martes, 10 de marzo de 2015

Vivir en estado de vigilancia permanente

Big data. La digitalización global de datos ubica a todos los ciudadanos en el papel de espiados tanto por los estados que dicen luchar contra el terrorismo como por quienes buscan más consumidores

El Estado nos vigila y el Capital nos vende, o sea vende nuestra vida transformada en datos./revista Ñ.

El 97% de la información del planeta está digitalizada. Y la mayor parte de esta información la producimos nosotros, mediante Internet y redes de comunicación inalámbrica. Al comunicarnos transformamos buena parte de nuestras vidas en registro digital. Y por tanto comunicable y accesible mediante interconexión de archivos de redes. Con una identificación individual. Un código de barras. El DNI. Que conecta con nuestras tarjetas de crédito, nuestra tarjeta sanitaria, nuestra cuenta bancaria, nuestro historial personal y profesional –incluido domicilio–, nuestras computadoras –cada uno con su número de código–, nuestro correo electrónico –requerido por bancos y empresas de Internet–, nuestro permiso de conducir, la matrícula del coche, los viajes que hemos hecho, nuestros hábitos de consumo –detectados por las compras con tarjeta o por Internet–, nuestros hábitos de lectura y música –gentileza de las webs que frecuentamos–, nuestra presencia en los medios sociales –como Facebook, Instagram, YouTube, Flickr o Twitter y tantos otros–, nuestras búsquedas en Google o Yahoo y un largo etcétera digital. Y todo ello referido a una persona; usted, por ejemplo. Sin embargo se supone que las identidades individuales están protegidas legalmente y que los datos de cada uno son privados. Hasta que no lo son. Y esas excepciones, que de hecho son la regla, se refieren a la relación con las dos instituciones centrales en nuestra sociedad: el Estado y el Capital.
En ese mundo digitalizado y conectado, el Estado nos vigila y el Capital nos vende, o sea vende nuestra vida transformada en datos. Nos vigilan por nuestro bien, para protegernos de los malos. Y nos venden con nuestro acuerdo de aceptar cookies y de confiar en los bancos que nos permiten vivir a crédito (y, por tanto, tienen derecho a saber a quién le dan tarjeta). Los dos procesos, la vigilancia electrónica masiva y la venta de datos personales como modelo de negocio, se han ampliado exponencialmente en la última década por efecto de la paranoia de la seguridad, la búsqueda de formas para hacer Internet rentable y el desarrollo tecnológico de la comunicación digital y el tratamiento de datos.
Las revelaciones de Snowden sobre las prácticas de espionaje masivo del mundo entero (con escasa protección judicial o simplemente ilegales) han expuesto una sociedad en la que nadie puede escapar a la vigilancia del Gran Hermano, ni Merkel. No siempre ha sido así porque no estábamos digitalizados y no existían tecnologías suficientemente potentes para obtener, relacionar y procesar esa inmensa masa de información. La emergencia del llamado big data, gigantescas bases de datos en formatos comunicables y accesibles (como el inmenso archivo de la NSA en Bluffdale, Utah) ha resultado del reforzamiento de los servicios de inteligencia tras el bárbaro ataque a Nueva York así como de la cooperación entre grandes empresas tecnológicas y gobiernos, en particular con la Agencia de Seguridad Nacional de EE.UU. (que forma parte del Ministerio de Defensa, pero que goza de amplia autonomía).
El director de la NSA, Michael Hayden, declaró que para identificar una aguja en un pajar (el terrorista en la comunicación mundial) necesitaba controlar todo el pajar, y eso es lo que acabó consiguiendo, según su criterio, con una flexible cobertura legal. Aunque Estados Unidos es el centro del sistema de vigilancia, los documentos de Snowden muestran la activa cooperación con las agencias especializadas de vigilancia del Reino Unido, de Alemania, de Francia y de cualquier país, con la excepción parcial de Rusia y China, salvo en momentos de convergencia. En España, tras la escandalosa revelación de que la NSA había interceptado 60 millones de llamadas, Snowden apuntó que en realidad lo había hecho el CNI por cuenta de la NSA. Siguiendo la política de Aznar que dio a Bush permiso ilimitado para espiar en España a cambio de material avanzado de vigilancia. Y vigilaron a cualquiera que estuviera compartiendo información. Pero fueron las empresas tecnológicas las que desarrollaron las tecnologías de punta para el Pentágono. Y fueron empresas telefónicas y de Internet las que entregaron datos de sus clientes. Sólo se enfadaron cuando supieron que la NSA los espiaba sin su permiso. Facebook, Google y Apple protestaron y encriptaron parte de sus comunicaciones internas. Porque en realidad esa es una posible defensa de la privacidad: comunicación encriptada facilitada a los usuarios. Sin embargo, no se difunde porque contradice el modelo de negocio de las empresas de Internet: la recolección y venta de datos para la publicidad enfocada (que constituye el 91% de las ganancias de Google).
Aunque la vigilancia incontrolada del Estado es una amenaza para la democracia, la erosión de la privacidad proviene esencialmente de la práctica de las empresas de comunicación de obtener datos de sus clientes, agregarlos y venderlos. Nos venden como datos. Sin problema legal. Lea la política de privacidad que publica Google: el buscador se otorga el derecho de registrar el nombre del usuario, el correo electrónico, número de teléfono, tarjeta de crédito, hábitos de búsqueda, peticiones de búsqueda, identificación de computadoras y teléfonos, duración de llamadas, localización, usos y datos de las aplicaciones. Aparte de eso, se respeta la privacidad. Por eso Google dispone de casi un millón de servidores para procesamiento de datos.
¿Cómo evitar ser vigilado o vendido? Los criptoanarquistas confían en la tecnología. Vano empeño para la gente normal. Los abogados, en la justicia. Ardua y lenta batalla. Los políticos, encantados de saberlo todo, excepto lo suyo. ¿Y el individuo? Tal vez cambiar por su cuenta: no utilice tarjetas de crédito, comunique en cibercafés, llame desde teléfonos públicos, vaya al cine y a conciertos en lugar de descargarse pelis o música. Y si esto es muy pesado, venda sus datos, como proponen pequeñas empresas que ahora proliferan en Silicon Valley.
© La Vanguardia
*Manuel Castells es sociólogo, profesor y escritor. Es autor de la trilogía: “La Era de la Información”.

miércoles, 25 de febrero de 2015

La desigualdad, en el ojo de la tormenta

Con la publicación de El capital en el siglo XXI, Thomas Piketty se convirtió en una estrella global del pensamiento económico. Aquí se anticipan algunos fragmentos de su muy esperado próximo libro, La economía de las desigualdades


El dispositivo urbano de las grandes ciudades, sobre todo en América Latina, exhibe contrastes obscenos. / Santiago Filipuzzi./adncultura.com

La cuestión de la desigualdad y la redistribución está en el centro del conflicto político. A grandes rasgos, podemos decir que tradicionalmente el conflicto central opone dos vertientes.
Por un lado, la posición liberal de derecha nos dice que sólo las fuerzas de mercado, la iniciativa individual y el crecimiento de la productividad permiten mejorar en el largo plazo los ingresos y las condiciones de vida -en especial, de los menos favorecidos-, y que por lo tanto la acción pública de redistribución, además de ser moderada, debe limitarse a herramientas que interfieran lo menos posible con ese mecanismo virtuoso; por ejemplo, el sistema integrado de retenciones y transferencias (impuesto negativo) de Milton Friedman (1962).
Por otra parte, la posición tradicional de izquierda, heredada de los teóricos socialistas decimonónicos y de la práctica sindical, nos dice que sólo las luchas sociales y políticas pueden aliviar la indigencia de los más necesitados producida por el sistema capitalista, y que la política pública de redistribución, por el contrario, debe llegar hasta la médula del proceso de producción para cuestionar la manera en que las fuerzas de mercado determinan tanto las ganancias apropiadas por los poseedores del capital como las desigualdades entre asalariados, por ejemplo, nacionalizando los medios de producción o fijando escalas salariales, y no debe limitarse a establecer impuestos que financien transferencias fiscales.

