Un cambio tecnológico sesgado?

A priori, esta teoría de la evolución larga de las desigualdades salariales en los países occidentales resulta bastante creíble, al menos en su formulación menos extrema. En Estados Unidos -el país alcanzado en primer lugar por estas transformaciones-, la desigualdad de los ingresos del trabajo se observa un aumento de las desigualdades salariales ligadas al nivel de calificación: desde 1980, hubo un notorio crecimiento en los efectos observables, en el salario promedio, de un año suplementario de estudios, un nivel de instrucción más elevado o una mayor duración de experiencia profesional. En el lenguaje de los economistas del trabajo, el "rendimiento" de la calificación había aumentado (Juhn y otros, 1993).
El problema es que, de ese aumento total de la desigualdad de los salarios, una parte esencial, alrededor del 60%, se dio en el interior de los grupos de asalariados con las mismas características observables: igual edad, nivel educativo y duración de experiencia profesional (Juhn y otros 1993: 431). Por otro lado, que esta desigualdad en el interior de grupos de asalariados homogéneos aumente desde 1970 explica por qué la desigualdad total de la distribución de los salarios -por ejemplo, la medición de la ratio P90
P10- aumenta continuamente en los Estados Unidos desde 1970, aunque el rendimiento del título obtenido haya descendido durante esa década. De la misma manera, si bien es cierto que el incremento del desempleo y subempleo alcanzó más a los asalariados poco calificados en todos los países occidentales, la desigualdad frente al empleo aumentó análogamente entre los asalariados con el mismo nivel de preparación, incluidos los grupos de alta calificación. La teoría del cambio tecnológico sesgado implica también que el desempleo debería haber alcanzado más a los menos calificados en los países donde la desigualdad salarial aumentó poco o no aumentó, como en Francia, comparados con los países donde la creciente dispersión de las productividades habría sido compensada por la de los salarios, como en los Estados Unidos. Sin embargo, si bien es cierto que la tasa de desempleo de los trabajadores menos calificados es tanto más elevada en Francia que en los Estados Unidos, también lo es la tasa de desempleo de los trabajadores más calificados, y aproximadamente en las mismas proporciones (Card y otros, 1996).
Por supuesto, no hay que subestimar la extrema pobreza en cuanto a las características individuales que se reportan en las encuestas sobre los salarios y que son las únicas variables que los economistas pueden observar para obtener una medición objetiva de las calificaciones individuales. La significación de los indicadores disponibles varía en tal grado entre países que cualquier comparación internacional fundada sobre estos datos es muy peligrosa: por ejemplo, en 1990, menos del 25% de la población activa francesa contaba con un título superior o igual al baccalauréat, mientras que más del 85% de la población activa estadounidense tenía una edad de finalización de estudios equivalente (estudios completos en high school, el equivalente del lycée en Francia, o estudios superiores), de modo que en estas comparaciones los no calificados estadounidenses constituyen un grupo mucho más reducido que los no calificados franceses (Lefranc, 1997). Por supuesto, la realidad tiene tantos más matices que los sugeridos por estos indicadores estadísticos mediocres: es muy conocida la desigual calidad de las high schools estadounidenses comparada con los lycées franceses.
Esa pobreza de las mediciones disponibles también es problemática para el estudio de la evolución en el tiempo en un país dado. Por ejemplo, en términos generales sólo se observa el número total de años de estudios, no el nivel de la universidad o la naturaleza exacta del título obtenido por el asalariado. Sin embargo, cualquier empleador tiene acceso a este tipo de datos respecto de sus potenciales asalariados, y sabe distinguir entre niveles la desigualdad de los ingresos del trabajo de formación muy desiguales aunque correspondan a la misma cantidad de años de estudios observada por el economista. A la vez, la naturaleza exacta del diploma se utiliza para medir no sólo la calificación realmente aportada por la cantidad de años de educación, sino otras características individuales, como la motivación o la capacidad de trabajo, según la hipótesis de la teoría de la educación como "señal" (Spence, 1974); por ende, observar únicamente la cantidad de años de estudio no permitirá al economista medir lo que es en verdad pertinente para el empleador.
Esa es una de las limitaciones tradicionales de cualquier intento de explicar la desigualdad salarial a partir de características individuales observables: siempre queda sin explicar un componente considerable de la desigualdad total. Ahora bien, es plausible que desde 1970 haya aumentado la desigualdad real del capital humano entre estos grupos que para el economista tienen las mismas características observables; por ejemplo, porque se intensificaron las desigualdades entre títulos obtenidos para una cantidad dada de años de estudios.
Sin embargo, esta interpretación de los datos disponibles, propuesta por los partidarios del skill-biased technological change, muestra hasta qué punto la teoría del capital humano, interpretado en un sentido tan amplio, puede volverse tautológica: siempre es posible "explicar" cualquier variación de la desigualdad de los salarios si se aduce una variación de la productividad de múltiples características n individuales no observables para la mirada externa. Si bien parece indiscutible que la teoría del capital humano y del cambio tecnológico sesgado esclarece una parte importante del aumento de las desigualdades salariales y frente al empleo, explicar así, a cualquier precio, el fenómeno resulta exageradamente "optimista" en el estado actual de nuestros conocimientos.
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El papel de la familia y de los gastos de educación