En principio, este conflicto derecha

izquierda muestra que los desacuerdos sobre la forma concreta y la oportunidad de una política pública de redistribución no se deben necesariamente a principios contradictorios de justicia social, sino antes bien a análisis contradictorios acerca de los mecanismos económicos y sociales que producen las desigualdades. De hecho, hay cierto consenso en cuanto a varios principios fundamentales de justicia social: si la desigualdad se debe, al menos en parte, a factores que los individuos no controlan, como la desigualdad de las dotaciones iniciales legadas por la familia o la buena fortuna, acerca de lo cual los individuos no son responsables, entonces es justo que el Estado trate de mejorar de la manera más eficaz la suerte de las personas menos favorecidas; es decir, de aquellas que tuvieron que lidiar con los factores no controlables menos propicios. Las teorías modernas de la justicia social expresan esta idea como "regla maximin": la sociedad justa debe maximizar las mínimas oportunidades y condiciones de vida ofrecidas por el sistema social. Este principio fue introducido formalmente por Serge Christophe Kolm (1971) y John Rawls (1972), pero lo encontramos en formas más o menos explícitas muy anteriores, como la noción tradicional según la cual a todos se les debe garantizar derechos iguales de la manera más extensa, noción ampliamente aceptada en un nivel teórico. El verdadero conflicto se refiere a la manera más eficaz de hacer progresar en verdad las condiciones de vida de los menos favorecidos y a la extensión de los derechos que se pueden conceder a todos, más que a los principios abstractos de justicia social.
Así, sólo un análisis minucioso de los mecanismos socioeconómicos que producen la desigualdad podría otorgar su cuota de verdad a estas dos visiones extremas de la redistribución, y así tal vez sumar un aporte para implementar una redistribución más justa y eficaz. El objetivo de este libro es presentar el estado actual de los conocimientos que permiten avanzar en esta dirección.

El ejemplo de este conflicto izquierda

derecha muestra en especial la importancia de la oposición entre distintos tipos de redistribución, diferentes herramientas de la redistribución. ¿Hay que dejar que el mercado y su sistema de precios operen libremente, y conformarse con redistribuir mediante impuestos o transferencias fiscales? ¿O hay que intentar modificar en forma estructural el modo en que las fuerzas de mercado producen la desigualdad? En el lenguaje de los economistas, esta oposición corresponde a la diferencia entre redistribución pura y redistribución eficaz. La primera se adapta a las situaciones en que el equilibrio de mercado es eficaz, sí, en el sentido de Pareto; es decir, cuando es imposible reorganizar la producción y la asignación de los recursos de manera en que todo el mundo gane, pero a la vez las consideraciones de pura justicia social requieren una redistribución desde los individuos más favorecidos hacia los que lo son menos. La segunda corresponde a las situaciones en que imperfecciones del mercado requieren intervenciones directas en el proceso de producción, que simultáneamente permiten mejorar la eficacia paretiana de la asignación de los recursos y la equidad de su redistribución.
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Evolución histórica de la desigualdad

Para Marx y los teóricos socialistas del siglo XIX, aunque no cuantificaban la desigualdad de esta misma manera, la respuesta no dejaba lugar a dudas: la lógica del sistema capitalista es amplificar incesantemente la desigualdad entre dos clases sociales opuestas, capitalistas y proletarios, tanto en el interior de los países industrializados como entre países ricos y pobres. Estas predicciones pronto fueron discutidas en el seno mismo de la corriente socialista. La tesis de la proletarización no se sostiene, escribe Eduard Bernstein a partir de la década de 1890, ya que, por el contrario, se observa que la estructura social se diversifica y que la riqueza se difunde en capas de la sociedad cada vez más amplias.
Sin embargo, sólo después de la Segunda Guerra Mundial se pudo medir cabalmente que la desigualdad de los salarios e ingresos había disminuido en los países occidentales desde el siglo XIX, luego de lo cual se formularon nuevas predicciones. La más conocida fue la de Simon Kuznets (1955): según planteaba, la desigualdad debería dibujar una curva a lo largo del proceso de desarrollo, con una primera fase de desigualdades crecientes durante la industrialización y urbanización de las sociedades agrícolas tradicionales, seguida por una segunda fase de estabilización, luego de disminución sustancial de las desigualdades. Este movimiento de alza de las desigualdades en el siglo XIX, luego de baja desde la segunda mitad del siglo XIX fue especialmente bien estudiada en el caso del Reino Unido (Williamson, 1985) y de Estados Unidos (Williamson y Lindert, 1980). En este último país, se observa, por ejemplo, que la parte del patrimonio total poseído por el 10% más rico pasó de alrededor del 59% hacia 1770 a un máximo que rondaría entre el 70 y el 80% hacia finales del siglo XIX, antes de alcanzar en 1970 un nivel cercano al 50% típico de la desigualdad contemporánea de los patrimonios. Las fuentes disponibles sugieren que el mismo tipo de fenómeno ocurrió en todos los países occidentales.
Sin embargo, las investigaciones más recientes realizadas sobre Francia y Estados Unidos (Piketty, 2001, Piketty y Saez, 2003, Landais, 2007) muestran que bajo ningún aspecto esta fuerte disminución de las desigualdades observadas durante el transcurso del siglo XX es consecuencia de un proceso económico "natural". Esta reducción de las desigualdades atañe únicamente a la desigualdad de los patrimonios (la jerarquía de los salarios no presenta tendencia alguna a la baja sobre un período largo), y en lo esencial se debe a los sucesos que durante el período 1914-1945 sobresaltaron a los poseedores de patrimonios (guerras, inflación, crisis de la década de 1930). La concentración de las fortunas y ganancias de capital nunca recuperó el nivel astronómico que tuvo en vísperas de la Primera Guerra Mundial. La explicación más verosímil pone en juego la revolución fiscal que marcó el siglo XX.
En efecto, el impacto del impuesto progresivo sobre las ganancias (creado en 1914) y del impuesto progresivo sobre las sucesiones (creado en 1901) en la acumulación y la reconstrucción de patrimonios importantes parece haber previsto el retorno a la sociedad de rentistas del siglo XIX. Si las sociedades contemporáneas se convirtieron en sociedades de ejecutivos -es decir, sociedades en que lo alto de la distribución está dominado por personas que viven principalmente del ingreso de sus trabajos (y ya no principalmente de la renta de un capital acumulado en el pasado)- es ante todo por estas circunstancias históricas e instituciones particulares. Lejos de ser el fin de la historia, la ley de Kuznets es producto de una historia específica y reversible.
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Desigualdad de los salarios y desigualdad del capital humano

La teoría más simple para explicar la desigualdad de los salarios es que distintos asalariados hacen aportes diferentes a la producción de su empresa: el programador informático que consigue que la compañía digitalice la base de datos de sus clientes y pueda gestionarlos de manera más rápida y confiable produce más dinero a su empleador que el oficinista que se encarga de determinado número diario de expedientes; por ese motivo la empresa paga un salario más elevado al programador informático, sin lo cual lo contratarían otras empresas. La hostilidad que tantas veces se ha encontrado en la teoría del capital humano se explica sin duda por el hecho de que cuando alguien decreta que el salario del programador informático es más elevado que el del oficinista porque su capital humano y, por lo tanto, su productividad son más elevados, a menudo se lo sospecha de sugerir que esta desigualdad de capital humano mide en forma mecánica una desigualdad irremediable e insuperable entre dos seres humanos, que justifica la desigualdad eventualmente considerable de las condiciones de vida que implica la desigualdad de esos salarios. Por otro lado, estas sospechas no son del todo ilegítimas, ya que fueron efectivamente Gary Becker y sus colegas de la Universidad de Chicago, conocidos por su liberalismo a ultranza, los que efectivamente desarrollaron y popularizaron esta teoría (Becker, 1964). Es verdad que estos economistas no se conforman con explicar la desigualdad de los salarios mediante la desigualdad de las productividades individuales: sobre todo, proponen una teoría de la formación y de los orígenes de la desigualdad del capital humano que lleva a rechazar cualquier intervención pública ambiciosa.
Sin embargo, es útil examinar por separado estas diferentes cuestiones, para discriminar el problema de la redistribución pura -en forma de transferencias de ingreso entre altos y bajos salarios-, del problema de la redistribución eficaz -en forma de intervenciones en el proceso de formación del capital humano-, según la distinción ya explicada en la Introducción. Así, comenzaremos por tomar como dato la desigualdad de los niveles de capital humano individuales. ¿Esta teoría de la desigualdad de los salarios como pura desigualdad de las productividades permite explicar de manera satisfactoria las desigualdades efectivamente observadas? ¿Qué implica respecto de la manera más eficaz de redistribuir la desigualdad de los niveles de vida engendrados por la desigualdad de los salarios? Después nos concentraremos en la formación del capital humano. ¿De dónde viene la desigualdad del capital humano y qué herramientas de distribución eficaces permiten modificarla?

El poder explicativo de la teoría del capital humano

En su forma más rudimentaria -pasando por alto la cuestión de los orígenes de esta desigualdad-, la teoría del capital humano dice simplemente que el trabajo no es una entidad homogénea, y que por muchas razones distintos individuos se caracterizan por distintos niveles de capital humano; es decir, por diferentes capacidades de contribuir con la producción de bienes y servicios solicitados por los consumidores. Dada esta distribución de la población en distintos niveles de capital humano (la oferta de trabajo) y la demanda para distintos tipos de bienes y de capital humano que permite producirlos (la demanda de trabajo), el juego de la oferta y la demanda determina los salarios asociados a distintos niveles de capital humano y, así, determina también la desigualdad de los salarios. Por lo tanto, el concepto de capital humano es muy general, ya que incluye las calificaciones propiamente dichas (títulos obtenidos, etc.), la experiencia y, en sentido más lato, todas las características individuales relevantes para la capacidad de integrarse en el proceso de producción de bienes y servicios demandados. ¿Esta teoría explica la desigualdad de los ingresos de capital efectivamente pagados por las empresas?

Las grandes desigualdades históricas

En este nivel de generalidad, la teoría del capital humano parece inevitable si se busca explicar las pronunciadas desigualdades de salario observables con la distancia de tiempo y espacio. Que el salario promedio en 1990 fuese diez veces superior a lo que era en 1870 en los países desarrollados sólo se explica por el progreso de las calificaciones y de las costumbres laborales, que permitió a los asalariados producir diez veces más en 1990 que en 1870. Por otro lado, ¿cuál podría ser la explicación alternativa, ya que hemos visto que la proporción de los salarios en el valor agregado de las empresas era la misma en 1990 que en 1870, y que en el largo plazo el aumento de los salarios no era consecuencia de un descenso de esta proporción de los beneficios. En el largo plazo, es indiscutible que el crecimiento de la productividad del trabajo permitió aumentar de manera tan notoria el poder adquisitivo de los asalariados.
Del mismo modo, hemos visto que si se busca explicar el hecho de que el poder adquisitivo promedio de los asalariados de los países subdesarrollados sea diez veces inferior a lo que es en los países desarrollados, la brecha de calificación entre los asalariados del Norte -cuya inmensa mayoría tiene estudios secundarios- y los asalariados del Sur -más del 50% todavía no está alfabetizado- debe ser determinante. Otros factores, como la imperfección del mercado de crédito, que priva a los asalariados del Sur de las inversiones suficientes, así como el cierre de las fronteras, que les impide aprovechar el elevado capital físico y humano del Norte, agravan un poco más aún esta desigualdad; sin embargo, eso no impide que, para dar cuenta de la desigualdad Norte
Sur de los salarios, despunte como factor explicativo fundamental la desigualdad considerable de la productividad del trabajo.

El incremento de las desigualdades desde 1970

¿El juego de la oferta y la demanda para diferentes niveles de capital humano también explica de manera satisfactoria el aumento general de la desigualdad salarial observada en varios países occidentales desde 1970 y, de modo más general, el incremento de las desigualdades frente al empleo?
La explicación propuesta por muchos observadores para dar cuenta de esta repentina escalada de las desigualdades salariales se inscribe en una visión de la evolución de la oferta y la demanda de capital humano en el largo plazo. Luego de una primera fase de incremento de las desigualdades salariales durante la primera Revolución Industrial, ligada a las crecientes necesidades de la industria en calificaciones y a una fuerte afluencia de mano de obra no calificada proveniente del campo, las desigualdades salariales comenzaron a decrecer en todos los países desarrollados desde el final del siglo XIX hasta los años setenta del siguiente. Esta fase de descenso de las desigualdades se explicaba por la considerable retracción de las brechas de calificaciones, en especial ante el rápido desarrollo de la formación y la educación de masas, y las elevadas necesidades de la industria de mano de obra de calificación media.
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¿Un cambio tecnológico sesgado?

A priori, esta teoría de la evolución larga de las desigualdades salariales en los países occidentales resulta bastante creíble, al menos en su formulación menos extrema. En Estados Unidos -el país alcanzado en primer lugar por estas transformaciones-, la desigualdad de los ingresos del trabajo se observa un aumento de las desigualdades salariales ligadas al nivel de calificación: desde 1980, hubo un notorio crecimiento en los efectos observables, en el salario promedio, de un año suplementario de estudios, un nivel de instrucción más elevado o una mayor duración de experiencia profesional. En el lenguaje de los economistas del trabajo, el "rendimiento" de la calificación había aumentado (Juhn y otros, 1993).
El problema es que, de ese aumento total de la desigualdad de los salarios, una parte esencial, alrededor del 60%, se dio en el interior de los grupos de asalariados con las mismas características observables: igual edad, nivel educativo y duración de experiencia profesional (Juhn y otros 1993: 431). Por otro lado, que esta desigualdad en el interior de grupos de asalariados homogéneos aumente desde 1970 explica por qué la desigualdad total de la distribución de los salarios -por ejemplo, la medición de la ratio P90
P10- aumenta continuamente en los Estados Unidos desde 1970, aunque el rendimiento del título obtenido haya descendido durante esa década. De la misma manera, si bien es cierto que el incremento del desempleo y subempleo alcanzó más a los asalariados poco calificados en todos los países occidentales, la desigualdad frente al empleo aumentó análogamente entre los asalariados con el mismo nivel de preparación, incluidos los grupos de alta calificación. La teoría del cambio tecnológico sesgado implica también que el desempleo debería haber alcanzado más a los menos calificados en los países donde la desigualdad salarial aumentó poco o no aumentó, como en Francia, comparados con los países donde la creciente dispersión de las productividades habría sido compensada por la de los salarios, como en los Estados Unidos. Sin embargo, si bien es cierto que la tasa de desempleo de los trabajadores menos calificados es tanto más elevada en Francia que en los Estados Unidos, también lo es la tasa de desempleo de los trabajadores más calificados, y aproximadamente en las mismas proporciones (Card y otros, 1996).
Por supuesto, no hay que subestimar la extrema pobreza en cuanto a las características individuales que se reportan en las encuestas sobre los salarios y que son las únicas variables que los economistas pueden observar para obtener una medición objetiva de las calificaciones individuales. La significación de los indicadores disponibles varía en tal grado entre países que cualquier comparación internacional fundada sobre estos datos es muy peligrosa: por ejemplo, en 1990, menos del 25% de la población activa francesa contaba con un título superior o igual al baccalauréat, mientras que más del 85% de la población activa estadounidense tenía una edad de finalización de estudios equivalente (estudios completos en high school, el equivalente del lycée en Francia, o estudios superiores), de modo que en estas comparaciones los no calificados estadounidenses constituyen un grupo mucho más reducido que los no calificados franceses (Lefranc, 1997). Por supuesto, la realidad tiene tantos más matices que los sugeridos por estos indicadores estadísticos mediocres: es muy conocida la desigual calidad de las high schools estadounidenses comparada con los lycées franceses.
Esa pobreza de las mediciones disponibles también es problemática para el estudio de la evolución en el tiempo en un país dado. Por ejemplo, en términos generales sólo se observa el número total de años de estudios, no el nivel de la universidad o la naturaleza exacta del título obtenido por el asalariado. Sin embargo, cualquier empleador tiene acceso a este tipo de datos respecto de sus potenciales asalariados, y sabe distinguir entre niveles la desigualdad de los ingresos del trabajo de formación muy desiguales aunque correspondan a la misma cantidad de años de estudios observada por el economista. A la vez, la naturaleza exacta del diploma se utiliza para medir no sólo la calificación realmente aportada por la cantidad de años de educación, sino otras características individuales, como la motivación o la capacidad de trabajo, según la hipótesis de la teoría de la educación como "señal" (Spence, 1974); por ende, observar únicamente la cantidad de años de estudio no permitirá al economista medir lo que es en verdad pertinente para el empleador.
Esa es una de las limitaciones tradicionales de cualquier intento de explicar la desigualdad salarial a partir de características individuales observables: siempre queda sin explicar un componente considerable de la desigualdad total. Ahora bien, es plausible que desde 1970 haya aumentado la desigualdad real del capital humano entre estos grupos que para el economista tienen las mismas características observables; por ejemplo, porque se intensificaron las desigualdades entre títulos obtenidos para una cantidad dada de años de estudios.
Sin embargo, esta interpretación de los datos disponibles, propuesta por los partidarios del skill-biased technological change, muestra hasta qué punto la teoría del capital humano, interpretado en un sentido tan amplio, puede volverse tautológica: siempre es posible "explicar" cualquier variación de la desigualdad de los salarios si se aduce una variación de la productividad de múltiples características n individuales no observables para la mirada externa. Si bien parece indiscutible que la teoría del capital humano y del cambio tecnológico sesgado esclarece una parte importante del aumento de las desigualdades salariales y frente al empleo, explicar así, a cualquier precio, el fenómeno resulta exageradamente "optimista" en el estado actual de nuestros conocimientos.
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El papel de la familia y de los gastos de educación