De manera general, el conjunto de argumentos escépticos respecto del intervencionismo en el ámbito educativo no consiste en negar la importancia de la transmisión familiar de la desigualdad del capital humano, sino, por el contrario, en exponer que es en el papel central de la familia donde la desigualdad encuentra su persistencia inevitable. Las teorías de Becker sobre la familia, tales como aparecen en sus libros y los de sus alumnos (Becker, 1981, Mulligan, 1996), insistirán así en todas las opciones que realizan las familias para invertir en sus hijos, con el objetivo de mostrar la importancia de estas inversiones, que cualquier tentativa de interferencia estatal destruiría. Esta tradición de pensamiento es de larga data en Chicago: en 1966, el famoso informe sobre la educación de las minorías vulnerables, realizado por el sociólogo James Coleman para el gobierno estadounidense, generó un escándalo cuando anunció que la redistribución de los medios financieros hacia las escuelas de los barrios carenciados no había permitido progreso perceptible alguno en los resultados escolares ni su integración en el mercado del trabajo.
La conclusión de Coleman, y de varios trabajos que inspiró, es que no se podía confiar en que las cosas cambiarían si se aumentaban de forma mecánica los gastos públicos en educación de los medios carenciados, ya que primero es en el nivel del núcleo familiar y del medio de origen donde se forman las desigualdades inevitables.
Por supuesto, todo el mundo está de acuerdo con que los factores de transmisión de la desigualdad tienen mucho más que ver con el ambiente que con la genética. En 1994 el psicólogo Richard Herrnstein y el sociólogo Robert Murray estuvieron en las primeras planas de los periódicos al decretar que era una pérdida de tiempo oponerse sin cesar a la desigualdad de la inteligencia en la economía y la sociedad modernas; a menudo se los acusó de defender la idea de una muy pronunciada transmisión genética del coeficiente de inteligencia. De hecho, estos autores reconocen que, según algunos estudios de casos de adopciones aleatorias, niños provenientes de medios socioculturales muy vulnerables que al nacer fueron confiados a familias más educadas tenían el mismo desempeño que los hijos biológicos de esas familias (Herrnstein y Murray, 1994: 410-413).
Pero no es ese el desafío fundamental. En efecto, si los factores ambientales preponderantes se relacionan con el entorno familiar, y especialmente con el entorno familiar de la primera infancia (presencia de libros en la casa, diálogos con los padres, etc.), de modo que en verdad nada puede modificar esta desigualdad heredada en casa, entonces las consecuencias no son muy diferentes de las de una desigualdad genética. Sin embargo, Herrnstein y Murray, así como Coleman treinta años antes que ellos, insisten sobre todo en la idea de que el efecto de los recursos educativos invertidos en los medios vulnerables es muy difícil de medir, y que por lo tanto no vale la pena seguir insistiendo.
Si esta teoría fuera válida, sería inútil cualquier intento por modificar de manera voluntarista la distribución desigual del capital humano: sería más conveniente gastar los recursos disponibles para reducir con transferencias fiscales la desigualdad injusta de los niveles de vida que implica, en el límite eventualmente estrecho autorizado por la elasticidad de la oferta de capital humano de quienes nacieron en medios acomodados.