De manera general, el conjunto de argumentos escépticos respecto del intervencionismo en el ámbito educativo no consiste en negar la importancia de la transmisión familiar de la desigualdad del capital humano, sino, por el contrario, en exponer que es en el papel central de la familia donde la desigualdad encuentra su persistencia inevitable. Las teorías de Becker sobre la familia, tales como aparecen en sus libros y los de sus alumnos (Becker, 1981, Mulligan, 1996), insistirán así en todas las opciones que realizan las familias para invertir en sus hijos, con el objetivo de mostrar la importancia de estas inversiones, que cualquier tentativa de interferencia estatal destruiría. Esta tradición de pensamiento es de larga data en Chicago: en 1966, el famoso informe sobre la educación de las minorías vulnerables, realizado por el sociólogo James Coleman para el gobierno estadounidense, generó un escándalo cuando anunció que la redistribución de los medios financieros hacia las escuelas de los barrios carenciados no había permitido progreso perceptible alguno en los resultados escolares ni su integración en el mercado del trabajo.
La conclusión de Coleman, y de varios trabajos que inspiró, es que no se podía confiar en que las cosas cambiarían si se aumentaban de forma mecánica los gastos públicos en educación de los medios carenciados, ya que primero es en el nivel del núcleo familiar y del medio de origen donde se forman las desigualdades inevitables.
Por supuesto, todo el mundo está de acuerdo con que los factores de transmisión de la desigualdad tienen mucho más que ver con el ambiente que con la genética. En 1994 el psicólogo Richard Herrnstein y el sociólogo Robert Murray estuvieron en las primeras planas de los periódicos al decretar que era una pérdida de tiempo oponerse sin cesar a la desigualdad de la inteligencia en la economía y la sociedad modernas; a menudo se los acusó de defender la idea de una muy pronunciada transmisión genética del coeficiente de inteligencia. De hecho, estos autores reconocen que, según algunos estudios de casos de adopciones aleatorias, niños provenientes de medios socioculturales muy vulnerables que al nacer fueron confiados a familias más educadas tenían el mismo desempeño que los hijos biológicos de esas familias (Herrnstein y Murray, 1994: 410-413).
Pero no es ese el desafío fundamental. En efecto, si los factores ambientales preponderantes se relacionan con el entorno familiar, y especialmente con el entorno familiar de la primera infancia (presencia de libros en la casa, diálogos con los padres, etc.), de modo que en verdad nada puede modificar esta desigualdad heredada en casa, entonces las consecuencias no son muy diferentes de las de una desigualdad genética. Sin embargo, Herrnstein y Murray, así como Coleman treinta años antes que ellos, insisten sobre todo en la idea de que el efecto de los recursos educativos invertidos en los medios vulnerables es muy difícil de medir, y que por lo tanto no vale la pena seguir insistiendo.
Si esta teoría fuera válida, sería inútil cualquier intento por modificar de manera voluntarista la distribución desigual del capital humano: sería más conveniente gastar los recursos disponibles para reducir con transferencias fiscales la desigualdad injusta de los niveles de vida que implica, en el límite eventualmente estrecho autorizado por la elasticidad de la oferta de capital humano de quienes nacieron en medios acomodados.

La economía de las desigualdades

Thomas Picketty
Siglo XXI
Traducción: María de la Paz Georgiadis.

sábado, 7 de febrero de 2015

Diez historias de mujeres revolucionarias que no le enseñaron en la escuela

Es de justicia saber que han habido miles de mujeres revolucionarias en la historia, y que muchas de ellas han jugado un papel crucial. Aquí podrán ver diez ejemplos en todo el mundo

Mujeres revolucionarias./elciudadano.cl
Todo el mundo conoce hombres revolucionarios, como el Che Guevara, pero la historia en general, tiende a olvidar las aportaciones de las mujeres revolucionarias que sacrificaron su tiempo y sus vidas en la lucha contra las ideologías y los sistemas burgueses. Muchas de ellas lo han hecho con fusiles y muchas otras con plumas, pero todas lucharon duro por lo que creían.



Nadezhda Krupskaya

1

Mucha gente sabe  que Nadezhda Krupskaya al igual que su compañero Lenin, llegó a ser una política revolucionaria, bolchevique,  gracias a sus propios esfuerzos. Estaba muy involucrada en diversas actividades políticas y proyectos educativos: incluyendo las funciones de ministroa de Educación en la Unión Soviética a partir de 1929 hasta su muerte en 1939.

Antes de la revolución, era secretaria del periódico político Iskra , la mayor parte de la  gestión de toda la correspondencia que cruzó al continente tuvo que ser codificada. Después de la revolución, dedicó su vida a la mejora de las oportunidades educativas para los trabajadores y campesinos, por ejemplo, su lucha por hacer bibliotecas a disposición de toda la población.

Constanza Markievicz

2

Constanza Markievicz fue una revolucionaria, condesa anglo-irlandesa, nacionalista, sufragista, socialista y miembro del partido político Sinn Fein y Fianna Fáil. Ella participó en los esfuerzos por la independencia de Irlanda, incluyendo la sublevación de Pascua en 1916, donde tuvo un papel protagónico. Durante ese episodio fue herida por un francotirador británico antes de ser forzada a rendirse. En consecuencia, fue la única mujer entre los 70 presos que se encontraban en régimen de aislamiento.

Fue, entonces, condenada a muerte, pero finalmente perdonada por ser mujer. El fiscal afirmó que llegó a suplicar: “Sólo soy una mujer, no se puede disparar a una mujer.” Sin embargo, los registros de ensayos  históricos dicen que en realidad dijo: “Realmente creo que su calaña tuvo la decencia de pegarme un tiro”.

Constanza fue una de las primeras mujeres en el mundo en conseguir una posición ministerial (Ministra de Trabajo de la República de Irlanda, 1919-1922) y fue también la primera mujer elegida para la Cámara de los Comunes en Londres (diciembre de 1918), una posición que fue rechazada debido al fracaso del partido político irlandés, el Sinn Féin.

Petra Herrera

3

Durante la Revolución Mexicana, las mujeres combatientes, conocidas como soldaderas, iban a la batalla junto a los hombres, a pesar de que a menudo eran víctimas de abusos. Uno de los más conocidos fue Petra Herrera, quien se disfrazó de hombre y llegó a ser llamado “Pedro Herrera”. Se ha establecido su reputación demostrando un liderazgo ejemplar (como la voladura de los puentes) y terminó “siendo” una mujer.

Ella participó en la segunda batalla de Torreón, el 30 de mayo de 1914, junto con otras 400 mujeres, llegando a ser aclamada ganando todo el crédito por la victoria en la batalla. Desafortunadamente, Pancho Villa no estaba dispuesto a dar ese crédito a una mujer y no la promovió a “general”. En respuesta, Petra dejó las fuerzas de Villa y formó su propia brigada compuesta por mujeres solamente.

Nwanyeruwa

4

Nwanyeruwa perteneciente a una etnia Ibo de Nigeria, fue responsable de una guerra corta, que generalmente se considera como el primer gran reto para las autoridades británicas en la costa este de África, durante el período colonial.

El 19 de noviembre de 1929, hubo una discusión entre Nwanyeruwa y un oficial del censo inglés, Mark Emereuwa por haberla enviado a “contar su cabras, ovejas y amigos.” Entendiendo que significaba que serían gravados (tradicionalmente, las mujeres no pagan impuestos), se discutió la situación con otras mujeres.

Las protestas duraron más de dos meses. Cerca de 25 mil mujeres de toda la región participaron en las manifestaciones en contra de los cambios en las leyes fiscales y del poder ilimitado de las autoridades. Al final, la posición de la mujer ganó, porque las autoridades británicas abandonaron sus planes de impuestos y la renuncia forzada de muchas autoridades del censo.

Lakshmi Sehgal

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Lakshmi Sehgal, conocida como “Capitán Lakshmi” fue una revolucionaria en el Movimiento por la independencia de la India, una oficial del Ejército Nacional Indio y, más tarde, ministra de Asuntos de la Mujer en el gobierno de Azad Hind. En la década de 1940, se ordenó en el regimiento Rani Jhansi: un regimiento compuesto únicamente por mujeres, que tenían como objetivo derrocar al Raj británico en la India colonial.

El regimiento, que fue uno de los pocos compuesto sólo por mujeres para luchar en la Segunda Guerra Mundial, en ambos lados, fue llamado así en homenaje a otro revolucionario de la mujer en la India, Rani Lakshmibai – uno de los líderes del motín de la India en 1857.

Sophie Scholl

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La revolucionaria alemana Sophie Scholl fue una de las fundadoras del grupo no violento de resistencia anti-nazi, llamado White Rose, que promovió la resistencia activa al Régimen de Adolf Hitler con una campaña anónima de panfletos y grafitis.

En febrero de 1943, ella y otros miembros del grupo fueron arrestados por repartir folletos en la Universidad de Münich y condenados a muerte en la guillotina. Las copias de los folletos, retitulados “El Manifiesto de los estudiantes de Münich” fueron sacados de contrabando del país y lanzados por millones desde aviones de las fuerzas aliadas por toda Alemania.

Blanca Canales

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Blanca Canales fue una nacionalista puertorriqueña que ayudó a organizar las “Hijas de la Libertad” – ala de las mujeres del Partido Nacionalista de Puerto Rico. Ella fue una de las pocas mujeres en la historia en liderar una revuelta contra los Estados Unidos, en lo que se conoció como la Encuesta de Jayuya.

En 1948,  fue aprobada una ley severa, conocida como Ley Mordaza o Ley 53, que penalizaba la impresión, publicación, venta o exhibición de cualquier material que promoviera la tensión,  paralizacion o destrucción del gobierno colonial de la isla.

En respuesta, los nacionalistas comenzaron a planear una revolución armada. El 30 de octubre de 1950, Blanca y otros tomaron las armas, que habían escondido en su casa y marcharon hacia el pueblo de Jayuya, tomando la estación de policía, quemando la oficina de correos, cortando las líneas telefónicas y enarbolando el pabellón de Puerto Rico, en desafío de la Ley 53.

Como resultado de ello, el presidente de Estados Unidos declaró la ley marcial y ordenó al ejército y la fuerza aérea atacar la ciudad. Los nacionalistas resistieron tanto como pudieron, pero fueron detenidos y tres días más tarde condenados a cadena perpetua. Gran parte de Jayuya fue destruida y el incidente no fue cubierto adecuadamente por la prensa estadounidense, incluso el presidente de Estados Unidos llegó a decir que había sido “un incidente entre los puertorriqueños”.

Celia Sánchez

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La mayoría de la gente sabe de Fidel Castro y el Che Guevara, pero pocos han oído hablar de Celia Sánchez, la mujer en el seno de la Revolución Cubana, donde incluso se puede decir era una gran protagonista revolucionaria. Después del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, Celia se unió a la lucha contra el gobierno de Fulgencio Batista. Ella fue uno de los fundadoras del Movimiento 26 de Julio y líder de los grupos de combate a lo largo de la revolución. Logró los recursos de los grupos e incluso organizó el desembarco de Granma, que llevó a 82 luchadores de México a Cuba para derrocar a Batista. Después de la revolución, Celia Castro continuó defiendo la Revolución hasta su muerte.

Kathleen Cleaver Neal

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Kathleen Cleaver Neal fue una de los miembros de los Panteras Negras y primera mujer del Partido en frmar parte parte del cuerpo de  “tomadores de decisiones”.

Fue la portavoz y secretaria de la prensa, también la responsable de organización de una campaña nacional para liberar a Huey Newton, el ministro de Defensa de los Panthers.

Ella y otras mujeres como Angela Davis, llegaron a ser los dos tercios de los cuadros de las panteras, a pesar de la idea de que el partido estaba formado en su mayoría por hombres.

Asmaa Mahfouz

Asmaa Mahfouz es una revolucionario moderna, a quien apoya el crédito de haber inflamado la revuelta de enero de 2011, en Egipto, a través de un video publicado en Internet, animando a otros a unirse a ella en las protestas de la plaza Tahrir.
Es considerada una de las líderes de la revolución egipcia y una destacada miembro de la Coalición de la Juventud de la revolución egipcia. Vea el video:

lunes, 22 de diciembre de 2014

En la brecha del tiempo

 Inéditos en castellano de Hanna Arendt

Hanna Arendt, reflexiona más allá de la filosofía./eltiempo.com

Mas allá de la filosofía de Hanna Arendt.


Con esta edición titulada ‘Más allá de la filosofía’ pretendemos hacer accesibles… algunos artículos de Hannah Arendt y brindar, a través de estos, la posibilidad de conocer el importante papel que en sus reflexiones desempeñan la crisis de la cultura, la poesía, el arte y la narración literaria.
Al presentar una serie de textos redactados casi a lo largo de una vida, esta colección permite descubrir la articulación del estilo de su autora, la genealogía de algunos de sus conceptos más relevantes y de ciertos temas que atraviesan toda su obra. Además, las páginas que siguen a esta introducción proporcionan una nueva perspectiva sobre el pensamiento de Arendt, quien con su lectura atenta nos ofrece singulares enfoques sobre Bertolt Brecht, Hermann Broch, Nathalie Sarraute, Rainer Maria Rilke y, en general, sugiere cómo acercarse a determinadas figuras de la cultura del siglo XX.
“La palabra es la sombra de la acción” (Demócrito)
Esta recopilación está dividida en tres partes: la primera reúne, bajo el título de ‘La fragilidad de los asuntos humanos’, textos en torno a la función del arte y de la cultura en la estabilidad del mundo de los asuntos humanos y a su capacidad ‘poética’ de revelar y, al mismo tiempo, de remediar, la fragilidad que los caracteriza.
La segunda parte, ‘El enigma de las llamas. Algunas silhouettes’, agrupa artículos y reseñas siempre en torno a figuras que, ante la progresiva pérdida de mundo característica de la modernidad, se muestran más interesadas “en el enigma de las llamas que en el de las cenizas”. La expresión nos la sugiere la propia Arendt, quien en el intercambio epistolar con la escritora y amiga Mary McCarthy se refiere a sus retratos de ‘Hombres en tiempos de oscuridad’ en estos términos: “Yo creía que estaba dibujando silhouettes”.
Al delinear estas silhouettes, nos acerca a la luz de vidas y obras que ofrecieron reflejos de la llama que iluminó esos tiempos de oscuridad que les tocó vivir, aunque quizá esta solo brillara durante unos instantes. En algunos de los escritos incluidos en esta parte hallamos muestras de este modo de trazar característicamente arendtiano que sintetiza los rasgos esenciales de una obra o de un autor mientras perfila el contorno de un problema destacando el fondo sobre el cual se proyecta.
Cabe advertir, de todos modos, que con la silhouette Arendt no pretende ofrecer idealizaciones pedagógicamente diseñadas, o ‘vidas’ a la manera moralizante de Plutarco: escribe historias políticas ejemplares.

Finalmente, ‘Responder al tiempo’ agrupa algunos textos que permiten acercarse a la radicalidad con la que Arendt lee y analiza. En estos se aprecia cómo responde a las solicitaciones de su tiempo y de sus contemporáneos y cómo siempre muestra sin tapujos lo que en su opinión son auténticas insuficiencias de los textos comentados.
Basten como muestra las palabras escritas acerca de ‘Modern German Literature’ de Victor Lange: “No tendría mucho sentido hacer una reseña de una obra así de no ser por el peligro, esperemos que imaginario, de que acabe convertida en libro de texto (...) surtiría a los más endebles de un terrorífico arsenal de eslóganes baratos que no tienen la más mínima relación con los autores y las obras a los que hacen referencia”.
Los materiales aquí recogidos presentan un carácter heterogéneo: fueron escritos con distintos propósitos, en tiempos muy diversos, publicados en dos continentes y en dos lenguas distintas por una autora que no se cansó de insistir en que lo importante, lo verdaderamente esencial, es pensar a partir de la experiencia viva, de los acontecimientos, a los cuales el pensamiento debe mantenerse vinculado por ser estos los únicos indicadores para poder orientarse.
“… los dolores, sin embargo, dejemos estar: tanto hemos sufrido.
No (…) surge acción alguna desde el lamento helado” (Ilíada)
Así, en las páginas que siguen encontramos ejercicios de pensamiento, notas para conferencias, partes de libros, discursos de recepción de premios, obituarios y, en fin, reseñas de escritos de amigos –presentes o pasados– y de obras por las que no siente afinidad alguna.
En esta compilación no se recogen la totalidad de los artículos que Arendt escribió sobre temas de literatura, arte y cultura, sino solo los que no habían aparecido publicados hasta este momento en traducción castellana. Hemos optado por este criterio para no abundar inútilmente en el trabajo ya hecho y para no complicar más la ya complicada trayectoria de publicaciones de la obra arendtiana.
Sin embargo, por un criterio de coherencia con el contenido de la presente edición, hemos hecho dos excepciones por lo que respecta a ‘La permanencia del mundo y la obra de arte’ (en ‘La condición humana’ –Paidós–), cuya traducción reproducimos, y al ‘Discurso de recepción del premio Sonning’ (publicado como ‘Prólogo’ en ‘Responsabilidad y juicio’ –Paidós–), que traducimos de nuevo.

martes, 16 de diciembre de 2014

Revelaciones de la violencia política en Latinoamérica

Vía armada. Juan B. Yofre indaga sobre los mitos revolucionarios y el rol cubano-soviético

El Che y Fidel. El autor se pregunta si la partida del Che de Cuba fue parte de un pacto con Moscú./revista Ñ


Hoy, un cascote del muro de Berlín equivale a una pieza de museo… Y sigue siendo difícil explicarse cómo un Estado que quiso transformar el mundo y realizó proezas increíbles, terminó suicidándose. Acaso haga falta ese tipo de mirada, distante y con destino literalmente fatal, para encarar esta investigación sobre la génesis de una violencia política que quiso por la vía armada hacer la revolución, fracasó, instaló a la región en el corazón de la Guerra Fría y dio paso a una larga secuela de terror.
Fue Cuba. La infiltración cubano-soviética que dio origen a la violencia subversiva en Latinoamérica (Editorial Sudamericana) es el último trabajo del escritor, periodista, embajador y ex jefe de la SIDE, Juan Bautista Yofre. Tal como reza el título, no quedan dudas sobre la impronta que domina su contenido y la rotunda posición del autor en el tema. Con todo, más que por una postura ideológica determinada, que puede ser cuestionada, la investigación importa por exhumar, con lo inexorable de los documentos, un tema tan controversial y oscuro como ausente de debate. Al hurgar en los orígenes de esa violencia, Yofre cuestiona, salvo escasas excepciones, buena parte de lo conocido hasta la democracia de 1983, y aun después, lo que fue configurando una suerte de “relato” que terminó groseramente enfatizado en la última década.

El papel de La Habana

Dice el autor que este libro cierra un ciclo de investigaciones en torno a la violencia política durante los 60 y 70, abordados en textos anteriores, así como “el papel de La Habana en la fratricida guerra Argentina y latinoamericana”. En línea con aquellos trabajos, la información documentada vuelve a ser el arma elegida en la construcción de su pesquisa. Esta vez se trata de documentos hasta ahora desconocidos –que exhibe– básicamente de la Agencia de Inteligencia de la ex Checoslovaquia. Son unos quince mil folios que recorren prácticamente todo el libro, muy especialmente en el marco de la llamada “Operación Manuel”, montada tras la Crisis de los Misiles y basada en Praga, que empezó en 1962 a pedido de los cubanos.
Este esquema permitió a miembros de movimientos insurreccionales de la región, la entrada y salida secreta a y desde Cuba, donde recibían instrucción teórica y militar para instalar focos guerrilleros en sus países de origen. Hasta el 31 de mayo de 1968, última fecha mencionada, habían pasado de modo encubierto 1.017 latinoamericanos. Los archivos dan cuenta, con nombres reales o falsos, de las planas mayores de la guerrilla argentina.
El libro también incluye documentación de la ex Unión Soviética y de otros estados ya inexistentes; de la CIA y de dirigentes políticos y militares de EE.UU., Cuba y la Argentina. Se cita una abrumadora bibliografía especializada, así como información surgida de diálogos directos con “viejos militantes de la izquierda radicalizada. Aquella que prefirió el lenguaje de las armas”, escribe.
El trabajo abarca desde la huida de Fulgencio Batista y la casi simultánea entrada de Fidel Castro Ruz a La Habana, a comienzos de enero de 1959, hasta los umbrales del asalto militar de 1976 en la Argentina. En esos cortos 17 años tuvieron lugar acontecimientos que provocaron –aún constreñidos al marco de la Guerra Fría– un cambio de paradigma en el acontecer político, económico y militar internacional. Entre otros, el proceso de descolonización (y el nuevo concepto, “lucha por la liberación nacional”, hasta entonces desconocido en la izquierda y el establishment); la guerra de Vietnam y la crisis chino-soviética, que dividió al comunismo y sembró el “foquismo” armado, y una Guerra Fría que estuvo a punto de estallar y terminó marcando el destino de uno de los polos enfrentados.
No siempre de modo cronológico, el autor va revisando los sucesos y sus protagonistas regionales, sin olvidar la vigilia de Washington, sus presiones y actitudes. Construye así una radiografía minuciosa de la revolución cubana, la responsabilidad del Che en el llamado “paredón”, los lazos con Moscú y la influencia de Pekín, deserciones como la de Huber Matos o muertes misteriosas como la de Camilo Cienfuegos. No faltan los fracasos de la CIA o los intentos por matar a Castro, el papel de Kennedy en el fiasco de Playa Girón o los aviones espías U2 derribados. Se destacan los golpes militares, en la Argentina y en la región. También figuran las cartas de Juan Domingo Perón a Fidel Castro, su vínculo con el Che y las variadas posiciones del peronismo frente a la guerrilla. Hay numerosos perfiles (John William Cooke, Janio Quadros, Jorge Ricardo Masetti, etcétera) y no pocas anécdotas.

Muestras y preguntas

Yofre contrapone lo que hasta ahora se conoce, con lo que testimonian los papeles en su poder, lo que a veces ilumina dudas, en otras surgen contradicciones y en otras más aparecen nuevos interrogantes. Algunos ejemplos: *¿Pidió Fidel Castro los misiles soviéticos para defender a Cuba de una invasión? ¿O fue una maniobra de Moscú? El autor sostiene que fue una jugada de Nikita Kruschev, muy bien recibida por Castro. Cuando los misiles se fueron de Cuba, EE.UU. levantó los suyos de Italia y Turquía. El riesgo de invasión se disipó, pero la retirada soviética fue vivida en la isla como una “traición” a su revolución, ya que aparecía subordinada a otros intereses estratégicos de Moscú.
*No parece irrazonable que la inteligencia checoslovaca actuara bajo control de la KGB. Pero por lo menos la “Operación Manuel” se montó para la instrucción militar en Latinoamérica, con vistas a la lucha armada. ¿Cómo se compadece entonces con la coexistencia pacífica? Yofre entiende que el empeoramiento de la Guerra Fría y la presión china, que le disputaba a Moscú la hegemonía comunista y le desguazaba los “viejos” PP.CC., indujo al Kremlin a una suerte de “doble estándar”.
*¿Fue pactado el alejamiento del Che? ¿Con Castro, o con Castro y Moscú? Su renuncia a cargos y honores, incluida su nacionalidad cubana, ocurrida tras la debacle en el Congo, estalla en el marco de una crisis en la dirigencia cubana y fuertes desavenencias con Fidel. No casualmente a fines de 1966, un iracundo Leonid Brezhnev fustigaba el “foquismo” y el aventurerismo armado. Al parecer, tras una estadía en Praga, Guevara volvió clandestinamente a Cuba para preparar su cruzada en Bolivia, y pasó brevemente por la Argentina, su verdadera y final obsesión. Los archivos secretos nunca desclasificados (si es que existen) siguen enterrados en La Habana. Pero los indicios sugieren que Castro habría desaprobado otra intentona en la Argentina (en 1964 la Gendarmería había desbaratado la comandada por Jorge Ricardo Masetti), y habría consentido el escenario boliviano, un destino que el Che había descartado por inviable. Esta interpretación coincide con el dramático testimonio de Ciro Roberto Bustos ¹, quien tras 40 años rompió su silencio. Bustos, un mendocino incondicional elegido por Guevara, participó fusil en mano de las dos peripecias, y escribió que en Bolivia, “el Che fue abandonado”.
Saltando a la estructura de la obra, cabe señalarle al autor un énfasis innecesario en su posicionamiento político, máxime cuando su fuerza reside en la información documentada que posee. Hay, también, cierto exceso en los espacios que ocupa la “interna” cubana, y también la argentina, mientras algunos temas abordados parecen demandar una mayor contextualización, capaz de vencer el tiempo transcurrido o la cruda ignorancia de los hechos.
Con todo, la ambiciosa y exhaustiva investigación de Juan Bautista Yofre se compadece con una frase del gran historiador militar británico Antony Beevor: la historia nunca termina de estar del todo contada.
(1) El Che quiere verte. La historia jamás contada del Che en Bolivia (Vergara Bs.As. 2007)

viernes, 12 de diciembre de 2014

¿Quién traza los bordes globales?

Límites en desintegración. Según Sassen la esfera privada asume el poder Sobre las fronteras. Las ciudades y redes digitales desafían a los Estados Nación

Divisoria. Un piquete corta la avenida General Paz el lunes 17 de noviembre por falta de luz en la zona./revista Ñ
Saskia Sassen es reconocida en las áreas social, económica y política, así como en temas de globalización y estrategias urbanas.


Mi argumento es que lo que marca esta época no es tanto la apertura de las fronteras como el hecho de que lo global también se constituye en el interior de lo nacional y, por lo tanto, forma nuevas delimitaciones en el territorio nacional. La era actual no está signada sólo por alguna batalla entre lo global y lo nacional. Algunos componentes particulares del Estado han ganado poder porque han concretado la tarea de instrumentar políticas necesarias para una economía empresarial global. Un efecto es la privatización parcial del poder Ejecutivo y la disminución del poder de la Legislatura. Otro efecto es que las grandes empresas globales han obtenido derechos en la mayor parte del mundo, mientras que las firmas locales y los ciudadanos han perdido derechos.
Esas tendencias desestabilizan el sentido de la frontera tradicional y nos invitan a pensar en nuevos tipos de capacidades de demarcación. La pregunta, entonces, pasa a ser quién tiene el poder de establecer fronteras. No es sólo el Estado. De hecho, el propio Estado puede ser el lugar de lo global y la conformación de proyectos globales.
Aquí me concentro en la formación de alineaciones globales, en parte territoriales, que desintegran los territorios estatales nacionales y que, en segundo lugar, comienzan a incorporar las protecciones que comprendían antes los regímenes de fronteras. Así como el Estado ha tenido históricamente la capacidad de delimitar su territorio mediante instrumentos administrativos y legales, tiene también la capacidad de cambiar esos límites mediante, por ejemplo, la desregulación de sus fronteras para una apertura a empresas e inversiones extranjeras. Eso, a su vez, abre el territorio nacional a la inserción de una creciente cantidad de nuevos regímenes y espacios delimitados, muchos de ellos constituidos en un plano subnacional.

Descomposición de la frontera

Los múltiples regímenes que constituyen la frontera como institución pueden agruparse, por un lado, en un aparato formalizado que es parte del sistema interestatal y, por el otro, en una disposición mucho menos formalizada de nuevos tipos de delimitaciones que residen en su mayor parte fuera del sistema interestatal. El primero reside en el cuerpo de regulaciones que cubre una variedad de flujos internacionales, flujos de diferentes tipos de mercancías, capital, personas, servicios e información. Esos múltiples regímenes tienden a unificarse en torno de: a) la autoridad unilateral del Estado para definir e imponer regulaciones, y b) la obligación del Estado de respetar y mantener las regulaciones producto del sistema internacional de tratados o de acuerdos bilaterales. El segundo gran componente, el nuevo tipo de dinámica de demarcación que surge fuera del marco del sistema interestatal, no necesariamente implica un cruce evidente de fronteras. Comprende dinámicas que surgen de acontecimientos contemporáneos, en especial los sistemas legales globales y una creciente variedad de dominios digitales interactivos relacionados.
Los sistemas legales globales no están centrados en la ley del Estado; vale decir, que debe diferenciárselos de la ley nacional e internacional. En cuanto a los dominios digitales interactivos globales, son en su mayor parte informales, por lo cual están fuera del sistema de tratados existente y con frecuencia incorporados en localidades subnacionales que forman parte de las redes transfronterizas. La formación de esos sistemas legales globales o de dominios interactivos relacionados de manera global supone una multiplicación de espacios delimitados. Pero la idea nacional de las fronteras como delimitadoras de dos estados territoriales soberanos no es lo que opera aquí. El establecimiento de demarcaciones opera a una escala trans o supranacional o en un plano subnacional. Por otra parte, si bien esos espacios pueden atravesar las fronteras nacionales, no necesariamente forman parte de los nuevos regímenes de fronteras abiertas centrados en estados como, por ejemplo, los del sistema global de comercio o la inmigración legal. En la medida en que son dominios globales limitados, implican una nueva instancia de la idea de fronteras.
A continuación examinaré brevemente algunas de las distinciones analíticas clave que podríamos usar para descomponer los regímenes de fronteras centrados en el Estado y para localizar un sitio determinado en una red global de espacios delimitados.

Regímenes de fronteras centrados en Estados: Localización de la frontera

Hoy observamos regímenes múltiples con localizaciones y contenido variables. Por ejemplo, los flujos transfronterizos de capital exigirán una secuencia de intervenciones que a) difiere de aquella para productos, y b) tiene lugares institucionales y geográficos muy diferentes. El cruce de la frontera geográfica forma parte del flujo transnacional de productos, pero no necesariamente de capital, excepto si se transporta dinero. Cada intervención de control fronterizo puede concebirse como un punto en una cadena de lugares. En el caso de los productos que se intercambian, podrían comprender una inspección prefronteriza o un punto de certificación. En el caso de los flujos de capital, la cadena de lugares comprenderá bancos, mercados bursátiles y redes electrónicas. La frontera geográfica es sólo un punto de la cadena. Los puntos institucionales de intervención de control fronterizo pueden formar largas cadenas en el interior del país.
Una imagen que podría usarse para plasmar ese concepto de múltiples lugares es que los sitios de imposición de los regímenes de fronteras van desde bancos hasta cuerpos. Cuando un banco ejecuta la más elemental transferencia de dinero a otro país, el banco es uno de los lugares de imposición del régimen fronterizo. Un producto certificado representa un caso en que el cruce de la frontera del propio objeto es uno de los lugares de imposición: el caso emblemático es un producto agrícola certificado. Pero también comprende el caso del turista con visa de turista y el del inmigrante con la certificación necesaria. En realidad, en el caso de la inmigración es el propio cuerpo del inmigrante el que es al mismo tiempo portador de buena parte del régimen y sitio crucial de la imposición; y en el caso de un inmigrante no autorizado es nuevamente el cuerpo del inmigrante el portador de la violación de la ley y del correspondiente castigo (detención o expulsión).
Un efecto directo de la globalización, en especial de la globalización económica empresarial, ha sido la generación de una creciente divergencia entre regímenes de fronteras diferentes. Así, el levantamiento de controles fronterizos a una creciente variedad de flujos de capital, servicios e información tiene lugar incluso mientras otros regímenes de fronteras mantienen la clausura y se fortalecen los impedimentos a los flujos transfronterizos, como en el caso de la migración de trabajadores de bajos ingresos. También observamos la construcción de “delimitaciones” específicas para contener y controlar flujos emergentes, a menudo estratégicos o especializados, que atraviesan las fronteras nacionales tradicionales, como pasa, por ejemplo, con los nuevos regímenes en el NAFTA y los GATT para la circulación transfronteriza de profesionales de alto nivel. Si antes esos profesionales podían formar parte del régimen general de inmigración de un país, ahora tenemos una creciente divergencia entre éste y el régimen especializado que gobierna a los profesionales.

Separación de la frontera de su marco nacional

Un componente en aumento del campo más amplio de fuerzas en el cual operan los estados en la actualidad es la proliferación de tipos especializados de autoridad privada. Comprenden la expansión de sistemas anteriores, tales como arbitraje comercial, a nuevos sectores económicos e incluyen nuevas formas de autoridad privada muy especializadas y orientadas a sectores económicos específicos, tales como el sistema de reglas que rige las operaciones internacionales de las grandes empresas de construcción e ingeniería. La proliferación de regímenes de autorregulación se hace especialmente evidente en sectores dominados por una escasa cantidad de firmas muy grandes.
Un resultado de aspectos clave de esas distintas tendencias es la aparición de un campo estratégico de operaciones que representa una desarticulación parcial de las operaciones de delimitación específicas del universo institucional mayor del Estado orientado a las agendas nacionales. Se trata de un campo muy enrarecido de transacciones transnacionales que apunta a abordar las nuevas condiciones que produce y exige la globalización económica. Las transacciones son estratégicas, atraviesan fronteras e implican interacciones específicas entre actores privados, y en ocasiones funcionarios u organismos gubernamentales. No comprenden al Estado como tal, como en los tratados internacionales. Estas transacciones consisten en las operaciones y objetivos de actores privados; en este caso, en su mayor parte firmas y mercados que buscan la globalización de sus operaciones. Son transacciones que atraviesan fronteras en el sentido de que se relacionan con los estándares y regulaciones impuestos a firmas y mercados que operan en el plano global, proceso en el cual esas transacciones impulsan la convergencia en el nivel de las leyes y regulaciones nacionales que apuntan a crear las condiciones necesarias para la globalización.
Dos características de ese campo de transacciones me llevan a plantear que podemos concebirlo como un espacio desarticulado que está en proceso de estructurarse. Una de esas características es que al tiempo que operan en medios familiares –el Estado y el sistema interestatal para funcionarios y organismos de gobiernos y el sistema supranacional y el “sector privado” para los actores económicos no estatales–, las prácticas de esos agentes constituyen un campo que integra espacios de territorio, autoridad y derechos en nuevos tipos de estructuras especializadas y de elevada particularización. El campo de prácticas que se constituye no puede confinarse al universo institucional del sistema interestatal. La segunda característica es la proliferación de reglas que comienzan a conformarse como sistemas especializados parciales de leyes. Aquí ingresamos en un nuevo dominio de autoridades privadas: fragmentadas, especializadas, cada vez más formalizadas pero que no traspasan la ley nacional. Las implicaciones de esa proliferación de sistemas de leyes especializados, en su mayor parte privados o supranacionales, consisten en que indican la desestabilización de la concepción convencional de las fronteras nacionales.
En las dos últimas décadas hemos observado una multiplicación de sistemas transnacionales que manifiestan una autonomía variable respecto de las leyes nacionales. Por un lado, hay sistemas de clara concentración en lo que emerge como dominio público transnacional. Por el otro, hay sistemas que son por completo autónomos y en su mayor parte privados. Algunos académicos ven en ese desarrollo la emergencia de una ley global. Podríamos pensarlo como un tipo de ley que se desarticula de los sistemas de leyes nacionales. En el centro de la idea de algo como una ley global reside la posibilidad de una ley que no se centre en la ley nacional, como pasa en la actualidad con el derecho internacional, y que vaya más allá del proyecto de armonizar las diferentes leyes nacionales, como pasa con buena parte del sistema supranacional desarrollado para abordar la globalización económica, los temas medioambientales y los derechos humanos. De hecho, en las últimas décadas hay un rápido crecimiento de esos sistemas autónomos y muy diferenciados de reglas, algunos relacionados con el sistema supranacional pero no centrados en la ley nacional, y otros privatizados y autónomos.
Esos y otros regímenes e instituciones transnacionales indican un desplazamiento de la autoridad de lo público a lo privado en lo que respecta a gobernar la economía global. Pero también muestran un desplazamiento de la capacidad para establecer normas, y en ese sentido plantean preguntas sobre los cambios en la relación entre la soberanía del Estado y el gobierno de los procesos económicos globales. El arbitraje comercial internacional es ante todo un sistema de justicia privado, las agencias de calificación crediticia son sistemas de portería privados, y la lex constructionis es un régimen de autorregulación en un amplio sector económico dominado por una cantidad limitada de grandes empresas. Junto con otras instituciones de ese tipo, han emergido como importantes mecanismos de gobierno cuya autoridad no se centra en el Estado. Cada uno es un sistema con fronteras, una condición clave para su efectividad y validez. Pero la capacidad de delimitación no forma parte de las fronteras nacionales del Estado.

Formaciones digitales de los débiles

El acceso público a Internet ha permitido un nuevo tipo de política transnacional que puede pasar por encima de la política interestatal y constituir su propio espacio delimitado específico. El hecho de que personas y organizaciones con escasos recursos puedan participar de redes electrónicas globales señala la posibilidad de un marcado crecimiento de la política transnacional a cargo de actores que no son Estados. Eso produce un tipo específico de red global centrada en múltiples lugares pero conectada digitalmente a una escala mayor que la local, que en muchas instancias alcanza una escala global. Lo que me interesa especialmente aquí es que a través de Internet, las iniciativas localizadas pueden convertirse en parte de redes transnacionales, y que de estar sometidas a leyes nacionales/locales específicas pueden pasar a un plano global en el cual esas leyes dejan de ser operativas en tanto que lo que rige es la presencia colectiva de la cantidad de que se trate de diferentes localidades nacionales comprendidas en la red global. Una pregunta que eso plantea es qué tipo de “territorio” se constituye a través de esa red global de múltiples localidades.
Esas formas de activismo contribuyen de múltiples formas mínimas a una incipiente desarticulación de la autoridad exclusiva –incluida la autoridad simbólica– sobre el territorio y la población que tradicionalmente relacionamos con el Estado nacional. Esa desarticulación de la autoridad del Estado nacional bien puede ocurrir cuando las personas involucradas no necesariamente problematizan la cuestión de la nacionalidad o de la identidad nacional. Puede tratarse de una desarticulación de facto de la autoridad formal, que no se predique sobre el rechazo consciente de lo nacional. Es probable que entre las instancias más estratégicas de esa desarticulación se cuente la ciudad global, que opera como plataforma parcialmente desnacionalizada para el capital global y, al mismo tiempo, emerge como lugar clave de concentración de una enorme variedad de personas de todo el mundo. La creciente intensidad de las transacciones entre esas ciudades crea una geografía transnacional estratégica que en parte sortea los estados nacionales. Las nuevas tecnologías de red fortalecen aún más esas transacciones, ya se trate de transferencias electrónicas de servicios especializados entre firmas o de comunicaciones vía Internet entre los miembros de grupos de interés y diásporas en el mundo.
Las nuevas tecnologías de red han ampliado esas posibilidades y, en cierta medida, han proporcionado a los activistas el vehículo esencial necesario para el resultado. Sin embargo, la tecnología en sí no podría haber producido el resultado. La posibilidad de que ciudades y redes digitales globales emerjan como hitos de esos tipos de espacios transfronterizos es resultado de una compleja combinación de desarrollos institucionales, entre los cuales tal vez sean centrales la globalización –como infraestructura y como imaginario– y el régimen internacional de derechos humanos. Han contribuido a crear aperturas operativas formales e informales para que actores no estatales ingresen a ámbitos internacionales que alguna vez fueron de dominio exclusivo de los Estados nacionales. Varios hechos, con frecuencia muy menores, indican que el Estado ya no es el sujeto exclusivo del derecho internacional ni el único actor en las relaciones internacionales. Otros actores –desde ONG y pueblos originarios hasta inmigrantes y refugiados que se convierten en sujetos de fallos en decisiones de derechos humanos– emergen cada vez más como sujetos del derecho internacional y actores en las relaciones internacionales. Esos actores no estatales, por lo tanto, pueden cobrar visibilidad como individuos y como colectividades, y salir así de la invisibilidad de la pertenencia colectiva a un Estado Nación representado exclusivamente por la autoridad soberana.
Esa compleja imbricación de lo digital y lo no digital conlleva una desestabilización de las anteriores jerarquías de escala y reposicionamientos de escala a menudo drásticos, las cuales, a su vez, desestabilizan el sentido de las fronteras convencionales. Funciona en por lo menos dos niveles, uno político-administrativo; el otro, más teórico, a través de la reconstitución de las territorialidades. A medida que la escala nacional pierde importancia junto con la pérdida de componentes clave de la autoridad formal del Estado, otras escalas cobran una importancia estratégica, en especial las escalas subnacionales como la ciudad global y las escalas supranacionales como los mercados globales. Las jerarquías anteriores, que datan del período que presenció el ascenso del estado-nación, continúan operando, y son las organizadas en términos de dimensión institucional y función territorial: de lo internacional hasta lo nacional, lo regional, lo urbano, lo local. La dinámica actual de reposicionamiento atraviesa la dimensión institucional y las delimitaciones institucionales de territorio producto de la formación de estados nacionales. Eso no significa que las viejas jerarquías desaparecen, sino que distintas prácticas y disposiciones institucionales producen un reposicionamiento de por lo menos algunas de las viejas jerarquías de escalas. Las nuevas escalas con frecuencia pueden imponerse a las anteriores.
Esas transformaciones de los componentes de las relaciones internacionales y la desestabilización de las jerarquías de escala anteriores también pueden, de forma más teórica, producir nuevos tipos de territorio. Más precisamente, son territorialidades porque conllevan marcos subjetivos, operativos o políticos específicos que pueden formalizarse o seguir siendo informales. Por ejemplo, buena parte de lo que podríamos seguir experimentando como lo “local” (un edificio de oficinas, una casa o una institución en nuestro barrio o en el centro de la ciudad) es en realidad algo que prefiero pensar como un microentorno con alcance global debido a que tiene un profundo trabajo de Internet. Ese micromedio es en muchos sentidos una entidad localizada, pero también forma parte de las redes digitales globales que le dan un amplio alcance inmediato. Seguir pensándolo como algo simplemente local no es muy útil. Lo más importante es que la yuxtaposición entre la condición de ser una materialidad situada y tener alcance global, plasma la imbricación de lo digital y lo no digital e ilustra la falta de adecuación de una lectura puramente tecnológica de las propiedades técnicas de la digitalización, lo cual podría llevarnos a plantear la neutralización de la delimitación espacial de aquello que precisamente posibilita la condición de ser una entidad con alcance global.
Más información en los textos de S. Sassen: Territorio, autoridad y derechos (Katz); “When Territory Deborders Territoriality” (www.tandfonline.com/doi/pdf/10.1080/21622671.2013.769895); “Land Grabs Today: Feeding the Disassembling of National Territory” (www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/14747731.2013.760927). En 2015 publicará en la Argentina el libro Expulsiones: brutalidad y complejidad en la economía global (Katz)
© Saskia Sassen. Traducción: Joaquín Ibarburu