La economía de las desigualdades

Thomas Picketty
Siglo XXI
Traducción: María de la Paz Georgiadis.

sábado, 7 de febrero de 2015

Diez historias de mujeres revolucionarias que no le enseñaron en la escuela

Es de justicia saber que han habido miles de mujeres revolucionarias en la historia, y que muchas de ellas han jugado un papel crucial. Aquí podrán ver diez ejemplos en todo el mundo

Mujeres revolucionarias./elciudadano.cl
Todo el mundo conoce hombres revolucionarios, como el Che Guevara, pero la historia en general, tiende a olvidar las aportaciones de las mujeres revolucionarias que sacrificaron su tiempo y sus vidas en la lucha contra las ideologías y los sistemas burgueses. Muchas de ellas lo han hecho con fusiles y muchas otras con plumas, pero todas lucharon duro por lo que creían.



Nadezhda Krupskaya

1

Mucha gente sabe  que Nadezhda Krupskaya al igual que su compañero Lenin, llegó a ser una política revolucionaria, bolchevique,  gracias a sus propios esfuerzos. Estaba muy involucrada en diversas actividades políticas y proyectos educativos: incluyendo las funciones de ministroa de Educación en la Unión Soviética a partir de 1929 hasta su muerte en 1939.

Antes de la revolución, era secretaria del periódico político Iskra , la mayor parte de la  gestión de toda la correspondencia que cruzó al continente tuvo que ser codificada. Después de la revolución, dedicó su vida a la mejora de las oportunidades educativas para los trabajadores y campesinos, por ejemplo, su lucha por hacer bibliotecas a disposición de toda la población.

Constanza Markievicz

2

Constanza Markievicz fue una revolucionaria, condesa anglo-irlandesa, nacionalista, sufragista, socialista y miembro del partido político Sinn Fein y Fianna Fáil. Ella participó en los esfuerzos por la independencia de Irlanda, incluyendo la sublevación de Pascua en 1916, donde tuvo un papel protagónico. Durante ese episodio fue herida por un francotirador británico antes de ser forzada a rendirse. En consecuencia, fue la única mujer entre los 70 presos que se encontraban en régimen de aislamiento.

Fue, entonces, condenada a muerte, pero finalmente perdonada por ser mujer. El fiscal afirmó que llegó a suplicar: “Sólo soy una mujer, no se puede disparar a una mujer.” Sin embargo, los registros de ensayos  históricos dicen que en realidad dijo: “Realmente creo que su calaña tuvo la decencia de pegarme un tiro”.

Constanza fue una de las primeras mujeres en el mundo en conseguir una posición ministerial (Ministra de Trabajo de la República de Irlanda, 1919-1922) y fue también la primera mujer elegida para la Cámara de los Comunes en Londres (diciembre de 1918), una posición que fue rechazada debido al fracaso del partido político irlandés, el Sinn Féin.

Petra Herrera

3

Durante la Revolución Mexicana, las mujeres combatientes, conocidas como soldaderas, iban a la batalla junto a los hombres, a pesar de que a menudo eran víctimas de abusos. Uno de los más conocidos fue Petra Herrera, quien se disfrazó de hombre y llegó a ser llamado “Pedro Herrera”. Se ha establecido su reputación demostrando un liderazgo ejemplar (como la voladura de los puentes) y terminó “siendo” una mujer.

Ella participó en la segunda batalla de Torreón, el 30 de mayo de 1914, junto con otras 400 mujeres, llegando a ser aclamada ganando todo el crédito por la victoria en la batalla. Desafortunadamente, Pancho Villa no estaba dispuesto a dar ese crédito a una mujer y no la promovió a “general”. En respuesta, Petra dejó las fuerzas de Villa y formó su propia brigada compuesta por mujeres solamente.

Nwanyeruwa

4

Nwanyeruwa perteneciente a una etnia Ibo de Nigeria, fue responsable de una guerra corta, que generalmente se considera como el primer gran reto para las autoridades británicas en la costa este de África, durante el período colonial.

El 19 de noviembre de 1929, hubo una discusión entre Nwanyeruwa y un oficial del censo inglés, Mark Emereuwa por haberla enviado a “contar su cabras, ovejas y amigos.” Entendiendo que significaba que serían gravados (tradicionalmente, las mujeres no pagan impuestos), se discutió la situación con otras mujeres.

Las protestas duraron más de dos meses. Cerca de 25 mil mujeres de toda la región participaron en las manifestaciones en contra de los cambios en las leyes fiscales y del poder ilimitado de las autoridades. Al final, la posición de la mujer ganó, porque las autoridades británicas abandonaron sus planes de impuestos y la renuncia forzada de muchas autoridades del censo.

Lakshmi Sehgal

5

Lakshmi Sehgal, conocida como “Capitán Lakshmi” fue una revolucionaria en el Movimiento por la independencia de la India, una oficial del Ejército Nacional Indio y, más tarde, ministra de Asuntos de la Mujer en el gobierno de Azad Hind. En la década de 1940, se ordenó en el regimiento Rani Jhansi: un regimiento compuesto únicamente por mujeres, que tenían como objetivo derrocar al Raj británico en la India colonial.

El regimiento, que fue uno de los pocos compuesto sólo por mujeres para luchar en la Segunda Guerra Mundial, en ambos lados, fue llamado así en homenaje a otro revolucionario de la mujer en la India, Rani Lakshmibai – uno de los líderes del motín de la India en 1857.

Sophie Scholl

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La revolucionaria alemana Sophie Scholl fue una de las fundadoras del grupo no violento de resistencia anti-nazi, llamado White Rose, que promovió la resistencia activa al Régimen de Adolf Hitler con una campaña anónima de panfletos y grafitis.

En febrero de 1943, ella y otros miembros del grupo fueron arrestados por repartir folletos en la Universidad de Münich y condenados a muerte en la guillotina. Las copias de los folletos, retitulados “El Manifiesto de los estudiantes de Münich” fueron sacados de contrabando del país y lanzados por millones desde aviones de las fuerzas aliadas por toda Alemania.

Blanca Canales

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Blanca Canales fue una nacionalista puertorriqueña que ayudó a organizar las “Hijas de la Libertad” – ala de las mujeres del Partido Nacionalista de Puerto Rico. Ella fue una de las pocas mujeres en la historia en liderar una revuelta contra los Estados Unidos, en lo que se conoció como la Encuesta de Jayuya.

En 1948,  fue aprobada una ley severa, conocida como Ley Mordaza o Ley 53, que penalizaba la impresión, publicación, venta o exhibición de cualquier material que promoviera la tensión,  paralizacion o destrucción del gobierno colonial de la isla.

En respuesta, los nacionalistas comenzaron a planear una revolución armada. El 30 de octubre de 1950, Blanca y otros tomaron las armas, que habían escondido en su casa y marcharon hacia el pueblo de Jayuya, tomando la estación de policía, quemando la oficina de correos, cortando las líneas telefónicas y enarbolando el pabellón de Puerto Rico, en desafío de la Ley 53.

Como resultado de ello, el presidente de Estados Unidos declaró la ley marcial y ordenó al ejército y la fuerza aérea atacar la ciudad. Los nacionalistas resistieron tanto como pudieron, pero fueron detenidos y tres días más tarde condenados a cadena perpetua. Gran parte de Jayuya fue destruida y el incidente no fue cubierto adecuadamente por la prensa estadounidense, incluso el presidente de Estados Unidos llegó a decir que había sido “un incidente entre los puertorriqueños”.

Celia Sánchez

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La mayoría de la gente sabe de Fidel Castro y el Che Guevara, pero pocos han oído hablar de Celia Sánchez, la mujer en el seno de la Revolución Cubana, donde incluso se puede decir era una gran protagonista revolucionaria. Después del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, Celia se unió a la lucha contra el gobierno de Fulgencio Batista. Ella fue uno de los fundadoras del Movimiento 26 de Julio y líder de los grupos de combate a lo largo de la revolución. Logró los recursos de los grupos e incluso organizó el desembarco de Granma, que llevó a 82 luchadores de México a Cuba para derrocar a Batista. Después de la revolución, Celia Castro continuó defiendo la Revolución hasta su muerte.

Kathleen Cleaver Neal

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Kathleen Cleaver Neal fue una de los miembros de los Panteras Negras y primera mujer del Partido en frmar parte parte del cuerpo de  “tomadores de decisiones”.

Fue la portavoz y secretaria de la prensa, también la responsable de organización de una campaña nacional para liberar a Huey Newton, el ministro de Defensa de los Panthers.

Ella y otras mujeres como Angela Davis, llegaron a ser los dos tercios de los cuadros de las panteras, a pesar de la idea de que el partido estaba formado en su mayoría por hombres.

Asmaa Mahfouz

Asmaa Mahfouz es una revolucionario moderna, a quien apoya el crédito de haber inflamado la revuelta de enero de 2011, en Egipto, a través de un video publicado en Internet, animando a otros a unirse a ella en las protestas de la plaza Tahrir.
Es considerada una de las líderes de la revolución egipcia y una destacada miembro de la Coalición de la Juventud de la revolución egipcia. Vea el video: